El Pecado Madre e Hijo — Epílogo
Los cuatro no volvieron más a la universidad.
Lucio apareció dos días después con la mandíbula vendada y los ojos hundidos. Dio media vuelta antes de cruzar el portón y nadie lo volvió a ver. Los otros tres cambiaron de horario, de edificio, de ciudad. Algunos dicen que el flaco del celular se fue a vivir a la costa. Otros que el gordito terminó trabajando en un supermercado veinticuatro horas. Nadie pregunta. A nadie le importa.
El campus, después de esa tarde, se convirtió en otro lugar.
La imagen del flaquito con anteojos noqueando a los cuatro tipos más pesados de la facultad corrió más rápido que cualquier video que hubieran podido grabar. Se contaba en los pasillos, en los baños, en la fila del comedor. Cada versión era más increíble que la anterior. Pero todas terminaban igual: "¿Viste al pibe ese? Es una bestia."
Y después vino el otro rumor.
El del miembro.
Nadie sabe quién fue el primero que habló. Quizás algún enfermero de la guardia, quizás algún compañero de vestuario del gimnasio, quizás alguna chica que lo había visto de reojo en los vestuarios de la pileta. La cuestión es que el dato cruzó el ámbito universitario como un reguero de pólvora: Alessandro la tenía enorme.
"No, boludo, enorme posta."
"¿Veinticinco? ¿Treinta?"
"La rompe toda."
"Imposible que un flaco así tenga eso."
Pero cuando empezaron a confirmarlo, cuando alguna compañera más osada se acercaba a hablarle en el bar y volvía con los ojos brillantes y las manos temblorosas, el rumor dejó de ser rumor.
Alessandro se convirtió en una leyenda.
Las chicas le sobraban.
No tuvo que hacer nada. Solo estar ahí, sentado en el fondo del aula con su mochila rota y los anteojos empañados, y ya aparecía alguna. Las más lindas, las más raras, las de cuarto año que nunca le habían dirigido la palabra. Le escribían mensajes, le mandaban fotos, lo esperaban en la salida. Todas las semanas una nueva.
Lunes con Martina, miércoles con Sol, viernes con Candela. A veces dos el mismo día, en distintos turnos, como si fuera un empleado administrativo de su propio tiempo.
Embarazó a seis.
No fue a propósito. O quizás sí. Había algo en él que necesitaba dejar marca, probar que no era el mismo chico flaco que agachaba la cabeza. Cada panza redonda que crecía en alguna parte de la ciudad era un trofeo, una prueba de que él podía. De que él era más que los anteojos y los hombros caídos.
Pero cuando llegaba a casa, todo eso se apagaba.
La camioneta negra de Macarena estaba estacionada en la cochera. Las luces del living prendidas. El olor de la cena flotando desde la cocina. Y ella, siempre ella, esperándolo con ese vestido corto o esa remera sin corpiño o esa mirada que decía todo sin decir nada.
—Hola, amor —decía ella.
—Hola, mami —decía él.
Y las seis panzas, las veinte chicas, los cien rumores, se quedaban del otro lado de la puerta.
Porque ella era su verdadero amor.
Lo había sido desde antes de que él supiera lo que era el amor. Desde las noches de fiebre cuando era chico, desde las mañanas de desayunos en la cama, desde la primera vez que entendió que su madre era la mujer más hermosa del mundo. Lo supo en el supermercado, en la universidad, en el callejón. Lo supo cada vez que ella se arrodillaba frente a otros. Lo supo cada vez que volvía a casa y ella lo esperaba con la boca limpia y los ojos sucios.
Alessandro terminó la universidad con honores. No por inteligente, sino por terco. Nadie que lo viera llegar el primer día —un espantapájaros que se escondía detrás de los anteojos— podía imaginar que ese mismo pibe se iba a recibir con un promedio impecable y una colección de hijos esparcidos por la ciudad.
En la ceremonia de graduación, Macarena estaba en la primera fila.
Vestido rojo. Tacos negros. El pelo rubio recogido en un rodete que dejaba ver el cuello largo, los hombros desnudos, la curva de los pechos. Todos la miraban. Algunos padres de compañeros no podían dejar de clavar los ojos en ella. Alguna madre hizo un comentario venenoso en voz baja. A ella no le importó.
Cuando Alessandro subió a recibir su diploma, la miró desde el escenario.
Y ella le sonrió.
Esa noche, después de la fiesta, después de los aplausos y las fotos y la gente que se acercaba a felicitarlo, volvieron a casa. Él dejó el diploma sobre la mesa del comedor —la misma mesa, la de madera oscura, la que todavía guardaba marcas de uñas en la superficie— y ella se acercó por detrás. Le apoyó las manos en los hombros. Le susurró al oído:
—Estoy orgullosa de vos, amor.
Él giró la cabeza. La besó.
—Todo lo que hice —dijo— fue por vos.
Ella sonrió con esa sonrisa que él conocía desde siempre, la que guardaba secretos y promesas y pecados compartidos.
—Lo sé —dijo.
Afuera, la noche era una sábana negra estrellada. Adentro, la mesa de madera volvió a crujir. Otra vez.
Y los cuatro tipos aquel, los del callejón, los del campus, los de los videos... eran apenas una mancha en un espejo roto. Algo que había pasado, que los había cambiado para siempre, pero que ya no dolía.
Porque al final, después de todo, él tenía lo que siempre quiso.
Y ella también.
—FIN—
— Si llegaste hasta acá… gracias por leerme. 💋 Dejame un comentario y contame qué te hizo sentir esta historia.

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