Tía y sobrino amantes en secreto - Parte 3

 


La mañana del martes fue una huida silenciosa. Carolina salió del departamento antes de que el sol terminara de trepar por los edificios de Puerto Madero, con el pulso todavía alterado y la piel erizada por el recuerdo inmediato. La ducha fría no había servido para borrar las imágenes: el vapor del baño, el agua corriendo por la espalda de Bryan, la línea que habían cruzado por segunda vez en menos de una semana. Mientras el auto devoraba las calles hacia el bufete, ella mantenía las manos firmes en el volante, pero la mente era un torbellino. "¿Qué estoy haciendo? Es mi sobrino. La línea era una y ya la pasamos. Ahora es un puente". La culpa le mordía el estómago, pero abajo, en un lugar más profundo y oscuro, el deseo le respondía con un latido húmedo que no se iba. 


Bryan, en cambio, despertó con una sonrisa que le estiraba los cachetes. Se desperezó en el sofá, sintiendo un leve dolor en la espalda, pero no le importó. La noche anterior había sido real. No un sueño, no una fantasía solitaria. El agua caliente, las manos de Carolina, el espejo empañado. El deseo le había ganado a la culpa por nocaut en el primer round. Ahora lo único que ocupaba su cabeza, mientras se vestía con la ropa de universidad que le quedaba tirante en los hombros, era cómo hacer para que volviera a suceder. "Pero ella siempre pone el límite justo. Justo cuando va a pasar todo, se frena". La frustración le hizo apretar los cordones de las zapatillas con más fuerza de la necesaria. Quería más. Mucho más. Y no sabía cómo pedirlo sin romper el hechizo. 


El segundo día en la facultad fue un borrón de aulas inmensas, caras nuevas y apuntes que no entendía. Pero Bryan caminaba por los pasillos con una seguridad nueva, una que no venía del conocimiento académico sino de un fuego interno. Era un secreto que le inflaba el pecho. Nadie en esa ciudad sabía lo que había pasado en ese baño, en ese departamento. Nadie sabía que él, el gordito de campo, el que nunca había tenido suerte con las chicas en el pueblo, había estado a centímetros de poseer a la mujer más deseable que había visto en su vida. La euforia se le mezclaba con una ansiedad que le secaba la boca. 


El día de Carolina fue un infierno de productividad. Reuniones, contratos, llamadas a Nueva York. Pero cada pausa era traicionera. En el reflejo de la pantalla apagada de su computadora se veía a sí misma de rodillas. Se tocaba el cuello y sentía el roce fantasma del agua de la ducha, pero también las manos de Bryan. A las nueve de la noche, cuando su secretaria ya se había ido hacía una hora, miró el reloj y sintió un pinchazo de alivio y decepción. Agarró el celular y escribió rápido: "No me esperes para cenar, se complicó en la oficina". Lo envió y soltó el teléfono como si quemara. Era un respiro, una noche de tregua que le regalaba a su conciencia. 


Del otro lado, Bryan leyó el mensaje con el plato de fideos todavía humeante. La desilusión fue un golpe seco en el esternón. Se le fue el apetito, pero comió igual, con movimientos mecánicos, mirando la pantalla del televisor sin ver nada. Se acostó en el sofá a oscuras, con la luz de la ciudad filtrándose por los ventanales como un fantasma azul. Cerró los ojos con fuerza. No podía dormir. Su mente era un proyector enloquecido: la curva de la cadera de Carolina, el agua corriendo, el sonido de su respiración cortada. Dio una vuelta y otra. El sueño era un territorio enemigo. 


A las diez, el sonido del llavero en la cerradura fue un electroshock. La puerta se abrió y un triángulo de luz del pasillo se derramó sobre el piso de porcelanato. Carolina entró como una aparición. Llevaba un traje de oficina color beige, la chaqueta entallada marcando la cintura estrecha y la falda lápiz ciñéndose a sus caderas como una segunda piel. Las medias de nylon brillaban débilmente, y los tacones de aguja resonaron en el silencio con un repiqueteo que era un llamado primitivo. Se quitó el cabello de la cara con un gesto cansado y sus ojos verdes, maquillados pero ojerosos, barrieron la penumbra hasta encontrar el sofá. 


Bryan abrió los ojos. No se movió, pero la miró. Una electricidad invisible llenó la distancia entre la puerta y el sofá. Él la recorrió con la mirada, desde los tacones hasta el cuello, deteniéndose en cada curva que la ropa prometía pero no mostraba. No fue una mirada furtiva como en la estación de Retiro. Fue una mirada de reconocimiento, de hambre, de alguien que ya había probado la fruta prohibida y sabía exactamente qué sabor buscaba. 


Carolina sintió ese escaneo visual como una caricia. El cansancio de la oficina se le evaporó de golpe, reemplazado por un calor líquido que le subió por los muslos. "Me desea. No como sobrino. Como hombre. Me está desnudando con los ojos y yo quiero que lo haga". La excitación fue tan repentina y tan violenta que la dejó quieta, con la espalda apoyada en la puerta ya cerrada. Se sostuvieron la mirada un segundo eterno. La oscuridad del departamento los volvía cómplices, los silenciaba de cualquier moral. Entonces, Carolina actuó sin pensarlo, o pensándolo todo de una vez. Metió sus manos por debajo de la falda lápiz, un movimiento torpe y urgente, y se bajó la bombacha de encaje hasta los tobillos. Salió de ella con la gracia de una bailarina, pateándola a un costado sin importarle dónde caía. La prenda quedó tirada en el piso, una mancha oscura en la penumbra, el último vestigio de un límite que acababan de dinamitar. 


Caminó hacia el sofá. Cada paso era una sentencia. Bryan se incorporó apenas, apoyándose en los codos, el corazón golpeándole las costillas con una fuerza animal. Cuando ella llegó, se inclinó y lo besó. No fue un beso tierno. Fue un beso de hambre acumulada, de oficina, de culpa, de mensajes de texto evasivos. Sus lenguas se encontraron con una familiaridad que todavía los sorprendía. 


Carolina se enderezó, lo miró desde arriba. Sin dejar de mirarlo a los ojos, se subió la falda, arremangándola hasta la cintura. La luz de la ciudad dibujaba el contorno de sus piernas desnudas, la curva firme de sus muslos. Se trepó al sofá, una rodilla a cada lado del cuerpo blando de Bryan, y se sentó sobre él. Sintió el bulto duro bajo la tela del pantalón de pijama, una masa caliente que presionaba justo donde ella estaba húmeda y abierta. 


Con dedos que no temblaban, Carolina buscó la cintura del pantalón de Bryan y liberó su miembro. Esa cosa enorme, pálida y venosa, se irguió contra su mano. No se detuvo a admirarlo. Lo guió hacia su entrada y empezó a bajar. 


El primer contacto fue una presión que le arrancó un jadeo. La cabeza ancha empezó a abrirla, a estirarla de una forma que no era del todo dolor, pero tampoco del todo placer. Era una invasión. Bryan sintió el calor húmedo que lo envolvía y se le escapó un gemido ronco, las manos aferrándose a los almohadones. Pero no se quedó quieto. Buscó la chaqueta beige de ella y empezó a desabotonarla con torpeza, los dedos grandes luchando contra los botones pequeños. Carolina se movía en círculos lentos, bajando centímetro a centímetro, sintiendo cómo cada vena de ese miembro le raspaba las paredes internas. 


—No puedo... es demasiado —jadeó ella, con los ojos cerrados y la frente perlada de sudor. 


Pero no paró. Empujó más. Quería todo. Necesitaba todo. Bryan logró abrir la chaqueta y se la sacó de los hombros con un movimiento brusco. Debajo, una camisa de seda color marfil. Los botones cedieron con un tirón seco, volando uno y rodando por el piso. El corpiño, un encaje negro mínimo, fue lo siguiente en ceder. Bryan lo empujó hacia arriba, liberando los pechos de Carolina, redondos y perfectos, con los pezones oscuros y duros como piedras. 


—Sos... increíble —balbuceó Bryan, antes de tomar un pezón entre sus dedos y apretarlo. 


Carolina soltó un gemido agudo y, con ese estímulo, dejó caer todo su peso. El miembro entero entró, hundiéndose hasta la base. Una exclamación ahogada, mezcla de dolor y éxtasis, salió de su garganta. Nunca en su vida, se había sentido tan llena. Era una plenitud que llegaba al alma, que le cortaba la respiración. Se quedó quieta un segundo, con los ojos muy abiertos, sintiéndolo latir dentro de ella, en lo más profundo. 


Luego, empezó a moverse. Era una danza primitiva, pausada al principio, como aprendiendo el ritmo. Con la falda arremangada y los tacones todavía puestos, parecía una diosa pagana del placer. Bryan, hipnotizado, jugaba con sus pechos, pellizcando los pezones, sintiendo el vaivén cada vez más rápido. 


Una palmada resonó en el silencio. La mano de Bryan impactó contra su nalga derecha, firme y sonora. Carolina gimió y apretó las paredes internas, moviéndose más fuerte. Otra palmada. Y otra. Con cada nalgada, el ritmo aumentaba, el sonido de la carne chocando contra carne se mezclaba con los jadeos. Se besaban con lengua, sin dejar de moverse, un beso torpe y hambriento, mordiéndose los labios. Bryan bajó la boca y succionó un pezón, lo mordió con suavidad al principio, luego con más fuerza. 


Eso fue el detonante. Un mordisco certero y una succión profunda hicieron que el cuerpo de Carolina se tensara como un arco. Un orgasmo la atravesó de pies a cabeza, una ola caliente que le nubló la vista y le arrancó un grito ronco que murió en la boca de Bryan. Él sintió las contracciones internas, ese espasmo rítmico que lo succionaba, y no pudo más. La agarró de la cintura con fuerza, los dedos clavándose en la piel desnuda bajo la falda, y comenzó a taladrar de abajo hacia arriba, con una rapidez animal. Carolina, todavía en la cresta de su propio placer, sintió la embestida final. Jadeaba en la oreja de Bryan, palabras rotas, incoherencias. 


—Llename... por favor... 


Fue suficiente. Bryan sintió el estallido desde la base de la columna, una explosión caliente que lo vació dentro de ella. Un gemido ahogado, un espasmo compartido, y luego el silencio. Los dos se quedaron abrazados en el sofá, los cuerpos temblorosos, las respiraciones agitadas encontrando un ritmo común. Él todavía dentro de ella. Ella con la cara hundida en el cuello de él, oliendo su sudor mezclado con el perfume caro que ya era un solo aroma. 


No había prisa. El mundo exterior no existía. Cuando por fin Carolina se movió, no fue con la rigidez de la culpa. No salió corriendo. Se deslizó lentamente, sintiendo el vacío repentino. Bryan la miró, esperando el rechazo, las palabras de arrepentimiento que siempre llegaban. Pero ella no dijo nada. Lo tomó de la mano, sus dedos finos entrelazándose con los dedos gruesos y húmedos de él. 


—En mi cama vas a dormir mejor —murmuró, con una voz ronca, casi irreconocible. 


Bryan se dejó guiar. Salió del sofá que había sido su frontera y, desnudo y vulnerable, caminó de la mano de su tía hacia el altar de sábanas blancas que nunca había osado pisar. Esa noche, el límite no solo se cruzó: se borró. Hicieron el amor dos veces más en la cama grande, con la paciencia de quien sabe que el alba ya no es un enemigo. La última imagen, antes de que el sueño los venciera, fue el brazo blando de Bryan rodeando la cintura estrecha de Carolina, y ella hundiendo la espalda en su pecho, sintiendo por primera vez en años que una cama no era un lugar solitario. El abrazo era la nueva línea, y ya no había vuelta atrás. 

 

Continuara... 

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