Tía y sobrino amantes en secreto - Epílogo

 


El tiempo, caprichoso y cruel, tejió su propia normalidad sobre lo prohibido. En el bufete, Carolina seguía siendo la fiera indomable que todos respetaban y temían; en la facultad, Bryan se convirtió en un estudiante aplicado que nunca hablaba de su vida privada. Pero puertas adentro del departamento de Puerto Madero, la fachada se disolvía en jadeos y sábanas revueltas. La culpa murió de inanición, asfixiada por el placer. Fueron años de amantes perfectos: ella, su iniciadora y devota; él, su sobrino y su macho. 


Bryan se recibió de veterinario con honores y volvió al pueblo, a la tierra que lo vio nacer. Se casó con una muchacha dulce, de caderas anchas y sonrisa fácil, y tuvo los hijos que el campo le pedía. Pero dos veces al mes, religiosamente, un micro de larga distancia lo devolvía al departamento de la capital. Ahí no había hijos, ni esposa, ni pueblo. Ahí solo existía ese miembro enorme que Carolina necesitaba como el aire. Ella nunca se casó. ¿Para qué? Ningún hombre, con anillo o sin él, había logrado llenarla así. 


Cuando llegaban las vacaciones, era ella la que viajaba. Se bajaba del auto en la tranquera de la estancia, con vestidos que no pertenecían a ese paisaje de tierra y ganado, y saludaba a la esposa con un beso frío y educado. Cenaba con la familia, acariciaba la cabeza de los niños, y a la noche, cuando la casa dormía, Bryan se deslizaba en su cuarto de huésped. Ahí, en la oscuridad del campo, entre el olor a pasto y a pecado, ella le recordaba al oído: —Siempre vas a ser mi sobrino. Pero también mi macho. 


Y él, sin poder negarlo ni querer hacerlo, se hundía en ella sabiendo que jamás podría escapar.

 


FIN. 


— Si llegaste hasta acá… gracias por leerme. 💋 Dejame un comentario y contame qué te hizo sentir esta historia.

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