El Pecado Madre e Hijo — Parte 4 - La caída
El domingo a la noche, Macarena se duerme antes de las diez.
El cansancio le pesa en los párpados, en los huesos, en esa zona húmeda entre las piernas que todavía late después del callejón. Se acuesta boca abajo, el camisón blanco arrugado sobre las nalgas, el pelo rubio esparcido sobre la almohada. No escucha cuando la puerta se abre. No siente cuando Alessandro entra en puntas de pie.
Él se queda parado un momento, mirándola dormir. La luz de la luna entra por la ventana y le pinta la espalda de plata. Sus pómulos altos, sus labios entreabiertos, la curva de un pecho aplastado contra el colchón.
"Podría masturbarme", piensa. Pero la mano que ya se llevaba a la entrepierna se detiene. Ya no es suficiente. Los dedos de ella, su boca, el calor húmedo de su lengua... ya nada de eso es suficiente. Quiere más. Quiere todo.
Se mete en la cama con el miembro duro, apoya la cabeza en la almohada, y cierra los ojos. El miembro no se le ablanda en toda la noche. Sueña con su madre y cuando se despierta al otro día, la sábana está manchada.
El lunes arranca temprano. Macarena se levanta antes de que él abra los ojos, se viste rápido, sale de la casa sin hacer ruido. El auto nuevo la espera en la cochera: una camioneta negra, grande, con olor a cuero nuevo. Lo compró el sábado, entre una sesión de compras y otra, porque necesitaba llenar el vacío con objetos.
Pasa por la empresa. Los centros de estética están en cinco puntos diferentes de la ciudad, todos funcionando con normalidad. Las encargadas le mandan mensajes, los números cierran, todo está en orden. Pero ella no piensa en eso. Piensa en su hijo.
"Dejá de pensar en él. Es tu hijo."
Firma papeles, atiende una reunión de veinte minutos, y después se va al gimnasio. Corre cuarenta minutos en la cinta, levanta pesas, se estira bajo la mirada del instructor que ya no le importa. Sale con los músculos ardidos y la cabeza igual de llena.
Va a comprar ropa. Otra vez. Un vestido rojo, casi naranja, que parece pintura sobre la piel. Un conjunto de lencería negro, con ligas. Tres corpiños más. Dos pares de zapatos de taco alto. Paga sin mirar el precio, tira las bolsas en el asiento de atrás, y después se queda un rato mirando el volante, sin saber qué hacer.
"No quiero pensar en él. No quiero pensar en su miembro enorme. No quiero pensar en la cara que puso cuando se lo chupé."
Piensa en él todo el día.
Alessandro, en cambio, no puede dejar de pensar en su madre. Pero también piensa en otra cosa.
Está sentado en el aula de siempre, los mismos compañeros, el mismo profesor que habla de estadística con voz de sueño. Los cuatro idiotas están en el fondo, cuchicheando, mirándolo de reojo. Ya no lo molestan. No le tiran gomas de borrar, no le susurran cosas al oído, no lo empujan en el pasillo.
"Dejaron de molestarme cuando le llegó el primer video."
Lo piensa una vez. Lo piensa dos veces. Y en un segundo de lucidez, la certeza lo golpea como un puñetazo en el pecho.
"Lo hace por mí. Mamá se la chupa a esos hijos de puta por mi culpa."
Las palabras salen de sus labios en un murmullo, casi sin darse cuenta:
—Lo hace por mí...
El chico de al lado lo mira raro. Él baja la cabeza, aprieta los puños, y siente la humedad en los ojos. No llora. No va a llorar. Pero las manos le tiemblan.
Sale de la universidad antes de lo habitual. Camina rápido, con las manos en los bolsillos, la cabeza gacha. Pero no dobla hacia la casa. Dobla hacia el centro, hacia el lugar que siempre quiso ir, pero nunca tuvo valor.
El gimnasio de boxeo está en un subsuelo, huele a sudor y a cuero viejo. Los sacos de boxeo cuelgan del techo como cuerpos ahorcados. Un tipo enorme, con la nariz torcida y los nudillos marcados, lo mira de arriba a abajo.
—¿Qué querés, pibe?
—Quiero anotarme —dice Alessandro, y su voz no tiembla.
—¿Boxeo?
—Boxeo. Y gimnasio.
El tipo se ríe, pero lo anota.
Alessandro sale de ahí con una sensación rara en el pecho. No es felicidad. Es otra cosa. Es la promesa de que algún día, cuando su cuerpo deje de ser un espantapájaros, su madre no va a tener que arrodillarse nunca más frente a nadie.
Esa primera semana es un infierno.
Alessandro vuelve del gimnasio con los brazos que le pesan como plomo, las piernas que le tiemblan, la espalda que le duele hasta para respirar. Llega a casa, se baña, cena sin hablar, y cuando apoya la cabeza en la almohada —siempre en la cama de Macarena, porque ya ni siquiera lo pide— se duerme antes de que ella termine de arroparlo.
Macarena lo mira dormir. Su hijo flaco, con los anteojos apoyados en la mesa de luz, la boca entreabierta, las ojeras violetas. Respira hondo, y ella escucha cómo el aire le silba en el pecho.
"Está agotado. Pero está mejor. Tiene algo en los ojos que no tenía antes."
Apaga la luz. Se acuesta a su lado, sin rozarlo, y también se duerme.
Los domingos, ella va al callejón.
Ninguno de los dos habla del tema. Él no pregunta a dónde va ella con ese vestido corto, con esos tacos altos, con esa boca pintada de rojo. Ella no dice nada cuando vuelve con las rodillas raspadas y el gusto amargo en la lengua. Simplemente sucede. Como una llaga que sangra cada siete días y que ninguno se anima a curar.
El sábado de la segunda semana, algo cambia.
Alessandro vuelve del gimnasio con los dolores ya no tan agudos. El cuerpo sigue siendo el mismo —flaco, sin músculo, casi frágil— pero la fatiga ya no lo aplasta como antes. Se baña, se pone un jogging, y se sienta en el living.
Macarena está en la cocina, preparando una ensalada. Lleva puesto un short de lycra color gris que le marca las nalgas hasta el pliegue, y una remera blanca, fina, sin corpiño. Los pezones se adivinan morenos detrás de la tela. El pelo rubio le cae suelto sobre los hombros, y sus pies están descalzos sobre el piso de cerámica.
Alessandro la mira. Siente el miembro endurecerse dentro del jogging.
—Mami —dice, y la voz le sale más grave de lo que quería—. ¿Me harías unos masajes? Me duele todo el cuerpo.
Ella deja el cuchillo sobre la tabla de cortar. Se da vuelta y lo mira. La luz de la tarde le entra por la ventana, le ilumina el contorno de los pechos bajo la tela blanca, la curva de la cadera, el triángulo oscuro que se adivina entre las piernas.
—Claro, amor —dice, y sonríe—. Andá a mi habitación.
La habitación de Macarena huele a lavanda y a algo más. A ella. A su piel, a su crema, a su perfume guardado en los cajones del placard. La cama está deshecha, las sábanas blancas arrugadas como papel.
—Desvestite —dice ella, señalando la cama—. Boca abajo.
Alessandro obedece. Se saca la remera, se baja el jogging, el boxer. Queda desnudo, tendido boca abajo, los omóplatos marcados como alas rotas, la columna asomando bajo la piel pálida. Su cuerpo es de niño todavía, pero su miembro, aplastado contra el colchón, ya adivina su tamaño.
Macarena se trepa a la cama.
Se sienta a horcajadas sobre los muslos de él, y el peso de su cuerpo hunde el colchón. Siente el calor de la piel de su hijo bajo sus nalgas. Empieza a masajearle los hombros con las manos embadurnadas de crema.
—Estás duro como una piedra —dice, y no se refiere a su miembro.
Alessandro gime bajito cuando ella presiona un nudo en la cervical.
—Ahí... ahí duele.
—Shh. La primera semana es la peor.
Las manos de ella bajan por la espalda, por los costados, por la zona lumbar. Aprietan, estiran, amasan la carne flaca. La crema huele a coco, y la piel de él se va calentando bajo sus dedos. Baja más. Llega a los glúteos. Los masajea con círculos lentos, apretando la carne blanda, separando apenas.
Alessandro contiene la respiración.
—Me doy vuelta —dice él, de repente—. La parte del pecho me duele también.
Ella se queda quieta un segundo. Después se levanta, lo suficiente para que él pueda girar.
Alessandro se da vuelta.
Y su miembro está ahí.
Erecto. Imponente. Apuntando hacia el techo como una torre. La cabeza rosada, brillante, el cuerpo grueso, las venas marcadas. Macarena lo mira y siente la boca seca.
"Otra vez. Otra vez lo tengo frente a mí."
Empieza a masajearle el pecho. Las manos le recorren las costillas, los pectorales inexistentes, el esternón. Él cierra los ojos. Pero ella no puede dejar de mirar su miembro, que se mueve apenas con cada respiración, que roza sus manos cuando ella baja a la panza.
El miembro se apoya contra su muslo. La calor se filtra.
Macarena siente cómo su propia ropa interior se humedece.
"Más. Quiero más."
Lo mira a los ojos. Él abre los suyos. Los grises se encuentran con los verdes, y en ese encuentro hay algo que ya no es madre e hijo. Es otra cosa. Es dos personas que saben lo que quieren pero todavía no se atreven a decirlo.
—¿Querés un masaje más profundo? —pregunta ella, y su voz es un susurro.
Él mueve la cabeza. Lentamente. Una sola vez. Afirmando.
Ella se baja el short. La tanga negra que llevaba debajo. Queda desnuda de la cintura para abajo. El vello rubio brillante, los labios húmedos, los muslos apretados.
—Subí —susurra él—. Subí, mami.
Ella se trepa.
Se sienta sobre él, abre las piernas, y con una mano agarra su miembro. Es enorme. La cabeza presiona contra su entrada, y ella baja despacio, muy despacio, sintiendo cómo la va llenando.
Entra apenas la cabeza. Es ancho, demasiado ancho. Ella respira hondo, baja un poco más. Él cierra los ojos y aprieta las sábanas. La boca se le abre en un gemido que no sale.
—Mamá...
—Shh —dice ella—. Déjate llevar.
Sigue bajando. Siente cómo él se desliza dentro de ella, centímetro a centímetro, llenándola de una manera que nunca la habían llenado. Su marido había sido normal. Los otros, también. Pero esto... esto es otra cosa.
—Sos enorme —dice ella, y la voz le tiembla—. No entra todo.
Él abre los ojos. La mira. Sus manos, tímidas al principio, suben por las piernas de ella, las agarran, las aprietan. Siente cómo ella se mueve, cómo sube y baja apenas, cómo su miembro entra un poco más, sale, vuelve a entrar.
—Movete —dice él, y es casi una orden.
Ella obedece.
Empieza a moverse en círculos, la pelvis rotando sobre él, sintiendo cómo él la toca por dentro, cómo roza lugares que no sabía que tenía. Siente la piel de él bajo sus nalgas, los pezones de él endurecidos, la respiración de él acelerándose.
Alessandro dura menos de un minuto.
—Mamá, voy a... —alcanza a decir, y ya se está viniendo.
El chorro caliente le llena el interior. Ella siente cómo late dentro de ella, cómo se vacía, cómo tiembla entero. Se queda quieta, mirándolo, mientras él jadea con los ojos cerrados y las manos todavía agarradas a sus piernas.
Cuando termina, él abre los ojos. Están avergonzados.
—No duré nada de tiempo —murmura.
Ella le pone un dedo en los labios. Sale de él despacio, y el miembro, ya medio dormido, se queda apoyado sobre su vientre. Ella baja la cabeza, lo toma con la boca, y empieza a chupar.
—Es normal —dice entre lengüetazo y lengüetazo— que no aguantes. Es tu primera vez.
La lengua recorre la cabeza, baja por el costado, chupa los testículos uno por uno. Lo succiona con fuerza, sintiendo cómo el miembro se va despertando otra vez entre sus labios. Crece, se endurece, vuelve a estar enorme.
Cuando está bien duro, ella se trepa otra vez.
Baja. Esta vez entra más fácil. La humedad lo lubrica todo, y él se desliza adentro casi hasta la base. Casi. Falta un centímetro que ella sabe que va a tomar tiempo alcanzar.
Alessandro se anima más.
Sus manos, que antes solo se atrevían a agarrarle las piernas, ahora suben. Le agarran los pechos a través de la remera blanca. Los aprieta, los siente pesados, calientes, temblando. Y ella, en un movimiento rápido, se saca la remera.
Queda desnuda.
Los pechos cuelgan redondos, los pezones morenos erectos, la piel blanca brillando bajo la luz de la tarde. Alessandro los mira y siente que va a explotar. Los agarra con las dos manos, los aprieta, los amasa, juega con los pezones, los pellizca suavemente.
—Así —susurra ella—. Así me gusta.
Él se anima a más. Levanta las manos, las pasa por la espalda de ella, la atrae hacia sí. Ella baja más y el miembro entra todo. Todo. La base aplastada contra su sexo, la cabeza tocando algún lugar profundo que la hace gemir.
—Ay, hijo...
Él la besa.
No es un beso de hijo. Es un beso de amante. Desenfrenado, húmedo, con lengua y dientes y saliva. Ella le devuelve el beso igual, y mientras se besan, ella empieza a moverse. Arriba y abajo. En círculos. Adelante y atrás. Siente cómo él la llena, cómo la toca por dentro, cómo la hace suya.
Alessandro agarra sus nalgas. Las aprieta, las separa, las guía en el movimiento. La mira a los ojos mientras ella cabalga. Los pechos de ella rebotan, y él no puede dejar de mirarlos, de tocarlos, de chuparlos cuando ella baja lo suficiente.
—Mamá... —gime él—. Me voy a venir.
—Esperá —dice ella—. Esperá conmigo.
Sigue moviéndose. Más rápido. Más hondo. Siente el orgasmo acercarse como una ola, como un calambre que le sube desde los pies, como algo que la va a romper en pedazos.
Llega.
Grita. Aprieta los muslos. Se arquea hacia atrás, los pechos apuntando al techo, la boca abierta, los ojos cerrados. Las paredes de su sexo se contraen alrededor del miembro de él, y él siente esa presión, esa humedad, esa carne viva apretándolo.
Él también se viene.
Aprieta las nalgas de ella con las dos manos, la clava contra él, entierra el miembro hasta el fondo, y se vacía dentro de ella. Una vez, dos, tres. Siente cómo ella sigue contrayéndose, cómo lo exprime, cómo lo bebe.
Se quedan así un minuto. O dos. O una hora.
El silencio de la habitación está lleno de respiraciones húmedas y el olor a sexo.
Ella se separa primero.
Se levanta de la cama, desnuda, con las piernas temblorosas. El pelo revuelto, los labios hinchados, los pezones aún duros. Camina hacia la puerta sin mirar atrás. En el umbral, se detiene.
—Me voy a preparar la cena —dice, y su voz es normal, como si no acabara de coger con su propio hijo—. Nos tenemos que alimentar bien.
Y sale.
Alessandro se queda desnudo en la cama de su madre. Mira el techo. Siente el calor de ella todavía en su piel, el sabor de su boca, el olor de su sexo mezclado con el suyo.
Desde la cocina, llega el ruido de las sartenes, el aceite caliente, los condimentos. El olor de la comida empieza a llenar la casa. Carne. Cebolla. Algo dulce también.
Él cierra los ojos.
"¿El postre será ella?"
La pregunta lo atraviesa caliente, y su miembro, apenas dormido, vuelve a despertarse.
Continuara...

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