Tía y sobrino amantes en secreto - Parte 4
La primera luz del miércoles se coló por los ventanales sin pedir permiso, tiñendo las sábanas blancas de un dorado pálido. Carolina abrió los ojos lentamente, con la conciencia fragmentada, como si emergiera de un sueño demasiado pesado. Estaba desnuda. El roce de la tela de hilo contra sus pezones desnudos fue la primera sensación física. La segunda fue un calor ajeno, una presencia maciza que ocupaba el otro lado de su cama. Giró la cabeza con cuidado, casi con miedo.
Ahí estaba Bryan. Desnudo, boca arriba, roncando con un sonido ronco y parejo. Su cuerpo blando y grande se expandía y contraía con cada respiración, los brazos abiertos como un oso en plena hibernación. Y entre sus piernas, incluso dormido, su miembro reposaba imponente, una masa pálida y gruesa que parecía tener vida propia incluso en reposo. Carolina se quedó mirándolo unos segundos, sintiendo una punzada de culpa que le apretó el pecho. Pero la culpa fue efímera, un fantasma sin fuerza, porque abajo, en la memoria de su cuerpo, todavía sentía las embestidas de la noche anterior. "Nunca nadie me llenó así. Nunca". El éxtasis le ganó a la culpa por goleada. Se deslizó fuera de la cama sin hacer ruido, sus pies descalzos sobre el piso frío.
Caminó hacia el baño con la lentitud de una gata. Su cuerpo desnudo se recortaba contra la luz de la mañana: la cintura estrecha, las caderas anchas, las nalgas firmes que todavía guardaban marcas rojizas de los dedos de Bryan. En sus muslos, un moretón pálido era la huella de una boca. Las secuelas de la noche anterior eran un mapa de placer sobre su piel. Se miró en el espejo del baño antes de entrar a la ducha y vio a una mujer que no terminaba de reconocer: los labios hinchados, los pezones oscuros todavía erectos, el brillo de un animal satisfecho en los ojos verdes. Abrió la ducha y el agua caliente le golpeó la espalda. Ahí, bajo el vapor, los recuerdos llegaron uno tras otro como olas: la primera embestida en el sofá, los besos en la cama, el sonido de las nalgadas, la forma en que Bryan la había dado vuelta como si no pesara nada. Tuvo que apoyar una mano en el azulejo porque las piernas le temblaron de solo recordarlo.
Se vistió en silencio, con movimientos precisos para no despertarlo. Eligió un conjunto de lencería negra de dos piezas: un sostén de tirantes finos que sostenía sus pechos como un andamio delicado, y una tanga mínima que desaparecía entre sus nalgas. La ropa de oficina que le siguió fue una blusa negra de seda, una falda lápiz del mismo color y tacones de aguja. El luto elegante le quedaba bien. Antes de irse, se detuvo en el marco de la puerta de la habitación. Bryan seguía dormido, con el miembro flácido pero imponente, una presencia que incluso en reposo prometía lo que había hecho y lo que podía volver a hacer. Carolina apretó los labios, sintió una última punzada de lo que debía ser culpa, pero ya no lo era, y salió del departamento.
Una hora después, Bryan se revolvió en las sábanas. El olor de Carolina estaba en todos lados: en la almohada, en la tela, en su propia piel. Abrió los ojos y sonrió antes de estar completamente despierto. Murmuró, con la voz pastosa y grave del sueño, mientras se agarraba el bulto que ya empezaba a despertar:
—Me la cogí... y quiero más.
La sonrisa se le estiró en la cara redonda, una mueca de satisfacción y esperanza. No era la sonrisa tímida del chico de campo. Era la sonrisa de un hombre que había descubierto algo sobre sí mismo. Se duchó con el mismo gel perfumado, se vistió con la ropa de universidad y salió rumbo a la facultad. Ese día estudió con una disciplina que ni él mismo conocía, pero su mente iba y venía como un péndulo: las ecuaciones diferenciales se mezclaban con el recuerdo de los jadeos de Carolina. "¿Cómo va a reaccionar cuando vuelva? ¿Se va a hacer la que no pasó nada? ¿O me va a mirar como me miró anoche?". La ansiedad le hacía tamborilear los dedos sobre el pupitre.
En el bufete, Carolina trabajó con la eficiencia de una máquina. Liquidó casos pendientes, respondió correos, delegó reuniones. Era una forma de huir hacia adelante, de llenarse la cabeza de contratos y cláusulas para no pensar en lo que había hecho. Al mediodía almorzó un sándwich frente a la computadora. A las tres de la tarde, miró la agenda y vio el vacío. No tenía nada más que hacer. "Podría ir al gimnasio más temprano", pensó. Pero la idea de enfrentarse a la elíptica y a las pesas le resultó agotadora. Lo que su cuerpo le pedía no era ejercicio. Era otra cosa. Decidió volver a casa.
Llegó al departamento a las tres y cuarto. El silencio era absoluto, roto apenas por el zumbido lejano de la ciudad. Fue directo a su habitación, al santuario de sábanas blancas que ahora olía a sexo y a Bryan. Se desabrochó la blusa negra, se bajó la falda lápiz, y quedó en el conjunto de lencería negra. El sostén de tirantes finos y la tanga mínima eran una armadura sensual sobre su piel bronceada. Se acostó boca abajo sobre la cama, con el mentón apoyado en la almohada, y se quedó mirando el gran ventanal. Abajo, la ciudad era un hormiguero de autos y figuritas anónimas. El cielo de la tarde empezaba a teñirse de un naranja sucio. Cerró los ojos. Quería descansar un rato antes de ir al gimnasio. Pero el descanso no llegaba. Su mente volvía una y otra vez a la misma imagen: el miembro de Bryan, despertando junto a ella esa mañana. La ropa interior se le humedeció sin que pudiera evitarlo. "Es imposible dormir con esto en la cabeza".
A las cuatro, la puerta del departamento se abrió. Bryan entró con la mochila colgada de un hombro y el flequillo desordenado por el viento de la calle. Lo primero que vio fue la cartera de Carolina, tirada sobre la mesa del comedor como un animal muerto. Su corazón dio un vuelco seco.
—Está en casa —murmuró, y su mano, casi por reflejo, bajó a agarrarse el bulto que ya empezaba a crecer.
No lo pensó. Caminó hacia la habitación con la determinación de quien ya no necesita permiso. La puerta estaba abierta. Y ahí la vio. Carolina estaba boca abajo, apenas cubierta por el conjunto negro, con las nalgas redondas y duras apuntando hacia él. La tanga era un hilo ínfimo que se perdía entre sus glúteos. Ella miraba por el ventanal, ajena, absorta en sus propios pensamientos. Bryan se apoyó en el marco de la puerta y la contempló en silencio. El deseo le inflamó el pecho, pero también algo nuevo: una seguridad que no conocía. Cuando habló, su voz fue grave, masculina, una voz que no era la del sobrino ni la del chico de campo.
—Qué lindo culito.
Carolina giró la cabeza. Sus ojos verdes se clavaron en él. Hubo un instante de suspensión, un silencio cargado de electricidad. En su mente, dos caminos se bifurcaban con claridad: podía hablar, reírse, quitarle hierro al asunto y frenarlo para siempre. O podía dejarse llevar, rendirse a lo que su cuerpo ya había elegido. Se analizó a sí misma durante tres segundos eternos. Luego, con un movimiento lento y deliberado, llevó sus manos a la cadera, enganchó el hilo de la tanga con los pulgares y se la bajó. La tela negra se deslizó por sus muslos y quedó en sus tobillos. Sus nalgas perfectas quedaron expuestas, desnudas, ofrecidas. No dijo nada. No hacía falta.
Bryan entendió. Se desnudó con una rapidez torpe pero efectiva, la camisa volando a un rincón, el pantalón cayendo al suelo. Se subió a la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso. Montó a Carolina por detrás, sus rodillas a los costados de sus caderas. Tomó su miembro con una mano y lo apoyó sobre la hendidura de esas nalgas perfectas, la cabeza húmeda presionando el ano cerrado y pequeño. Carolina sintió la presión y un escalofrío le recorrió la espalda.
—Es enorme... no me va a entrar por ahí —murmuró, con la voz ahogada contra la almohada.
Bryan no se movió. Dejó su miembro ahí, pesado y caliente, jugando entre sus nalgas, deslizándose apenas por el surco húmedo de lubricación natural y sudor.
—¿Sos virgen del culo? —preguntó, y su tono era una mezcla de curiosidad y dominación.
—Me encanta el sexo anal... pero la tuya es demasiado grande, amor.
Una palmada resonó en la habitación. La mano de Bryan impactó contra su nalga derecha, firme, dejando una marca rosada. Carolina soltó un gemido corto.
—¿Vas a desobedecer a tu macho? —la voz de él era grave, un gruñido que parecía venir de un lugar que ni él mismo conocía.
A Carolina se le escapó una sonrisa pequeña, una curva de placer en los labios mordidos. Esa dominación, esa seguridad recién estrenada, le encantaba. Le tocaba una fibra que creía dormida. Giró apenas la cabeza y respondió con un hilo de voz:
—Soy tu hembra... podés hacerme lo que quieras.
Fue todo lo que Bryan necesitó. Apoyó la cabeza de su miembro contra el ano apretado y empujó. Carolina sintió la presión inicial, una fuerza sorda que buscaba abrirla. Mordió la almohada. El cuerpo se le tensó como un arco. "Es demasiado, no va a entrar", pensó, pero no lo dijo. Bryan empujó de nuevo, con más insistencia. La cabeza enorme empezó a abrirse paso, milímetro a milímetro, estirando el anillo de músculo.
—¡Ay, Dios! —gritó Carolina, la voz amortiguada por la almohada, los dedos aferrados a las sábanas blancas.
Bryan no se detuvo. Sentía la resistencia, el ajuste imposible, pero también sentía cómo ella se iba abriendo, cediendo. La cabeza entró de golpe y Carolina soltó un grito agudo, un sonido que era mitad dolor y mitad placer.
—¡Entró! ¡Entró, la puta madre!
Bryan se quedó quieto un momento, disfrutando la sensación de estar apenas adentro, de sentir las paredes internas que lo apretaban como un puño caliente. Luego empezó a moverse, despacio, un vaivén mínimo que le permitía avanzar milímetro a milímetro. Carolina sentía que su cuerpo se abría en dos, que ese miembro la partía, pero el dolor era una corriente eléctrica que se mezclaba con una excitación tan profunda que le nublaba la vista. Y entonces, sin previo aviso, un orgasmo la atravesó. Fue un espasmo violento, un terremoto interno que la hizo gritar y arquear la espalda. Las paredes de su ano se contrajeron alrededor del miembro de Bryan, succionándolo.
—¿Ya acabaste? —la voz de Bryan era una mezcla de sorpresa y soberbia—. Recién empiezo.
—Haceme lo que quieras... me volvés loca —jadeó Carolina, la cara hundida en la almohada, las lágrimas corriendo por sus mejillas.
Bryan empezó a moverse más fuerte. Las embestidas eran pausadas pero profundas, cada una arrancando un grito de Carolina. La cama crujía, los cabezales de madera golpeaban contra la pared. Él le desabrochó el sostén negro sin dejar de moverse, los tirantes finos cediendo, y liberó sus pechos. Con las manos libres, agarró sus caderas y empujó más hondo. Más de la mitad de su miembro estaba adentro, y Carolina sentía cada vena, cada latido. El dolor era agudo, una quemazón que le subía por la espalda, pero empezó a mover las caderas, a encontrarlo, a acompañarlo.
—Así... movete así —gruñó Bryan.
No entró por completo. Era demasiado. Pero alcanzó. Bryan sintió el orgasmo subirle desde los testículos, una ola caliente que no podía contener. Se vació dentro de ella con un gemido ronco, y Carolina, al sentir el calor del semen inundándola, tuvo un segundo orgasmo, más corto pero igual de intenso. Se quedaron quietos, jadeando, los cuerpos pegados por el sudor.
Pero Bryan no quería que terminara. Salió de ella lentamente, sintiendo el vacío, y se movió sobre la cama. Llevó su miembro, todavía húmedo y manchado, a la boca de Carolina. Ella giró la cabeza y lo recibió sin dudar.
—Chupá.
Obedeció. Su lengua pasó a lo largo de todo el miembro, limpiándolo, tragándose todo lo que había quedado en la piel. Lo dejó brillante, húmedo de saliva. Luego bajó a los testículos, los lamió y los succionó con devoción. Bryan cerró los ojos, sintiendo cómo volvía a endurecerse bajo los cuidados de esa boca experta. Cuando estuvo completamente duro de nuevo, la dio vuelta sin miramientos. Carolina quedó boca arriba, las piernas abiertas, los pechos desnudos y el pelo revuelto. Bryan le subió las piernas a sus hombros, se inclinó y la besó, un beso profundo y hambriento, mientras guiaba su miembro otra vez al ano abierto y húmedo.
Esta vez entró con facilidad. Las embestidas fueron más brutales, más rápidas, un ritmo animal que sacudía toda la cama. Carolina gritaba, gemía, lo abrazaba con piernas y brazos.
—¿De quién es este culo? —gruñó Bryan, sin dejar de embestir.
—¡Tuyo! ¡Es tuyo! —gritó ella, con los ojos en blanco.
Él bajó la cabeza y le mordió un pezón. Ella arqueó la espalda. Los testículos de Bryan chocaban contra su cuerpo con un sonido húmedo. El sudor los envolvía, los lubricaba, los hacía resbalar uno contra el otro. Se besaron de nuevo, las lenguas enredadas, los dientes chocando. Y entonces, Carolina sintió el tercer orgasmo subir, una ola más lenta pero más profunda, que le hizo apretar las paredes internas alrededor de ese miembro que la partía. Bryan, al sentirla acabar, se dejó ir. Terminó dentro de ella por segunda vez, un chorro caliente que lo dejó vacío y tembloroso.
Su cuerpo pesado cayó sobre el de Carolina, rendido. Ella lo recibió, lo abrazó, sintió el peso blando y cálido sobre su pecho. Los dos respiraban agitados, los corazones golpeando como tambores. El sudor los pegaba, los unía. Se durmieron así, conectados, sin separarse, sin hablar.
Carolina ese día no fue al gimnasio. No podría haber ido aunque quisiera. El dolor en su ano era agudo, una molestia que le recordaba cada movimiento lo que había pasado. Pero ese dolor, lejos de molestarla, la hacía sonreír. Era ínfimo al lado del placer que había sentido. Y mientras se dormía bajo el peso de Bryan, pensó que quizás, solo quizás, el gimnasio ya no era tan importante.
Continuara...

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