El Pecado Madre e Hijo — Parte 6 - La Puerta Prohibida De Mama

 


El lunes arranca gris, con olor a lluvia que no termina de caer. 


Macarena se viste rápido, elige un traje sastre color marfil que le marca la cintura y deja los pechos apenas contenidos. Se mira al espejo un segundo, se pasa la lengua por los labios, y sale. La oficina la espera, los centros de estética, los números que cierran, las encargadas que preguntan boludeces. 


Pero su cabeza está en otra parte. 


"El domingo no me llamaron. ¿Se habrá terminado?" 


Aprieta el volante. No sabe si sentirse aliviada o vacía. 

 

Alessandro llega a la universidad con el cuerpo todavía ardiendo de la noche anterior. Las piernas le duelen del gimnasio, los nudillos le arden del boxeo, pero adentro tiene una calma nueva, una seguridad que antes no conocía. 


Cruza el pasillo principal, pasa por el control de asistencia, dobla hacia el aula. 


Y ahí están. 


Los cuatro. Sentados en el banco de siempre. Lucio con los brazos cruzados, los otros tres cuchicheando. Cuando lo ven, las sonrisas se les dibujan lentas, como manchas de aceite. 


—Alessandrito —dice Lucio, alzándose la voz—. ¿Viste como gime tu mamá? 


Los otros se ríen. 


El flaco del celular hace una mímica obscena con la lengua. 


Alessandro baja la cabeza. Pasa de largo. Las manos le tiemblan, pero sigue caminando. 


"Sabía que la tranquilidad no duraría para siempre." 

 

Los días siguientes son iguales. 


Lunes, martes, miércoles. Siempre hay un comentario. Siempre una risa. Siempre el video que no necesita ser nombrado porque todos lo vieron, o porque creen que lo vieron, o porque inventan cosas peores. 


—¿Viste como la cogimos el domingo, Alessandrito? 


—Tu mamá se toma toda la leche, ¿no? 


—Decile que la esperamos el finde. 


Él agacha la cabeza. Siempre agacha la cabeza. 


Pero algo cambió. 


Porque ahora, cuando vuelve a casa, ella está esperándolo. Y cuando la noche cae, cuando los dos se quedan desnudos entre las sábanas que ya no son solo de ella, él encuentra algo que los comentarios no pueden quitarle. 


Su madre. Su amante. Suya. 

 

Las semanas pasan. 


El cuerpo de Alessandro empieza a cambiar. No se nota a simple vista —sigue siendo flaco, todavía usa los mismos anteojos grandes— pero hay algo distinto en sus hombros. Algo más ancho. Algo más firme. 


Y en la cama, ya no es el mismo chico que se corría en un minuto. Ahora sabe esperar, sabe moverse, sabe hacer que ella gima su nombre. 


Macarena, los domingos, sigue yendo al callejón o al motel. 


Pero algo cambió en ella también. 


Porque cuando Lucio la penetra, cierra los ojos y piensa en Alessandro. Cuando el flaco la filma, se muerde el labio e imagina que es su hijo quien la mira. Cuando terminan y se van, ella se queda un momento en el auto, con la cabeza apoyada en el volante, y siente que le fue infiel. 


"Le estoy siendo infiel a mi propio hijo. ¿Qué clase de madre soy?" 

 

El domingo que viene, Macarena no recibe ningún mensaje. 


Se queda en la casa, sentada en el patio, con el celular en la mano. Mira la pantalla. Nada. 


Espera una hora. Dos. Tres. 


Nada. 


Alessandro llega del gimnasio, la ve en el sillón, y nota algo raro en sus ojos. No pregunta. Ya no pregunta. 


Pero los dos piensan lo mismo: 


"¿Se habrá terminado?" 

 

Están muy equivocados. 


El lunes al mediodía, Macarena está en su oficina revisando unos papeles cuando el celular vibra. 


Lucio le escribió — Petera, te espero al mediodía en el campus. La vamos a pasar muy bien. Vestite como te digo — Luego le describió como debía ir vestida. 


Macarena mira el mensaje. Siente el estómago apretarse. 


"El campus. En público." 


Sus dedos tiemblan mientras escribe la respuesta: "Voy." 

 

Una hora después, el celular de Alessandro vibra en medio de una clase de cálculo. 


Mensaje anónimo, pero él sabe de quién — En minutos vamos a hacer gozar a tu mamá en público, para que todos sepan la petera que es. El campus se va a poner muy caliente. 


Alessandro se queda helado. La sangre le hierve en las venas. Aprieta el celular con tanta fuerza que la pantalla cruje. 


"La van a humillar. En público. Frente a todos." 


Se levanta de su asiento sin pedir permiso. El profesor lo mira raro. Él ya está saliendo del aula, los pasos largos, los puños cerrados. 

 

El campus es un lugar amplio, lleno de árboles viejos y bancos de madera. A esta hora, está lleno de estudiantes. Unos comen, otros toman mate, algunos se besan apoyados contra los troncos. Más allá, una pareja se toca medio escondida, la mano del chico metida bajo la pollera de la chica. Al fondo, dos chicas ríen mientras graban a un pibe que le hace un pete a su novia a escondidas. 


El lugar huele a pasto cortado y a juventud. Pero hoy, algo más va a oler. 


Alessandro camina rápido entre los bancos. La gente lo mira pasar, ese chico flaco con anteojos que siempre anda solo. Él no los ve. Solo ve a los cuatro, ahí en el centro, parados en círculo, riéndose. 


Y más allá, caminando hacia ellos, una mujer. 


Su madre. 


Macarena avanza por el sendero de tierra con una seguridad que no siente. El vestido negro le queda corto, apenas cubriéndole las nalgas. El escote es profundo, casi obsceno, dejando ver la curva generosa de los pechos, la sombra del canalillo. Las medias negras translúcidas le suben por las piernas torneadas, y la banda roja en el muslo marca un punto de fuga que atrae todas las miradas. Los tacos rojos, altos como torres, se clavan en la tierra blanda mientras ella camina. 


Todos la miran. Los hombres, con la boca abierta. Las mujeres, con envidia mal disimulada. Una piba de primer año deja caer el sánguche. La chica que estaba haciendo un pete levanta la cabeza y se queda mirando. 


Macarena llega frente a los cuatro. Lucio la recorre con la mirada de arriba abajo, saboreándola. 


—Hoy te vamos a hacer gozar como nunca —dice, y lleva su mano hacia uno de sus pechos. 


La mano no llega. 


Porque un puño, flaco pero certero, se estrella contra su mandíbula. 


Lucio sale volando hacia atrás. Cae de culo sobre un banco, se levanta con la nariz sangrando, los ojos inyectados de rabia. 


Alessandro está parado frente a él. El brazo extendido, el puño todavía apretado. Los anteojos empañados por la respiración rápida. El pecho subiendo y bajando. 


—Estás muerto —escupe Lucio, y los otros tres se abalanzan. 


El flaco del celular va primero, con los brazos abiertos para agarrarlo. Alessandro se corre apenas, un movimiento de cadera casi imperceptible, y el flaco pasa de largo, tropieza con sus propios pies, cae de rodillas. 


El gordito viene atrás, más lento. Alessandro se agacha, esquiva el manotazo, y cuando el gordito se inclina para agarrarlo, un uppercut lo encuentra en la barbilla. No es fuerte, pero está bien puesto. El gordito se tambalea, da un paso atrás, se sienta en el piso con los ojos en blanco. 


El alto granudo intenta rodearlo. Alessandro gira sobre sus talones —un movimiento que ha repetido mil veces en el gimnasio— y el otro queda desbalanceado. Una trompada en el hígado, otra en la mandíbula, y el alto granudo se dobla sobre sí mismo tosiendo sangre. 


Lucio vuelve a la carga, más enojado que antes. Tira golpes de costado, salvajes, imprecisos. Alessandro los esquiva a todos. Mueve la cadera, los hombros, la cabeza. Parece un bailarín, un boxeador de otro tiempo. El profesor del gimnasio lo llama el nuevo Nicolino Locche, pero él no sabe quién es. Piensa que es un apodo que le ponen a todos los novatos. 

 

Un gancho de izquierda, certero, limpio. Lucio lo recibe en plena mandíbula. Sus ojos se ponen blancos, las piernas le flaquean, y cae pesado sobre la tierra, boca arriba, sin sentido. 


Los otros tres lo miran desde el piso. El flaco se arrastra hacia atrás con las manos en la cara. El alto granudo ya está corriendo, la sangre chorreándole por la barbilla. El gordito sale detrás, tropezando. 


Silencio en el campus. 


Todos miran. La piba del sánguche tiene los ojos como platos. La chica del pete se quedó con la boca abierta. Alguien aplaude, después otro, después varios. 


Alessandro no escucha nada. Solo mira a su madre. 


Macarena está paralizada. Su hijo flaco, el que agachaba la cabeza, el que lloraba en silencio, acaba de noquear a cuatro tipos al mismo tiempo. Se movía como si el cuerpo le respondiera sin pensar, como si la cintura tuviera vida propia. Lo mira y no lo reconoce. 


—Vamos a casa —dice él, y su voz es grave, segura. Le agarra la mano—. Ya nadie te va a molestar. Sos solo mía. 


Ella asiente. No puede hablar. Lo sigue en silencio, con los tacos rojos clavándose en la tierra, la mano de él apretándole la suya como si nunca la fuera a soltar. 

 

Llegan a casa y la puerta no termina de cerrarse cuando ya se están besando. 


Es un beso salvaje, húmedo, con dientes y lengua. Alessandro la aprieta contra la pared, sus manos le recorren el cuerpo por encima del vestido negro. Macarena gime contra su boca, siente cómo él se endurece, cómo la presiona, cómo la necesita. 


—Vení —dice él, y la arrastra hasta el comedor. 


Allí, cerca de la mesa de madera oscura, comienzan a sacarse la ropa. Él le levanta el vestido, se lo saca por la cabeza. El corpiño vuela. Los pechos caen libres, los pezones ya erectos. Las medias negras y la liga roja quedan, y los tacos rojos que ella no termina de sacarse. 


Alessandro se baja el pantalón, el boxer. Su miembro enorme, ya duro, apunta hacia ella como una lanza. 


—Acóstate —dice. 


Ella obedece. Se acuesta boca arriba sobre la mesa fría. Las medias raspan contra la madera. Alessandro se pone encima, la recorre con las manos: los pechos, la panza, los muslos. Sus dedos llegan a sus nalgas, las aprietan, las separan. Y después, la punta de su miembro presiona en un lugar diferente. 


El ano. 


—Quiero lo que no le diste a Lucio —dice él, y sus ojos grises están duros, seguros. No es una pregunta. 


Macarena lo mira. No hay enojo en sus ojos. No hay sorpresa. Solo un alivio enorme, como si desde hace semanas estuviera esperando que él dijera esas palabras. 


—Sabía que viste los videos —dice ella, y su voz sale tranquila—. Amor, a vos te voy a dar todo lo que me pidas. 


Él asiente. Empieza a empujar. 


La cabeza entra apenas y ella contiene la respiración. Hace años que nadie entra por ahí. Desde el padre de Alessandro, ese hombre que la embarazó y después desapareció sin dejar rastro, como una sombra que se esfuma al amanecer. Fue una sola vez, y le dolió, y nunca más quiso intentarlo. 


Pero esto es distinto. 


Esto es su hijo. 


La cabeza entra un poco más. El dolor es agudo, como si la estuvieran partiendo al medio. El miembro de Alessandro es enorme, el más grande que ella haya visto, y esa anchura en un lugar que no está hecho para tanto la hace gritar. 


—Mamá... —dice él, con miedo. 


—Seguí —jadea ella—. Seguí, amor. 


Él empuja más. Ella aprieta las manos contra la mesa, las uñas rayando la madera. Ayuda con sus propios movimientos, arqueando la cadera, abriéndose para él. El dolor es inmenso, pero hay algo más. Algo que se parece al amor, al sacrificio, a la entrega total. 


—Nalguéame —pide ella, casi gritando—. Nalguéame, así me distraigo. 


Él la nalguea. Primero suave, casi sin ganas. Después más fuerte, y el sonido seco se mezcla con los gemidos de ella. Otra vez, más fuerte. Otra vez. La piel se le enrojece, y ella siente cómo el dolor de las nalgas le gana al del ano, y eso la ayuda a relajarse. 


Él sigue empujando. La cabeza entra toda. Después un poco más. Después otro centímetro. Ella llora, pero no le pide que pare. 


Se miran a los ojos. Ella tiene las manos apoyadas en la mesa, él está detrás, las dos manos en sus caderas. La espalda de él se arquea, los músculos flacos se tensan. 


—Sos perfecto —dice ella, y gira la cabeza para besarlo. 


Él baja a su encuentro. Se besan mientras él sigue empujando, mientras ella gime contra su boca, mientras los dos se mueven juntos como si siempre hubieran estado haciendo esto. 


Pasan los minutos. 


El miembro entra más. Cada vez más. El dolor se mezcla con algo que no es placer, pero se le parece. Algo que la llena de una manera que ningún otro hombre la había llenado. 


Y de repente, entra todo. 


Todo. 


Macarena siente que su cuerpo se va a dividir en dos. Que las paredes de su interior se estiran hasta un límite que no sabía que existía. Respira hondo, aprieta los dientes, y después exhala. 


—Ahora movete —dice. 


Alessandro comienza a moverse. 


Al principio es lento, casi tembloroso. Después agarra ritmo, un serrucho duro y parejo, como si estuviera talando un árbol. Las caderas de ella rebotan contra la mesa. Los pechos se mueven desordenados, primero uno, después el otro, como dos frutas colgando de una rama en el viento. 


—Ay, hijo... —grita ella, y el dolor se está convirtiendo en otra cosa. En una presión que sube, que crece, que la va llenando—. Ay, Dios... 


El orgasmo la golpea como un tren. 


Su cuerpo se arquea, los músculos del abdomen se contraen, los dedos de los pies se encorvan dentro de los tacos rojos. Grita, un grito ronco, desaforado, que sale de algún lugar profundo que no sabía que tenía. Las paredes de su ano se aprietan alrededor del miembro de él, lo exprimen, lo succionan. 


Alessandro no para. 


Sigue moviéndose. Más fuerte. Más seguro. La mira sudar, temblar, llorar de placer o de dolor o de las dos cosas. Sus manos le agarran las nalgas, las separan, la abren más. 


Macarena tiene un segundo orgasmo a los pocos minutos. Este es más intenso, más largo, más húmedo. Siente que se va a desmayar, que la cabeza le da vueltas, que el mundo se desdibuja alrededor. Jadea, tiembla, aprieta la mesa con las dos manos. 


—Mamá... —gime él—. Voy a... 


—Adentro —dice ella—. Adentro, amor. 


Él entierra el miembro hasta el fondo, aprieta las nalgas con las dos manos, y se vacía dentro de ella. Ella siente cómo late, cómo se contrae, cómo la llena de un calor que no es solo líquido, es algo más. Es la promesa de que nunca la va a dejar. 


Terminan. 


Se quedan abrazados sobre la mesa. Él todavía dentro de ella, los dos sudados, pegajosos, temblando. La respiración les cuesta volver a la normalidad. 


Ninguno de los dos habla. 


No hace falta. 


Pasan los minutos. El cuerpo de ella todavía tiembla con las descargas eléctricas del orgasmo. El de él sigue duro, muy adentro, como si no quisiera salir nunca. 


Alessandro la besa en la nuca. 


Ella sonríe. 


—¿Ya estás listo de vuelta? —pregunta, con la voz rota. 


Él no contesta con palabras. Empieza a moverse otra vez, despacio, profundo. 


La segunda ronda acaba de empezar. 


Continuara... 

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