El Pecado Madre e Hijo — Parte 2 - El borde del abismo
La universidad huele a pizarrón y a lluvia seca. Alessandro camina por el pasillo central con la mochila colgando de un hombro, los anteojos empañándose como siempre, las manos metidas en los bolsillos del pantalón esperando el golpe. Porque siempre hay un golpe. Una palabra. Un empujón disimulado. Algo.
Pero hoy no pasa nada.
Los cuatro están sentados en el mismo banco de siempre, cerca de la puerta de entrada. Lucio lo mira, nada más. Una mirada vacía, sin odio, sin diversión. Como si Alessandro fuera parte del mobiliario. Los otros ni siquiera eso: el flaco, el que siempre grababa, hojea el celular y ni levanta la cabeza.
Alessandro pasa junto a ellos y siente el corazón en la garganta. Sus piernas flacas tiemblan. Pero no dicen nada. No se rien.
"Por qué?" —se pregunta mientras se sienta en el aula, saca la carpeta, mira la pizarra sin verla—. "Por qué de repente me ignoran?"
Y entonces lo recuerda.
El video. El mensaje que le llegó anónimo la noche anterior. La pantalla del celular encendida en la oscuridad de su cuarto. Su madre. Sus labios alrededor de la verga de Lucio. La forma en que movía la cabeza, en que sus dedos masajeaban los testículos, en que sus ojos estaban cerrados pero su boca seguía trabajando como si fuera lo único que supiera hacer.
Alessandro aprieta los puños debajo del banco. Las uñas se clavan en la palma.
"Los odio. Los odio a todos."
Pero el odio se mezcla con algo más. Algo caliente que le sube por la espalda mientras piensa en la lengua de su madre, en sus labios húmedos, en el ruido que hacía al tragar. "La puta que los parió. La puta que me parió a mí."
Se toca la entrepierna sin querer, y se odia más.
Macarena camina por el shopping con las bolsas colgando de los brazos. El aire acondicionado le eriza la piel de los hombros desnudos, y cada tanto algún hombre la mira, y ella lo sabe, y le gusta. Se probó cinco corpiños, tres colas, un vestido que apenas le cubre las nalgas. La vendedora, una chica de veintipico, la miraba con envidia mal disimulada mientras Macarena se retorcía frente al espejo, pasándose la mano por el pelo, arqueando la espalda para ver cómo le quedaba la tela negra ajustada a las curvas.
—¿Le llevo todo? —preguntó la chica, con la voz plana.
—Sí —respondió Macarena, y pagó sin mirar el total.
Ahora, mientras sube al auto y tira las bolsas en el asiento de atrás, piensa en su hijo. En cómo llegó a casa la noche anterior. En el abrazo. En la dureza contra su pierna. En el calor húmedo que sintió después, cuando él ya roncaba y ella seguía despierta, con los ojos abiertos en la oscuridad.
"¿Qué mierda me está pasando?"
El gimnasio está vacío a esta hora. Solo ella y el instructor, un chico de veinticinco que la mira como si fuera un premio. Macarena se sube a la cinta, ajusta la velocidad, y empieza a correr. El movimiento de sus caderas, el rebote de sus pechos bajo la remera ajustada, las gotas de sudor que le bajan por el cuello.
Siente la mirada del instructor clavada en sus nalgas.
Le gusta.
Termina la rutina, se estira despacio, arquea la espalda hasta tocar el piso con las manos, mostrando la curva de la columna, la tensión de los músculos de las piernas. Cuando se va, el instructor le dice — hasta mañana — con una voz que tiembla un poquito.
Ella sonríe y no contesta.
Llega a casa y la señora que limpia está terminando de pasar el trapo por el comedor. Es una mujer mayor, callada, que trabaja para ella desde que Alessandro era chico. Nunca pregunta nada. Nunca mira de más.
—Hasta el lunes, señora —dice, y se va.
Macarena se queda sola. Abre las bolsas de la ropa sobre la cama y empieza a sacar las prendas una por una. Un corpiño de encaje negro, casi transparente. Una tanga de hilo dental, color borgoña. Un vestido cortísimo que parece más una servilleta que otra cosa. Un conjunto de lycra para el gimnasio que le marca hasta los pliegues más íntimos.
Las mira extendidas sobre la colcha blanca y siente un vacío en el estómago.
"¿Por qué compré cosas tan reveladoras?"
No tiene respuesta. O la tiene, pero no quiere mirarla.
El celular vibra.
Mensaje de Lucio.
"Petera, pásame un video tuyo desnuda, que hoy fuimos muy buenos con tu hijo."
Macarena se queda mirando la pantalla. Sus dedos tiemblan. Piensa en Alessandro, quizás. "Tal vez es verdad. Tal vez lo dejaron tranquilo."
Y aunque una parte de ella sabe que está buscando excusas, que está cruzando una línea que no debería cruzar, sus dedos ya están abriendo la cámara del celular.
"Si mi hijo vuelve igual que siempre, ya no le respondo más. Esta es la última vez."
Se para frente al espejo del placard y se mira. Su cuerpo es una promesa que nunca dejó de cumplir. El cabello rubio oscuro le cae en ondas sobre los hombros, húmedo todavía por el gimnasio. Los ojos verdes, brillantes, la miran desde el reflejo con algo que no es solo sorpresa. Las mejillas le arden.
Se saca la remera.
Los pechos caen suaves, pesados, redondos. La piel blanca, apenas marcada por el sol, se estira sobre la curva generosa. El corpiño deportivo los comprime, y cuando se lo saca, despacio, los pezones se endurecen con el aire frío de la habitación. Son grandes, morenos, erectos.
Se baja el pantalón de gimnasia.
Las piernas son largas, torneadas, el músculo marcado por años de sentadillas. Las nalgas se redondean hacia atrás, duras y suaves al mismo tiempo, la piel suave como manteca. La tanga blanca, empapada en sudor, apenas cubre lo que debería cubrir.
Se queda en ropa interior un segundo. Se mira. Se toca la cadera, sube por el costado del vientre, aprieta suavemente la carne.
"Estás loca, Macarena. Estás completamente loca."
Se saca la tanga.
El vello púbico es rubio, corto, apenas un triángulo sobre la piel blanca. Los labios se entreabren, húmedos, rosados. Se mira entre las piernas y siente un calambre en el vientre.
"Filmá, pelotuda. No pienses."
Apoya el celular sobre la cómoda, ajusta el ángulo para que se la vea entera. Presiona grabar.
Se para frente a la cámara, las manos a los costados. Después sube una al pecho, lo aprieta suavemente, deja que el pulgar roce el pezón. La otra mano baja por el vientre, llega al sexo, abre los labios. Suspira. No es fingido.
Gira, muestra las nalgas. Aprieta los músculos, las hace rebotar. La cámara graba todo, la sombra entre las piernas, la línea de la espalda, la forma en que se muerde el labio.
Termina el video. Lo mira antes de enviarlo: cinco minutos de ella desnuda, tocándose, mostrándose como si fuera una actriz porno.
"Estás enferma."
Lo envía.
—Ahora va a dejar tranquilo a mi hijo —dice en voz alta, para convencerse.
Pero en el fondo sabe que no es verdad.
Se mete a la ducha. El agua caliente le quema la piel, y se restriega con jabón una y otra vez, pero no logra sacarse de encima la sensación de suciedad. Ni el sabor imaginario de la boca de Lucio. Ni la mirada de su propio hijo en la oscuridad.
Alessandro camina de la universidad a la casa. El sol de la tarde le pega en la nuca y siente que la cabeza le va a explotar. No por el calor. Por los pensamientos.
No puede dejar de pensar en su madre.
En sus pechos. En sus nalgas. En la forma en que se movía en el video mientras Lucio la agarraba del pelo.
"Es una puta. Es mi madre y es una puta."
El celular vibra.
Lucio.
"Tu mamá está más buena de lo que pensaba."
Y un video.
Alessandro se mete en un portal, apoya la espalda contra la pared, abre el mensaje con dedos que no le responden. El video empieza a cargar. La imagen se forma de a poco: una habitación, un espejo, una mujer desnuda.
Su madre.
Se toca. Se aprieta los pechos. Se abre los labios con los dedos.
Alessandro siente que se va a desmayar. La bronca le sube por el pecho como un vómito. "Cómo se atreve. Cómo se atreve a hacerle caso a ese hijo de puta."
Pero la bronca se mezcla con otra cosa. Algo que le retuerce las tripas y se le instala en la entrepierna. Mira el video una vez, dos, tres. La cara de su madre, los labios entreabiertos, los ojos clavados en la cámara como si lo miraran a él.
"Mamá..."
Se guarda el celular y sigue caminando. Las piernas le tiemblan. Los pensamientos son un enjambre de avispas picándole el cerebro desde adentro.
Cuando llega a la casa, Macarena está en la cocina.
Y está más sensual que nunca.
Se puso el vestido corto negro que compró esa tarde, el que apenas le cubre las nalgas. El escote deja ver la curva de los pechos, la sombra del canalillo. El pelo le cae húmedo sobre los hombros, y sus piernas están desnudas, brillantes por la crema que se acaba de poner.
Alessandro se queda parado en la puerta de la cocina, la mochila todavía colgando, la boca seca.
—Hola, amor —dice ella, y su sonrisa es diferente. Más suelta. Menos madre—. ¿Cómo te fue?
—Bien —miente él—. No me molestaron.
Los ojos de ella se iluminan.
—¿Viste? Te dije que algún iban a dejar.
—Sí —dice él, y baja la mirada. No puede mirarla a los ojos. Si la mira, va a pensar en el video. En la forma en que se tocaba frente al espejo.
—¿Todo bien, Ale? —pregunta ella, y su voz tiene algo nuevo. Algo que no sabe nombrar.
—Todo bien —miente otra vez.
Cenan en la mesa del comedor, frente a frente. Macarena ha cocinado pasta, una salsa roja que mancha los labios. Alessandro la mira mientras come, y cada vez que ella se lleva el tenedor a la boca, él piensa en otra cosa que podría estar entrando ahí.
El silencio es incómodo. Pero no del todo. Es un silencio caliente, eléctrico, como antes de una tormenta.
—¿Vamos a pedir helado? —pregunta él, para decir algo.
—Uf, hace demasiado calor —dice ella. Y después, sin pensarlo—. "O no. Quizás sí lo pensó."
Se levanta, agarra el borde del vestido, y se lo saca por la cabeza.
Queda en corpiño.
Uno de los nuevos. El de encaje negro, casi transparente. Los pechos se adivinan detrás de la tela, los pezones apenas sombras. La piel blanca de la panza, las caderas anchas, el ombligo perforado por un pequeño aro de plata.
—¿Te molesta? —pregunta, y su sonrisa es inocente, pero sus ojos no.
Alessandro traga saliva. No puede dejar de mirarla. Recorre con la mirada sus hombros desnudos, el comienzo de los pechos, la línea del corpiño marcando cada curva. Siente el miembro endurecerse contra el pantalón.
—No —dice, y su voz es un hilo—. No me molesta.
Ella sonríe más ancho. "Me gusta que me mire. Me encanta."
Piden el helado. Lo comen en la mesa, ella en corpiño, él con la mirada clavada en sus pechos. No hablan de nada importante. Hablan del clima, de la universidad, de una vecina que se mudó. Pero las palabras flotan en el aire como hojas muertas, sin peso, sin importancia.
Lo único que importa es lo que no dicen.
Llega la hora de acostarse.
Macarena está en el living, acomodando unos almohadones, y Alessandro pasa por su lado camino al baño. Ella lo mira. La espalda flaca, los hombros caídos, los brazos delgados asomando por la manga de la remera. Pero en sus ojos hay algo nuevo. Algo que ella ya vio antes.
—¿Vas a dormir esta noche con tu mamá? —pregunta, y la voz le sale casual, como si fuera la pregunta más normal del mundo.
Alessandro se da vuelta. La mira. Sus ojos grises están oscuros, brillantes, como espejos empañados por la respiración.
—Sí —dice, sin dudar—. ¿O te molesta?
Macarena sonríe. Una sonrisa lenta, cómplice.
—No me molesta.
Alessandro entra primero a la habitación.
La oscuridad lo envuelve como una mano tibia. Se saca los anteojos, los apoya en la mesa de luz. La remera, la deja caer al piso. Después los pantalones. Se queda solo con el boxer, y siente vergüenza de su cuerpo flaco, de sus piernas de alambre, de sus brazos sin músculo. Pero la vergüenza no es más fuerte que el deseo.
Se mete en la cama, de costado, mirando hacia la pared. El corazón le late tan fuerte que cree que ella lo va a escuchar desde el baño.
Macarena tarda.
Se mira al espejo del baño, las manos apoyadas en el lavatorio. Su reflejo le devuelve los ojos verdes brillantes, las mejillas encendidas, los labios entreabiertos. Está excitada. Lo sabe por el calor entre las piernas, por la forma en que sus pezones se endurecen apenas el aire los roza.
"¿Qué estás haciendo?" —se pregunta—. "Es tu hijo."
Pero no se detiene.
Se saca el corpiño de encaje. Los pechos caen libres, pesados. Se toca un pezón y siente un calambre. "Estás perdiendo el control, Macarena. Y te encanta."
Baja la mirada. Se saca la tanga que aún lleva puesta, la que compró esa tarde, la color borgoña. El vello rubio brilla bajo la luz del baño. Se toca, apenas, un dedo que recorre el borde húmedo.
"Basta."
Apaga la luz.
Sale del baño desnuda. Atraviesa el pasillo en penumbras, entra a la habitación, y siente la mirada de él aunque no pueda verla. Se acerca a la cama, se mete despacio debajo de las sábanas. Su piel roza la de él.
—Buenas noches —susurra, y le da un beso en la mejilla.
Después apaga la luz de la mesa de noche.
Quedan abrazados. Él de espaldas a ella, ella pegada a su espalda, un brazo rodeándole la cintura flaca. La respiración de ambos es rápida, irregular. El silencio es tan denso que se puede cortar.
Alessandro siente el cuerpo caliente de su madre contra él. Los pechos aplastados contra su espalda. La cadera encajada en sus nalgas. La pierna de ella entre sus piernas.
Y no puede evitarlo.
Despacio, muy despacio, mete la mano dentro del boxer. Saca el miembro. Empieza a masturbarse con movimientos lentos, apenas un roce de dedos, un suspiro contenido. Cierra los ojos y piensa en el video. Piensa en su madre de rodillas. Piensa en sus labios alrededor de otro.
Macarena siente el movimiento.
Al principio no entiende. Después sí. El leve vaivén de la cadera de él, el ritmo contenido, la respiración que se acelera. "Se está masturbando. Mi hijo se está masturbando al lado mío."
Debería apartarse. Debería decir algo. Enojarse. Salir corriendo.
Pero su mano, como si tuviera vida propia, baja por el vientre de él, se mete en el boxer, y encuentra el miembro.
Lo agarra.
Es ancho. Largo. Mucho más grande de lo que imaginaba. La piel caliente, la vena principal marcada bajo los dedos. La cabeza húmeda. Ella cierra la mano alrededor y siente que no puede rodearlo del todo.
"Santo Dios."
El cuerpo de él es frágil, flaco, casi de niño. Pero eso, eso es de hombre. Un hombre bien dotado.
Alessandro deja de moverse. Contiene la respiración. No sabe qué hacer, no sabe qué decir. Pero ella empieza a mover la mano.
Despacio. Arriba y abajo. Los dedos rodeando la cabeza, apretando un poco, sintiendo cómo él se estremece.
El silencio los envuelve a los dos. Solo se escucha la respiración, cada vez más rápida, y el ruido húmedo de la mano de ella moviéndose sobre él. Alessandro entierra la cara en la almohada para no gemir. Macarena aprieta los muslos, siente su propia humedad, su propia excitación creciendo como una fiebre.
"Es mi hijo. Es mi hijo y lo estoy masturbando."
La mano sigue moviéndose. El miembro se pone más duro, más grande. Ella siente cómo late contra su palma, cómo pide terminar.
—Mamá... —susurra él, y la voz se le rompe.
Ella no contesta. Solo mueve la mano más rápido, un poco más fuerte, apretando la base y subiendo hasta la cabeza, otra vez, otra vez.
Alessandro se corre.
El chorro caliente le moja los dedos, la muñeca, la sábana. Él tiembla entero, un espasmo largo que sacude su cuerpo flaco. Ella sigue moviendo la mano, despacio ahora, acompañando el final, sintiendo cómo se vacía entre sus dedos.
Después se queda quieta.
Ambos jadean en la oscuridad. La mano de ella sigue alrededor de él, húmeda, pegajosa. El silencio es absoluto. Ni una palabra. Ni un movimiento.
Pero ninguno de los dos puede dormir.
Ninguno habla. Ninguno se mueve.
Saben que algo oscuro despertó en ellos.
Y esa oscuridad se siente deliciosa.
Continuara...

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