Tía y sobrino amantes en secreto - Parte 2

 




El primer rayo de sol del sábado fue una aguja clavándose en los párpados de Carolina. Abrió los ojos de golpe, con la boca pastosa y un zumbido sordo en las sienes. La resaca era un animal pesado aplastándole el cráneo. Se quedó quieta, mirando el techo blanco, esperando que el mundo dejara de girar.


Y entonces llegó. El recuerdo.


Una oleada de imágenes la golpeó con la fuerza de un puñetazo en el estómago. El vestido rojo. Sus rodillas sobre el porcelanato frío. La textura salada en la lengua. Y ese miembro, Dios, ese miembro descomunal atravesándole la garganta hasta hacerla llorar. El esperma corriéndole por la mejilla.


—Ay, Dios... —susurró, y su propia voz sonó a pecado.


Se tapó la cara con la almohada y gimió. Un gemido seco, de asco y de algo más que no quería nombrar. "Soy una enferma. Es mi sobrino. El hijo de mi hermana. ¿Qué mierda hice?".


Se incorporó de la cama como pudo. La seda del camisón, que todavía olía a la noche anterior, le pesaba como una armadura. Al caminar hacia el baño, sintió la humedad fría entre los muslos y el corazón le dio un vuelco. No era solo culpa. Era excitación. El recuerdo no solo le daba vergüenza: le mojaba las bragas. Y eso era lo peor.


El agua caliente de la ducha cayó sobre su cuerpo como una purificación incompleta. Cerró los ojos y dejó que el chorro le golpeara el rostro, los pechos, el vientre. Se enjabonó las manos con furia y empezó a refregarse el cuerpo. Primero el cuello, como si quisiera arrancar la piel que él había besado. Después los hombros. Después los pechos. Sus dedos resbalaron sobre los pezones y sintió un escalofrío que no era frío. Siguió bajando, por las costillas, por la cintura estrecha, por la curva de las caderas. Se restregó las nalgas con violencia, como si pudiera borrar la memoria de ese bulto duro que se había alojado entre ellas. Y más abajo. Se enjabonó el pubis con los ojos apretados, conteniendo la respiración. El jabón resbaló por sus muslos como una caricia blanca. "Lavame de esto, lavame de él". Pero el agua solo limpiaba la piel. La culpa seguía ahí, latiendo.


Al salir del baño, envuelta en un toallón blanco, el departamento estaba en silencio. Bryan dormía todavía en el sofá, hecho un ovillo, la respiración pesada. Carolina lo miró de reojo y sintió otra punzada en el vientre. No era sábado de gimnasio, pero no podía quedarse. Agarró el bolso y se fue casi corriendo.


Bryan despertó cerca del mediodía con la cabeza a punto de estallar. El sol le daba en plena cara y el cuello le dolía por la mala posición del sofá. Se quedó unos segundos sin moverse, juntando los pedazos de la noche anterior. La música. El baile. El champagne.


Y entonces el recuerdo lo atropelló.


Cerró los ojos con fuerza. La imagen de su tía de rodillas, los labios rojos alrededor de su miembro, los ojos llorosos mirándolo desde abajo. Sintió cómo la sangre le bajaba en tropel a la entrepierna, y bajo la sábana, su erección fue instantánea, dolorosa, incontrolable.


—No, no, no... —murmuró, apretándose los ojos con el antebrazo.


Pero era inútil. La tenía dura como una piedra. La culpa estaba ahí, agazapada en un rincón de su mente, pero era un susurro lejano comparado con el rugido de la excitación. "Tu tía, boludo. Es tu tía". Sí, pero cómo la chupaba. Cómo gemía mientras se ahogaba. Cómo había recibido su semen en la boca sin un gesto de asco.


—Dios mío —suspiró, y no sabía si era una plegaria o una rendición.


Se metió en el baño con el miembro todavía erecto, casi rozando el borde del inodoro al caminar. El agua fría cayó sobre su cuerpo y fue un alivio momentáneo, pero sus pensamientos volvían una y otra vez al mismo lugar. A la misma imagen. A la misma boca.


Carolina volvió del gimnasio al mediodía. Había corrido en la cinta hasta que las piernas le temblaron, había hecho abdominales hasta que el ardor le nubló la mente. Pero ni el agotamiento físico podía callar esa voz en su cabeza. "La tiene enorme. La tiene enorme". Se repitió el mantra mientras estacionaba el auto. Se lo repitió en el ascensor. Y cuando abrió la puerta del departamento y vio a Bryan sentado en la mesa, desayunando una tostada, la frase le explotó en el pecho como un disparo.


Él levantó la vista apenas un segundo.


—Buen día —dijo Bryan, con la voz tomada.   


—Buen día —respondió Carolina, mirando hacia la heladera.


Ninguno de los dos se miró a los ojos. Él clavó la vista en el plato. Ella en la botella de agua que agarró de la mesada. El aire se volvió denso, incómodo, como si entre ellos hubiera una tercera presencia invisible.


—¿Dormiste bien? —preguntó ella, de espaldas.


—Sí. Bien. ¿Vos?


—Sí.


Mentían los dos. El silencio volvió a instalarse, pesado como una losa. Carolina se fue a su cama con la excusa de ordenar algo. Bryan masticó la tostada sin sabor.


El sábado transcurrió en una tregua tensa. No hablaron más que lo indispensable. Carolina se encerró en el escritorio improvisado con su laptop, adelantando informes del bufete. Las palabras legales eran un refugio, un idioma seco que no dejaba espacio para el deseo. Pero cada tanto, en los silencios entre párrafo y párrafo, su mente derivaba hacia la imagen de ese miembro descomunal, y sus muslos se apretaban debajo del escritorio.


Bryan, por su parte, se instaló en la mesa del comedor con apuntes y libros que había traído del campo. Repasaba biología celular y anatomía básica, tratando de adelantarse a su primer día en la facultad. Pero las palabras se le emborronaban frente a los ojos. Su mente viajaba, inevitable, a esa noche, a ese vestido rojo, a esa boca experta. Y tenía que cruzar las piernas debajo de la mesa para disimular.


El domingo fue una réplica silenciosa. Comieron en horarios distintos. Él se calentó una pizza congelada al mediodía. Ella picoteó fruta a media tarde. Se cruzaban en el pasillo que llevaba al baño y se decían "permiso" sin alzar la mirada. El departamento, tan chico, de repente era un desierto donde cada uno encontraba su propia trinchera.


El lunes amaneció nublado, con ese gris porteño que amenaza lluvia, pero no concreta. Carolina se vistió con un traje sastre azul marino, la pollera justo arriba de la rodilla, una blusa de seda color marfil. Frente al espejo, se maquilló con precisión quirúrgica, como si la base y el delineador pudieran enmascarar la turbulencia que llevaba adentro. Se fue temprano, antes de que Bryan despertara.


Él salió una hora después, con los apuntes en una mochila nueva que su tía le había comprado. El micro hacia la facultad de veterinaria iba lleno de estudiantes. Cuando entró al aula magna, se quedó helado. Mujeres. Mujeres por todos lados. Rubias, morochas, de todos los tamaños y formas. Él, que venía de un pueblo donde las caras conocidas se contaban con los dedos, nunca había visto tantas juntas. Un compañero le dio charla, una chica de rulos le prestó una lapicera cuando la suya falló. Pero en su cabeza, como un filtro maldito, todas eran comparadas con una sola mujer. "Linda, pero no como Carolina". "Graciosa, pero no como Carolina". "Lindo cuerpo, pero ni cerca del de Carolina". Su tía era un fantasma omnipresente, un estándar imposible que arruinaba cualquier otra belleza posible.


Mientras tanto, en su oficina del décimo piso, con una vista panorámica del puerto, Carolina miraba la pantalla sin verla. El informe de un litigio importante llevaba media hora abierto y no había avanzado ni un renglón. Su mente estaba en otra parte. En cómo le estaría yendo a Bryan. En si estaría haciendo amigos. En si alguna compañera lo estaría mirando. Y ese último pensamiento le provocó una punzada extraña, un celo sordo que no tenía derecho a sentir.


La imagen volvió. Ese miembro. Esas venas azules. Esa cabeza gruesa desapareciendo entre sus labios.


Sintió un calor húmedo entre las piernas. Se removió en el sillón de cuero. Trató de concentrarse en el informe. Imposible. Su mano izquierda soltó el mouse y, como con voluntad propia, bajó despacio por su vientre. Se deslizó por debajo de la pollera, sobre la tela de las bragas de encaje. El roce fue mínimo, pero suficiente para arrancarle un suspiro contenido. Empezó a frotarse con movimientos circulares, suaves, los ojos entrecerrados. La imagen de Bryan se materializó en su mente. Ese miembro. Esas manos grandes. Esa expresión de incredulidad que había puesto cuando ella se arrodilló.


Estaba al borde. El orgasmo se acercaba como una ola, caliente, inevitable. Abrió un poco más las piernas debajo del escritorio, mordiéndose el labio inferior. Un gemido mudo se le escapó. Estaba ahí, en el filo, a punto de caer. 


Un golpe en la puerta. La manija bajó. 


Carolina retiró la mano como si la hubiera quemado un rayo. Se alisó la pollera con un gesto automático, se acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja y carraspeó. 


—Adelante —dijo, con una voz que pretendía ser firme, pero temblaba en los bordes.


Su secretaria entró con una pila de carpetas. Carolina la recibió con una sonrisa profesional, las mejillas todavía encendidas, el corazón galopándole en el pecho. Las carpetas cayeron sobre el escritorio con un ruido seco, como un llamado a la realidad.


Esa tarde, cuando Carolina entró al departamento, el aroma a mate la recibió. Bryan estaba en la mesa del comedor, con el termo al lado y la yerba recién cebada. Levantó la vista del mate y, por primera vez en tres días, sus ojos se encontraron con los de ella.


Fue un instante. Pero en ese instante hubo un abismo.


Carolina sintió que el aire le faltaba. Los ojos de Bryan, esos ojos que antes eran de niño, ahora eran de un hombre que la había visto de rodillas. Y los de ella, tan verdes, tan intensos, eran los de una mujer que recordaba perfectamente el sabor que él le había dejado en la boca.


—Hola —dijo ella, dejando el bolso en el sillón. 


—Hola —respondió él, y su voz fue un hilo. 


—¿Cómo te fue en la facultad? —preguntó Carolina mientras se sentaba frente a él, aceptando el mate que él le ofrecía. 


—Bien. Raro. Es enorme la facultad, una bocha de gente. 


—¿Hiciste amigos? 


—Un par. Hay un chico copado, Tomás. Y una mina, Magalí, que me prestó una lapicera. 


Carolina sintió otra vez esa punzada. "Magalí". Se obligó a sonreír. 


—Qué bien. ¿Y es linda? 


Bryan la miró, y en sus ojos hubo algo que Carolina no esperaba: una especie de desafío blando, una respuesta silenciosa a sus celos disfrazados de pregunta casual. 


—Es linda. Pero vos sos más linda. 


Ella se rió, una risa nerviosa que le sonó falsa hasta a ella misma. Pero no le devolvió el elogio esta vez. Se limitó a tomar el mate y a saborear el amargor de la yerba. 


—¿Pedimos algo para cenar? —dijo ella—. Hoy no tengo ganas de cocinar. 


—Dale. 


Pidieron sushi por delivery. Comieron juntos en la mesa, y algo en la rutina compartida empezó a disolver la capa de hielo que se había formado durante el fin de semana. Hablaron del campo, de la facultad, de los casos difíciles que Carolina estaba manejando. La conversación fluyó con naturalidad, como si la normalidad fuera una película que estaban aprendiendo a actuar. Pero cada tanto, en los silencios, sus miradas volvían a cruzarse y la electricidad chisporroteaba en el aire.


Después de cenar, Carolina juntó los envases vacíos y los tiró a la basura. Se estiró, y la blusa se le subió un poco, dejando ver una franja de piel dorada en la cintura. Bryan apartó la mirada, pero tarde: ya la había visto.


—Me voy a bañar —anunció ella—. Estoy molida.


—Dale. 


Carolina entró al baño y cerró la puerta. Pero no le puso llave. Se desvistió despacio, frente al espejo, observando su propio cuerpo como si lo viera por primera vez. Los pechos firmes, la cintura estrecha, las caderas redondas y esas piernas largas que tantas miradas recogían en la calle. El vello púbico, prolijo y oscuro, formaba un triángulo perfecto. Se miró los labios, los pezones que se endurecían con el frío del baño. Era hermosa. Y sabía que él la deseaba.


Abrió la ducha y el agua caliente la envolvió como un abrazo. Cerró los ojos. El vapor llenó el cubículo de vidrio y su silueta se volvió una sombra difusa, una pintura impresionista.


En el comedor, Bryan estaba paralizado en el sofá. El miembro se le había puesto duro apenas escuchó el correr del agua. La mente le iba a mil por hora. Las imágenes se sucedían en su cabeza como flashes: la pollera azul, la cintura descubierta, el sonido de la ducha. Se pasó la lengua por los labios resecos.


"El que no arriesga no gana".


La frase le resonó como un latido. Se paró del sofá. Sus pies descalzos avanzaron solos hacia el baño. La puerta no estaba cerrada del todo; una rendija dejaba escapar vapor y luz dorada. Apoyó la palma de la mano sobre la madera y empujó apenas. 


La silueta de Carolina se movía detrás del vidrio empañado. Era una visión borrosa y perfecta: la curva de un hombro, el perfil de un pecho, la sombra alargada de unas piernas. Bryan se quedó quieto unos segundos. Luego, con dedos que temblaban de anticipación, empezó a sacarse la ropa. La remera primero. Después el pantalón. Los bóxers. Su erección, liberada, apuntaba hacia delante como un mástil oscilante.


—¿Me puedo bañar con vos? —su voz sonó más firme de lo que esperaba—. Quiero acostarme temprano y así no pierdo tiempo. 


Carolina giró la cabeza. A través del vidrio mojado, sus ojos se clavaron en la silueta de él. Y bajaron, inevitablemente, hasta esa sombra alargada y gruesa que colgaba entre sus piernas. La boca se le secó. Las palabras le salieron sin consultarle al cerebro —Claro. Entra.


Bryan abrió la puerta de vidrio y el vapor lo envolvió como una nube. La ducha no era grande; sus cuerpos quedaron a centímetros de distancia. Las gotas de agua rebotaban en el pecho de él y salpicaban los pechos de ella. Se turnaron bajo el chorro con una torpeza ensayada, conscientes de cada roce, de cada centímetro que los separaba y que era, en realidad, un imán.


—Pásame el jabón —dijo ella.


Y cuando él se lo dio, sus dedos se tocaron.


Fue el detonante. 


Carolina tomó el jabón y, en lugar de enjabonarse a sí misma, apoyó la palma en el pecho de Bryan. Él contuvo el aliento. Ella empezó a deslizar la mano por sus pectorales blandos, por sus hombros redondos, por la nuca. El jabón hacía espuma blanca que resbalaba por la piel de él. Bajó por la espalda, por los costados, por el vientre abultado. Bryan temblaba. Su respiración era un fuelle irregular. 


—Ahora vos —susurró ella. 


Y Bryan, con manos grandes y torpes, tomó el jabón y empezó a enjabonarle los hombros. El cuello. La clavícula. Bajó con lentitud hacia los pechos y ahí se detuvo. Sus pulgares resbalaron sobre los pezones duros y Carolina soltó un gemido corto, un quejido que no era de dolor. Él siguió bajando, por las costillas, por la cintura, por la curva de las caderas. Giró a Carolina de espaldas y le enjabonó la espalda con devoción, delineando cada vértebra, cada omóplato. Llegó a sus nalgas y sus manos se demoraron ahí, apretando con suavidad, moldeando esa carne firme que tantas veces había mirado de reojo.


El agua caía y se llevaba la espuma, pero no el deseo.


Cuando salieron de la ducha, el espejo estaba totalmente empañado y el baño era una nube de vapor. Agarraron los toallones y, sin decir nada, empezaron a secarse mutuamente. Carolina le pasó la toalla por el pecho, por los brazos, por la espalda. Bryan le secó los hombros, los pechos, el vientre. Ninguno esquivaba el cuerpo del otro. La toalla se deslizaba por sus pieles húmedas con una intimidad que ya no dejaba espacio para la culpa.


Cuando estuvieron secos y desnudos, se quedaron frente a frente. Los ojos de Carolina brillaban con una mezcla de miedo y deseo. Los de Bryan, con una determinación nueva, una seguridad que no había tenido hasta ese momento.


Y entonces, al unísono, cada uno levantó su mano y la llevó a la entrepierna del otro. 


Los dedos de Bryan se posaron sobre el pubis de Carolina, encontrando la hendidura húmeda y caliente. Los dedos de Carolina se cerraron alrededor de ese miembro descomunal, tibio y duro como una roca. Los dos soltaron un gemido simultáneo, un dúo de sorpresa y placer.


—Estás mojada —susurró él, incrédulo.


—Vos estás durísimo —respondió ella, apretando apenas. 


Él empezó a mover los dedos con torpeza y devoción, buscando ese punto exacto que había leído en revistas y visto en videos. Lo encontró: un botón hinchado y palpitante. Lo rozó con el pulgar y Carolina arqueó la espalda, gimiendo fuerte.


—Ahí... no pares... 


Ella, en respuesta, apretó el miembro de Bryan con más fuerza y empezó a bombearlo despacio, de arriba abajo, sintiendo las venas hinchadas bajo la palma. Se miraron a los ojos. No había ya timidez, ni vergüenza, ni parentesco. Había dos cuerpos desnudos y un hambre que los consumía. 


Se acercaron un paso más. Los pezones de Carolina, duros como piedras, se clavaron en el pecho de él. Bryan sintió esa presión y gimió. Carolina deslizó la mano libre hacia los testículos de él, masajeándolos con suavidad, y el gemido de Bryan se volvió un ronquido gutural.


—¿Te gusta? —preguntó ella, con voz ronca.


—No sabés cuánto...


Estaban tan juntos que la respiración de uno era el aire del otro. El miembro de Bryan presionaba contra el vientre de Carolina, dejando un hilo brillante de líquido preseminal. Los dedos de Bryan seguían trabajando en su clítoris, incansables, aprendiendo rápido.


No supieron quién dio el primer paso. Quizás fueron los dos al mismo tiempo. Sus bocas se encontraron en un beso torpe al principio, hambriento después. Las lenguas se tocaron, se enroscaron, se devoraron. Se besaban y no dejaban de tocarse, las manos trabajando al mismo ritmo, cada caricia empujándolos más cerca del abismo.


Era demasiado. Eran tres días de tensión acumulada, de miradas evitadas, de masturbaciones interrumpidas, de sueños húmedos y despertares culposos. Todo eso se concentró en ese beso, en esas manos, en ese baño todavía tibio por el vapor.


Carolina sintió que el orgasmo le subía por las piernas, le contraía el vientre, le nublaba la vista. Los dedos de Bryan eran inexpertos pero certeros, moviéndose justo donde ella necesitaba.


—Me voy a venir... —jadeó, contra los labios de él.


—Yo también... —respondió Bryan, la voz quebrada.


Ella aceleró el bombeo, apretando más fuerte, sintiendo cómo el miembro palpitaba entre sus dedos como un animal con vida propia. Los dedos de él frotaron el clítoris con más insistencia, en círculos rápidos y desesperados.


—Ah... ah... Bryan...


—Tía...


Ella llegó primero. Fue un espasmo total, un terremoto que le recorrió la columna y le arqueó la espalda. Su mano se crispó alrededor del miembro de Bryan y ese apretón repentino fue lo que lo empujó a él al abismo. Bryan eyaculó con un gemido largo y roto, chorros blancos y espesos que cayeron sobre el vientre de Carolina, sobre su vagina, sobre sus dedos. Los dos temblaban, los dos jadeaban, los dos se aferraban al cuerpo del otro como a una tabla en medio de un naufragio.


El silencio posterior fue atronador.


La cabeza de Carolina giró de golpe, como si la realidad la hubiera cacheteado. Miró el semen sobre su piel, la mano de él todavía entre sus piernas, su propia mano manchada. Se separó de Bryan como si la quemara.


—Perdón —dijo, con la voz rota—. Pero esto está mal.


Y así, desnuda, manchada y temblorosa, salió del baño casi corriendo hacia su habitación. La puerta se cerró con un golpe seco.


Bryan se quedó quieto, solo, en medio del baño. La respiración todavía agitada, el miembro todavía goteando, la piel todavía sintiendo el roce de esos pezones duros contra su pecho. Se miró en el espejo empañado y su reflejo era una mancha borrosa. Se vistió con movimientos lentos, automáticos, y fue hacia el comedor.


Se acostó en el sofá como todas las noches anteriores. Pero esta vez era distinto. Esta vez no había solo culpa. Esta vez había un hambre nueva, más voraz, más profunda. Esta vez quería más. Quería todo.


Del otro lado, en su cama, Carolina yacía desnuda, con el cuerpo todavía manchado y el corazón galopándole en el pecho. La culpa era una marea negra que le subía por la garganta. Pero debajo de la culpa, mucho más abajo, había otra cosa. Una excitación más grande que la del sábado, más grande que la del domingo, más grande que todas las que había sentido en su vida.


Se durmió con la mano entre las piernas, sin siquiera darse cuenta. Y en sus sueños, él estaba ahí.


Continuara...  

Comentarios

Entradas más populares de este blog

El Pecado Madre e Hijo — Epílogo

Pacto entre Padre e Hija - FIN.

El Pecado Madre e Hijo — Parte 5 - Todos Sobre Ella