El Pecado Madre e Hijo — Parte 3 - Leche calentita.
El sábado amanece gris y pesado, como si el aire mismo estuviera avergonzado.
Macarena se levanta temprano, prepara el mate, y se sienta en el patio con la mirada perdida en las macetas. El césped está húmedo, las hormigas caminan en fila sobre el borde de cemento. Ella las mira sin verlas. Su mano derecha, la que anoche estuvo alrededor del miembro de su hijo, todavía le arde. No físicamente. Es otra cosa. Una memoria que se niega a irse.
Alessandro aparece a las diez. Pasa por la cocina, se sirve un vaso de agua, y se va a su habitación sin decir una palabra. No la mira. No se sienta a tomar mate con ella. Solo camina con la cabeza gacha y la puerta se cierra con un clic suave, casi tímido.
Macarena aprienta los labios.
"Esto está mal. Muy mal. Soy su madre."
Pero el recuerdo de su mano alrededor de ese miembro enorme, caliente, latiendo contra su palma, le hace apretar las piernas debajo de la mesa. "Qué hija de puta me hiciste, Dios. Por qué le diste eso a un chico tan frágil."
Alessandro está tirado en la cama, boca arriba, mirando el techo.
El ventilador gira lento, las paletas cortan el aire tibio. Él no puede dejar de pensar en la mano de su madre. En sus dedos largos, en las uñas perfectas, en la forma en que rodeaban su miembro como si hubiera nacido para eso.
"Tengo que irme de esta casa. Tengo que alejarme."
Pero no puede. No quiere. Porque cuando cierra los ojos, vuelve a sentir esa mano, y se le eriza la piel.
Se toca sin querer, y se odia.
"Es tu mamá, enfermo. Es tu mamá y te recontra gusta."
Pasan las horas en silencio.
Macarena limpia la casa. Pasa el trapo por los pisos, sacude los muebles, ordena la alacena. El ruido de sus movimientos llena los ambientes vacíos. Cada tanto se detiene frente al espejo del pasillo, se mira, y se pregunta qué vio él anoche. "Mi cuerpo. Vio mi cuerpo desnudo. Y le gustó. Y a mí me gustó que le gustara."
Alessandro sale de su habitación al mediodía para comer. Se sientan en la misma mesa, frente a frente. El silencio es un muro de vidrio: pueden verse a través de él, pero no atravesarlo.
—¿Dormiste bien? —pregunta ella, por preguntar.
—Sí —responde él, sin levantar la vista del plato.
—¿Tenés hambre?
—Un poco.
Macarena corta un tomate, lo pone en el plato de él. Sus dedos tiemblan apenas. Alessandro toma el cuchillo, y cuando sus manos se rozan, los dos se quedan quietos un segundo. Un segundo eterno. Después él retira la mano como si lo hubieran quemado.
Ninguno dice nada.
El domingo la tensión es distinta.
Sigue siendo incómoda, pero ya no es solo vergüenza. Hay otra cosa. Un hilo caliente que se tensa entre los dos cada vez que se cruzan en el pasillo, cada vez que sus miradas se encuentran por accidente y se separan demasiado rápido.
Macarena está en la cocina, lavando los platos del almuerzo. Tiene puesto un short corto y una remera vieja, sin corpiño. Los pechos se mueven cuando lava, se adivinan bajo la tela fina. Sabe que él la mira desde el living. Lo siente. No se da vuelta.
"No te des más vuelta, Macarena. No le des más cuerda."
Pero se arquea un poco más al agarrar la esponja, y la curva de sus nalgas se marca contra el short.
Alessandro aprieta los puños en el sillón.
"Me está provocando. O no. Estoy loco."
A la tarde, Macarena se va a bañar.
Alessandro escucha el ruido de la puerta del baño al cerrarse. Después el agua corriendo. Después el silencio. Y después, el chorro de la ducha.
Se para frente a la puerta. La mano le tiembla en el picaporte.
"Entrá. Decile cualquier cosa."
No entra.
"Entrá, cobarde. Ella también quiere."
Gira el picaporte.
La puerta se abre sin hacer ruido. El vapor lo envuelve caliente, húmedo, con olor a jabón y a algo más. A ella. La cortina de la ducha está corrida apenas, y él ve su silueta detrás del plástico: los hombros redondos, la cintura, la curva generosa de las nalgas. El agua le corre por el cuerpo y ella se echa la cabeza hacia atrás, el pelo mojado pegándose a la espalda.
—Mamá —dice, y la voz le sale ronca.
Ella se da vuelta. Aparta la cortina.
Lo mira.
Sus ojos verdes brillan bajo el agua. Los pechos le cuelgan pesados, los pezones morenos endurecidos por el frío o por la sorpresa o por las dos cosas. El agua le baja por la panza plana, se pierde en el triángulo rubio, baja por los muslos torneados.
—¿Qué pasó, amor? —pregunta, y su voz es tranquila, como si fuera normal que él entre al baño mientras ella se baña.
—Me voy a la casa de un amigo —dice él, y las palabras salen apuradas, como si las hubiera ensayado—. Me tengo que bañar antes, para no perder tiempo. ¿Me puedo bañar con vos?
El silencio se estira.
Macarena lo mira. Sus ojos recorren el cuerpo flaco de su hijo, los hombros caídos, los brazos delgados, la remera que le queda grande. Pero también mira sus ojos grises, oscuros, llenos de un deseo que él no puede disimular.
"Es mentira. No va a la casa de ningún amigo. Solo me quiere ver desnuda."
Sonríe.
—Claro, amor. Entrá.
Alessandro se saca la ropa con manos temblorosas.
La remera, los pantalones, el boxer. Queda desnudo frente a ella, y siente vergüenza de su cuerpo flaco, de sus piernas de alambre, de sus costillas que se marcan bajo la piel. Pero ella no está mirando eso.
Ella está mirando su miembro.
Aunque está dormido, ya se adivina grande. La cabeza rosada asoma entre el vello oscuro, el cuerpo descansa pesado sobre los testículos. Macarena lo mira y siente un nudo en la garganta.
"Es enorme. Y está dormido."
—Pasá —dice, y se corre para hacerle lugar bajo el agua.
El espacio de la ducha es chico. Los cuerpos se rozan inevitablemente. El hombro de él contra el brazo de ella. La cadera de ella contra la cadera de él. La piel mojada, resbalosa.
Alessandro siente los pechos de su madre aplastados contra su costado. Están calientes, suaves, enormes. Cada vez que ella respira, se mueven. Él baja la mirada y ve los pezones morenos, erectos, a centímetros de su boca.
"Bajá la cabeza. Chupárselos."
No se atreve.
Pero su cuerpo no le obedece del todo. El miembro comienza a despertarse. Crece, se estira, se pone duro contra el muslo de ella. Macarena lo siente. Ese calor, esa presión, esa longitud que ya conoce pero que ahora, bajo el agua, se siente aún más obscena.
—Dame el jabón —dice ella, para decir algo.
Él se lo pasa. Sus dedos se tocan. Ambos sienten electricidad.
Ella comienza a enjabonarse los brazos. Después los hombros. Después, muy despacio, los pechos. Pasa las manos por la curva generosa, aprieta suavemente, deja que la espuma blanca resbale por sus pezones. Él la mira sin disimulo ahora. Ya no puede disimular nada.
—¿Te lavo la espalda? —pregunta él, y la voz se le quiebra.
—Sí —dice ella, y se da vuelta.
La espalda de Macarena es ancha y suave, la columna marcada bajo la piel, los omóplatos moviéndose cuando ella se apoya en la pared. Alessandro toma el jabón y comienza a frotar. Despacio. En círculos. Siente los músculos de ella tensarse bajo sus dedos, el calor de su piel, el temblor apenas perceptible.
Baja hasta la cintura. Hasta el comienzo de las nalgas. Sus manos tiemblan.
—Más abajo —susurra ella.
Él obedece.
Las nalgas de Macarena son redondas, duras, perfectas. Sus manos las recorren, las aprietan, las separan apenas. El agua resbala entre los pliegues, y él ve la sombra más oscura, el lugar donde no se atreve a mirar pero no puede evitar.
—Ahora vos —dice ella, y se da vuelta—. Te lavo yo.
Toma el jabón. Sus manos empiezan en los hombros flacos de él, bajan por el pecho sin músculo, por las costillas marcadas. Llegan al vientre. Y después, sin preguntar, bajan más.
Sus dedos rodean el miembro.
Lo enjabonan despacio. La cabeza, el cuerpo, la base. Los testículos, grandes, pesados. Ella los masajea suavemente, sintiendo su textura, su calor. El miembro se pone completamente duro, enorme, apuntando hacia el techo de la ducha.
—Mamá... —susurra él, y cierra los ojos.
—Shh —dice ella—. Dejá.
Sigue moviendo las manos. Arriba y abajo. El jabón hace que todo sea resbaloso, obsceno. El ruido de su mano moviéndose sobre él se mezcla con el agua. La respiración de ambos se acelera.
Alessandro abre los ojos. La mira. El agua le corre por la cara, por los anteojos empañados que no se sacó. La ve a ella, su madre, con la cabeza gacha, concentrada en su miembro, moviendo las manos como si fuera lo más natural del mundo.
"Me está masturbando. Otra vez."
Macarena levanta la vista. Sus ojos verdes se encuentran con los grises de él. Hay algo nuevo ahí. Algo que ya no es solo deseo. Es reconocimiento. "Los dos queremos esto. Los dos lo venimos queriendo hace mucho."
Pero el agua se está enfriando. Macarena cierra la ducha.
Salen.
Afuera, el aire frío del baño les eriza la piel. Alessandro está empapado, temblando, y su miembro sigue erecto, enorme, apuntando hacia ella como un acusador.
Macarena lo mira.
"Mide más de veinticinco centímetros."
Y sin pensar, sin permitirse pensar, se arrodilla.
El piso frío del baño le quema las rodillas. Alessandro abre los ojos como platos, no entiende, no puede creer.
—Así no podes andar por la calle —dice ella, y su voz es grave, ronca—. Vamos a solucionar esto.
Lo toma con la boca.
La cabeza entra apenas, es enorme, le llena la boca entera. Ella cierra los labios alrededor, pasa la lengua por la punta, saborea la piel caliente, limpia, con un gusto ligeramente salado. "Sabroso. Mi hijo sabe sabroso."
Alessandro apoya las manos en la pared, las piernas le tiemblan. No puede creer lo que está pasando. Su madre, de rodillas, con su miembro en la boca. La lengua de ella moviéndose, rodeando la cabeza, bajando por el costado, subiendo otra vez.
Macarena se lo traga más. Siente cómo le llena la garganta, cómo la hace ahogar apenas. Los ojos se le llenan de lágrimas, pero no se aparta. Sigue moviendo la cabeza, arriba y abajo, mientras su mano masajea los testículos, grandes, pesados.
"Mide más de veinticinco centímetros. Es enorme. Es una locura."
Alessandro no dura ni un minuto.
—Mamá, voy a... —alcanza a decir, y ya se está viniendo.
El chorro caliente le llena la boca a Macarena. Ella traga, sigue tragando, siente cómo él tiembla entero, cómo sus manos se aferran a la pared para no caerse. Cuando termina, ella se limpia la boca con el dorso de la mano, se levanta despacio.
—Perdón —dice él, con la voz rota—. Perdón, fue muy rápido.
Ella sonríe. Una sonrisa suave, casi tierna.
—Es normal. Nunca te habían hecho algo así, ¿no?
Él niega con la cabeza. Rápido.
—No.
Un silencio. Después, más bajito, casi un susurro:
—Ninguna chica saldría con alguien como yo.
Macarena lo mira. Su hijo flaco, torpe, con los anteojos empañados y el pelo chorreando. Y después baja la mirada a su miembro, que aunque ya se está ablandando, sigue siendo enorme.
—Muchas mujeres buscamos hombres buenos —dice ella, y su voz es grave, segura—. Y si vienen con este regalito, mejor.
Agarra el miembro de él con la mano. Lo aprieta suavemente. Y después, muy despacio, pasa la lengua por la cabeza, un lengüetazo largo, lento, obsceno, para que él entienda. Para que sepa que su tamaño no es normal. Que es especial. Que es un regalo.
Alessandro contiene la respiración.
Los ojos de ella son dos brasas verdes. Los de él, dos pozos grises llenos de deseo y de miedo y de algo que todavía no sabe nombrar.
El celular de Macarena vibra en la sobre su ropa sucia.
Ella se seca las manos, lo agarra. Mensaje de Lucio.
"En una hora te espero. Si no llegas a tiempo ya sabes lo que pasa."
Un mapa. Una ubicación.
Macarena siente el estómago apretarse. Mira a Alessandro, que se está vistiendo en el baño, que aún no sabe. "Tengo que ir. Si no voy, vuelven a joderlo."
—Amor —dice, y su voz es normal, casual—. Tengo que salir un rato. Un mandado. Vos quédate tranquilo.
Ya vestido, los anteojos puestos.
—¿Ahora?
—Sí, ahora. Vuelvo en un toque.
—¿A dónde vas? —pregunta él, y hay algo en su voz. Algo que ella no quiere escuchar.
—A lo de una amiga. Nada importante.
Miente. Los dos lo saben.
El callejón está a quince minutos en auto. Es angosto, mal iluminado, huele a orín y a humedad. Macarena estaciona en la esquina, baja, camina con pasos firmes, aunque las piernas le tiemblan.
Ellos ya están ahí.
Lucio, apoyado contra la pared, con los brazos cruzados. Sus tres amigos: el flaco del celular, un gordito de cara redonda, y otro alto, flaco, con la piel llena de granos. Los cuatro la miran llegar como si fuera un plato de comida.
—Hola, petera —dice Lucio, y sonríe.
Macarena no contesta.
—Venís justo —sigue él, y se baja el cierre del pantalón. Saca el miembro, ya semiduro—. Chupá.
Ella se arrodilla.
El asfalto está áspero, frío. Siente que ya conoce esta posición demasiado bien. Toma el miembro de Lucio con la mano, lo lleva a su boca. Pasa la lengua por la cabeza, despacio, en círculos. Después baja por el costado, recorre toda la longitud. Con la otra mano masajea los testículos, los aprieta suavemente.
Lucio exhala fuerte.
—Así, así me gusta.
Macarena se lo traga entero. No es difícil: él no es grande. "Mi hijo lo tiene mucho más grande", piensa, y la idea la excita de una manera que no debería. Sigue moviendo la cabeza, arriba y abajo, sintiendo cómo él se pone más duro. Baja a los testículos, los chupa uno por uno, los masturba con la boca mientras su mano sigue moviéndose en el miembro.
Lucio la agarra del pelo. Tira fuerte, y ella gime contra la piel. Él empuja, la hace ahogar, mete el miembro hasta el fondo de su garganta. Ella tose, los ojos se le llenan de lágrimas, pero no se aparta.
—Tómatela toda, petera —dice él, y se corre en su garganta.
Macarena traga. El sabor es amargo, caliente. Él sale, ella respira hondo, se limpia la boca con la mano.
Va a levantarse, pero Lucio la agarra del hombro.
—No tan rápido. Vas a dejar con ganas a mis amigos.
Ella mira a los tres. Ya tienen los miembros afuera. El flaco del celular, el gordito, el alto lleno de granos. Tres pares de ojos clavados en ella, tres vergas apuntándole a la cara.
—Vamos, petera —dice el flaco—. Mostrá lo que sabés.
Macarena se arrodilla otra vez.
Primero se acerca al gordito. Su miembro es corto y grueso, casi sin forma. Ella se lo mete en la boca, lo chupa rápido, sin ganas. Él termina a los treinta segundos, con un gemido agudo, y ella escupe en el piso.
El flaco del celular ya está filmando.
—Dale, ahora conmigo —dice.
Macarena se arrastra sobre las rodillas. El de los granos se acerca también, se para al lado. Ahora tiene dos miembros frente a su cara. Uno en cada mano. Los agarra, masturba al flaco mientras chupa al otro. Su boca se mueve rápido, su lengua trabaja, su mano aprieta y afloja al mismo tiempo.
Siente el calor de las miradas. Sabe que la están grabando. Y algo en su vientre se calienta, se enciende, se humedece.
Los dos terminan a la vez. El chorro caliente le cae en la cara, en el escote, en la boca abierta. Ella cierra los ojos y siente cómo se vacían sobre ella, caliente, pegajoso.
Cuando termina, está arrodillada en el asfalto, la cara sucia, el pelo enredado, la ropa manchada.
Lucio la mira y sonríe.
—Sos una artista, petera.
Macarena se levanta despacio. Las rodillas le duelen, la mandíbula le arde, la lengua le pesa. Se limpia la cara con la manga, y se va sin mirar atrás.
Los chicos la saludan entre risas.
—¡Hasta la próxima, petera!
Ella no dice nada. Camina hacia el auto con las piernas temblorosas, sube, enciende el motor. Apoya la cabeza en el volante y cierra los ojos.
"Mi hijo la tiene más grande que ustedes, idiotas."
Lo piensa. La saborea. Y arranca.
Mientras tanto, Alessandro está sentado en su cama, mirando el techo, cuando el celular vibra.
Un mensaje. Video.
Lo abre sin saber qué espera.
La imagen se forma de a poco: un callejón oscuro. Su madre arrodillada. Cuatro hombres a su alrededor. Cuatro miembros entrando en su boca, uno tras otro. En su cara. En su pelo. En sus ojos.
La bronca le sube como un vómito. Aprieta el celular con las dos manos, los nudillos blancos.
"Es mi madre. Es una puta. Es MI madre y es una puta."
Pero el video sigue corriendo. Su madre chupando, tragando, sonriendo apenas entre miembro y miembro. Y él no puede dejar de mirar. Siente el miembro endurecerse otra vez, a pesar de todo, a pesar de la bronca, a pesar del asco.
"¿Querrá chupármelo de vuelta?"
La pregunta lo atraviesa como un cuchillo caliente.
Y mientras escucha el motor del auto de su madre entrando al garaje, mientras escucha sus pasos en el pasillo, mientras escucha cómo ella se mete a la ducha otra vez, con el agua corriendo durante una hora, él sigue mirando el video una y otra y otra vez.
"¿Querrá chupármelo de vuelta?"
Continuara...

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