El Pecado Madre e Hijo — Parte 5 - Todos Sobre Ella
La noche del sábado se les va entre las sábanas como un río que no quiere llegar al mar.
Macarena pierde la noción del tiempo. No sabe si son las diez o las dos de la madrugada cuando Alessandro vuelve a entrar en ella por cuarta vez —o quinta, o sexta—, con esa mezcla de timidez y fiereza que la desarma. Él ya no es el chico flaco que bajaba la cabeza en el colegio. Es otra cosa. Es un hombre que aprende a usar su cuerpo, que descubre que puede hacer gemir a su madre con solo mover las caderas de cierta manera.
—Mamá —susurra él en la oscuridad, con la boca pegada a su cuello—. Mamá, no quiero que pare nunca.
Ella le agarra la nuca, le acerca la boca, y no contesta con palabras. Lo hace con los dientes, con la lengua, con el cuerpo que se abre para él una y otra vez.
Cuando el domingo amanece, él sigue durmiendo.
Macarena está despierta hace rato. Mira el techo, escucha la respiración de su hijo, siente el peso de su brazo atravesado sobre su vientre. Está desnuda, pegajosa, llena de él. Y sin embargo, ya está pensando en otra cosa.
El celular vibra en la mesa de luz.
Mensaje de Lucio: "Este domingo te quiero toda para mí."
Le sigue una dirección. Un motel. Uno barato, de esos de ruta, donde nadie pregunta nada.
Macarena cierra los ojos. Siente el nudo en el estómago, el ardor de la vergüenza, la humedad entre las piernas que no entiende si es de él o de ella o de los dos.
"No siento culpa. No debería, pero no siento culpa."
Mira a Alessandro dormir. Sus pestañas largas, sus labios entreabiertos, los anteojos apoyados en la mesa de luz. Su hijo. Su amante. Su secreto.
"Si él supiera..."
Se levanta despacio, para no despertarlo. Se baña, se viste, escribe una nota: "Me fui a almorzar con unas amigas. Te deje la comida hecha."
La apoya en la heladera, al lado de la fuente de pasta. Le deja un beso imaginario en la frente, y se va.
Alessandro se despierta pasada el mediodía.
El sol le entra por la ventana, y por un segundo no sabe dónde está. La cama de su madre huele a ella y a él, a sexo y a lavanda. Se queda un rato con los ojos cerrados, saboreando el recuerdo de la noche. Su madre a horcajadas sobre él. Sus pechos rebotando. Sus labios besándolo como si fuera su amante, no su hijo.
"Es la mujer más bella del mundo. Y es mía."
Se levanta, se pone el bóxer, va a la cocina. Encuentra la nota en la heladera. La lee dos veces. Y algo en su pecho se aprieta.
"No va a almorzar con amigas. Está mintiendo."
Sabe adónde va. Sabe por qué. Pero prefiere no pensarlo.
El motel se llama "Paraíso Perdido", pero es todo lo contrario. Las paredes son de un rosa chicle descascarado, el estacionamiento está lleno de pozos, y la recepcionista tiene cara de no haber dormido en una semana. Macarena estaciona la camioneta nueva entre dos autos viejos, aprieta el volante, respira hondo.
"Lo hago por él. Todo es por él."
Baja. Camina hacia la habitación que Lucio le indicó. Los tacos de los zapatos nuevos se clavan en el asfalto agrietado.
La puerta está entreabierta.
Entra.
Lucio está sentado en la cama, descalzo, con los pantalones puestos pero la bragueta abierta. La mira como quien mira un plato que está a punto de devorar.
—Hola, petera —dice, y se levanta.
Le agarra la mano. La arrastra hacia él. Y empieza a sacarle la ropa con una desesperación que a ella le parece casi cómica.
Los dedos de él son torpes, ansiosos. Le rasga la blusa al sacársela, el botón sale volando y rebota en la pared. El corpiño de encaje rosa que compró la semana pasada lo desabrocha de un tirón, y los pechos caen libres, pesados, los pezones ya erectos porque el aire frío del aire acondicionado los endurece o porque el miedo y el deseo son la misma cosa.
—Sácate el resto —ordena él, mientras él mismo se baja el pantalón.
Ella obedece. Se baja la pollera, la tanga. Queda desnuda frente a él, y Lucio la mira entera, los ojos recorriéndole cada pliegue, cada curva, cada centímetro de piel.
—Ponete en cuatro —dice.
Ella se arrodilla en la cama, apoya las manos en la cabecera, arquea la espalda. Siente cómo él se coloca detrás. Siente la punta de su miembro presionando su entrada. Está seca, pero no le importa.
Él entra de golpe.
El dolor es agudo, corto, y después se convierte en otra cosa. Un calor que sube, una presión que la llena. Lucio es salvaje: la agarra de las caderas, la clava contra él, y empieza a embestir sin miramientos. Las nalgas de ella rebotan contra su vientre. Una de sus manos la abofetea —un golpe seco, ardiente— y ella ahoga un gemido.
—Así me gustás —dice él, jadeando—. En cuatro, como una perra.
Y en ese momento, la puerta se abre.
Macarena gira la cabeza. Los tres están ahí. El flaco del celular, que ya está grabando, la pantalla apuntándole a la cara. El gordito, con la boca abierta. El alto granudo, con los dedos ya bajándose el cierre.
—Hoy vamos a montar a la petera —dice el flaco, y los otros se ríen.
Macarena no dice nada. Solo cierra los ojos un segundo, respira hondo, y se deja llevar.
Lucio sigue embistiendo. Pero de repente sale, y ella siente la punta de su miembro presionando en otro lugar. Más atrás. Más oscuro.
—Por ahí no —dice ella, y su voz es firme—. Si lo intentas, nuestro trato se termina.
Lucio se ríe, pero no insiste. Vuelve a entrar donde estaba. Las embestidas son más salvajes ahora, como si quisiera castigarla por haberse atrevido a poner límites. Sus dedos le aprietan las caderas, la piel se le va a marcar.
Uno de los otros, el gordito, se para frente a ella. Tiene el miembro ya fuera, apuntándole a la boca. Ella abre los labios, lo toma, empieza a chupar. Su lengua recorre la cabeza, masajea la base, se hunde en las comisuras. Sabe a plástico y a piel. Sabe a nada.
Lucio termina dentro de ella. Gime, se queda un momento clavado, y después sale. Inmediatamente otro ocupa su lugar. El alto granudo. Entra sin esperar, sin preguntar, y ella siente cómo la llena otra vez, distinto, más angosto.
El de su boca también termina. El chorro caliente le llena el paladar, y ella traga sin pensar, con el estómago revuelto.
El alto granudo no dura nada. Treinta segundos, un minuto a lo sumo, y se corre dentro de ella con un gemido agudo.
El tercero, el flaco del celular, deja de grabar un momento, se para frente a ella. Su miembro es más largo que los otros, pero delgado. Ella se lo chupa mientras el de atrás —otra vez Lucio, que ya está duro de nuevo— la penetra.
Esta vez él la pone en otra posición. La agarra de las piernas, las abre, las levanta. Ella queda completamente expuesta, abierta, mostrando todo. Los otros la miran. Uno de ellos le pellizca los pezones, fuerte, casi hasta dolerle. Ella gime, y no sabe si es dolor o placer.
Lucio empieza a moverse. Más lento ahora, más profundo. Ella lo mira a los ojos, y él sonríe, como si supiera algo que ella no.
Los chicos se turnan. Cada uno la penetra tres veces. El gordito entra y sale tres veces antes de correrse. El alto granudo hace lo mismo. El flaco la filma mientras Lucio la tiene abierta, expuesta, las piernas temblándole.
—Dale, petera, mostrá la cara —dice el flaco, y ella obedece sin pensar. Mira al lente. Siente la vergüenza y el deseo mezclados en el estómago.
Lucio termina. Después él. Después el otro.
Y cuando por fin se van, cuando por fin se viste con ropa rota y el pelo enmarañado y el sabor amargo en la lengua, ella camina hacia el auto con las piernas temblorosas y una sola certeza en la cabeza.
"Lo hago por mi hijo. Yo haría cualquier cosa por Alessandro."
Llega a casa cuando el sol ya está bajando.
La puerta está cerrada. Entra, deja las llaves en la mesada, y escucha la tele encendida en el living. Alessandro está sentado en el sillón, mirando una película que no ve. Cuando ella entra, él la mira. Y en sus ojos hay algo que no es solo deseo. Hay conocimiento.
"Él sabe."
Macarena se acerca. Él no pregunta adónde fue. Ella no dice nada.
Se arrodilla frente a él. Le baja el jogging, el bóxer. Su miembro ya está duro, enorme, apuntándole a la cara. Ella lo agarra, lo lleva a su boca, y empieza a chupar.
Quiere sacarse el sabor de ellos. Quiere llenarse de él. Quiere que su hijo borre con su carne la marca de los otros.
Su lengua recorre la cabeza, la punta, la base. Lo succiona con fuerza, sintiendo cómo él gime bajito, cómo sus manos le agarran el pelo, cómo se deja llevar.
Alessandro cierra los ojos.
Pero no necesita ver para saber.
El celular le vibra en el bolsillo del jogging tirado en el piso. Hace una hora, mientras ella estaba en el motel, Lucio le mandó el video. Lo vio una vez. Dos. Diez. Su madre en cuatro. Su madre con la boca llena. Su madre abierta, expuesta, mientras cuatro hombres se turnaban para usarla.
"La odio. Los odio a ellos. La odio a ella."
Pero la mira ahora, de rodillas, con la boca llena de él, y no puede odiarla. No puede.
"Ya es hora."
El pensamiento le atraviesa la cabeza como un cuchillo.
"Ya es hora de salvar a mi madre. No a mi mujer."
Termina en la boca de ella. Siente cómo traga, cómo lo bebe, cómo lo hace suyo.
Y cuando ella levanta la vista, con los labios húmedos y los ojos brillantes, él se agacha, la levanta del piso, la abraza.
No dice nada.
Pero sabe que algo tiene que cambiar. Sabe que él no puede seguir siendo el chico flaco que esconde la cabeza. Sabe que ella no puede seguir arrodillándose frente a otros.
"Mi madre. Mi mujer. Voy a salvarla."
Afuera, la noche empieza a caer. Y adentro, en el silencio de la casa, los dos se abrazan como si el mundo se fuera a acabar.
Continuara...

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