Alumna Sumisa y Profesor Mayor - Parte 3
La espera se le hizo eterna, una agonía de horas que se estiraban como chicle. Amber había terminado el nuevo poema la misma tarde en que había huido de la casa de Elvis, con la sensación de sus jugos secándose en sus muslos y el eco de sus propias palabras soeces aún resonando en sus oídos. Lo había escrito en un estado de trance, una catarsis de papel y tinta donde había volcado sin filtros la crudeza de la penetración, la vergüenza transformada en placer, la sensación de ser un objeto usado y, sin embargo, gloriosamente vivo. Pero luego, el silencio. Elvis no le había contestado nada. No un mensaje, no una llamada. La incertidumbre se instaló en su pecho como un pájaro negro y pesado.
Los dos días siguientes fueron un suplicio de dudas que carcomían su ya frágil estabilidad. "¿Se olvidó de mí?", era la pregunta más inocente, la que menos dolía. La más insidiosa, la que le taladraba el cerebro en la oscuridad de la noche, era: "¿Solo buscaba sexo? ¿Soy tan tonta que creí que había algo más?" Se miraba al espejo, a su rostro delicado y a su cuerpo que ahora sentía mancillado y, al mismo tiempo, más poderoso que nunca, y no se reconocía. La joven que escribía historias de amor se había convertido en una mujer que escribía versos sobre sumisión y lujuria, y cuyo único lector parecía haberla descartado después de tomarla. La confusión era un nudo en la garganta; la excitación que sentía al recordar, una traición de su propio cuerpo.
Hasta que, en la tarde del segundo día, el teléfono vibró con la fuerza de un latigazo. Su corazón se detuvo y luego se disparó. Las manos le temblaron al desbloquear la pantalla. El mensaje de Elvis era breve, como siempre, pero esta vez su contenido le heló la sangre y le encendió el vientre al mismo tiempo: "Mañana a la tarde te espero en la plaza enfrente a mi casa, vestida con falda y un top que te marque los pezones y claro el poema nuevo terminado."
La lectura fue un torbellino de emociones contradictorias. Primero, un alivio agudo, casi vertiginoso: no se había olvidado de ella. Su existencia aún importaba en el peculiar universo de aquel hombre. Pero inmediatamente después, el miedo, un miedo frío y racional, se apoderó de ella. La plaza. Un lugar público, abierto, lleno de gente, de familias, de niños jugando, de ancianos paseando. Y la orden sobre su vestimenta era, si cabía, aún más provocativa y humillante. Un top que marcara sus pezones. Era una exposición deliberada, una ordinariez que la convertiría en el centro de todas las miradas, en el objeto de lascivia y de juicio de desconocidos. "¿Qué tendrá pensado?", se preguntó, con un escalofrío que recorrió su columna vertebral. ¿Quería exhibirla? ¿Quería poner a prueba sus límites de una manera aún más cruel y pública?
La mañana de la cita, Amber se movió por su departamento como un espectro. La ansiedad le había quitado el apetito y el sueño. Cuando llegó el momento de prepararse, se paró frente a su guardarropa con una sensación de irrealidad. Obedeció, como sabía que haría, porque su cuerpo, ahora adicto a las sensaciones que solo Elvis podía proporcionarle, se lo exigía. Con movimientos lentos, casi rituales, eligió una falda de mezclilla, no demasiado corta, pero lo suficiente como para que, al sentarse, mostrara un peligroso tramo de sus muslos. Luego, llegó el turno del top. Era una prenda mínima, de un color piel, de un tejido tan fino y ajustado que, efectivamente, se convertía en una segunda piel que no solo marcaba, sino que delineaba con obscena claridad la forma redonda y firme de sus pechos y la erecta protuberancia de sus pezones. Al ponérselo, sintió el aire rozando directamente los botones sensibles a través de la tela, un recordatorio constante de su propia indecencia. No se puso sostén, por supuesto. Tampoco ropa interior. La orden había sido clara, y ella, la alumna obediente, no se atrevía a desviarse ni en un detalle. Al mirarse al espejo, vio a una extraña. Una chica con cara de ángel y cuerpo de pecado, vestida para ser mirada, para ser deseada, para ser juzgada. Un rubor de vergüenza le quemó las mejillas, pero debajo de ella, una excitación húmeda y punzante comenzaba a crecer.
Agarro el poema, doblado con pulcritud, y salió de su casa. La caminata hasta la plaza fue una tortura exquisita. Cada brisa que soplaba le parecía acariciar sus pezones a través del top delgado, haciéndoselos endurecer aún más, si cabía. Sentía las miradas de la gente como agujas en la piel. Los hombres la observaban con una sonrisa lasciva, las mujeres con desaprobación o envidia. Ella bajaba la vista, sintiendo cómo el balanceo de sus caderas, ese movimiento armónico que antes era inconsciente, ahora se sentía calculado, una ofrenda al dios que la esperaba.
La plaza era tranquila, un oasis de árboles y césped rodeado por el murmullo de la ciudad. Y ahí, en un banco de cemento bajo la sombra de un lapacho, estaba él. Elvis. Vestido con sencillez, con un saco ligero y pantalones informales, parecía un respetable jubilado disfrutando de la tarde. Pero sus ojos, esos ojos grises que lo veían todo, la captaron a ella en cuanto apareció en el borde de la plaza. Su mirada no era la de un anciano cualquiera; era la de un depredador que ve llegar a su presa.
Amber se acercó, sintiendo que sus piernas eran de gelatina. Se detuvo frente a él, incapaz de disimular el temblor de sus manos.
—Buenas tardes, profesor —dijo, su voz un hilo de sonido.
—Buenas tardes, Amber —respondió él, sin sonreír. Sus ojos realizaron un descenso lento, obsceno, desde su rostro ruborizado, bajando por el top que dejaba tan poco a la imaginación, hasta la falda que se mecía levemente alrededor de sus muslos. La evaluación fue pública, descarada—. Te ves… aplicada.
Ella sintió que el rubor se extendía por su cuello y pecho. "Dios, me está mirando los pezones aquí, delante de todos", pensó, y una parte de ella quiso huir. Pero otra parte, más honda y más oscura, se estremeció de placer.
—Gracias —musitó, bajando aún más la vista.
—¿Trajiste el poema? —preguntó él, recostándose en el banco con una actitud de propietario.
—Sí, aquí está.
—Bien. Me encanta la poesía al aire libre. Léemelo.
Amber tragó saliva. La orden era clara, pero el escenario era una pesadilla. A su alrededor, la vida de la plaza seguía su curso. Una pareja joven paseaba con un bebé en un cochecito. Un grupo de adolescentes reía y compartía unos mates a unos metros de distancia. Un anciano leía el periódico en otro banco. Y ella, allí de pie, tenía que leer en voz alta un poema que hablaba del placer de ser sometida, de ser penetrada con violencia, de gritar y gemir bajo el dominio de un hombre. El contraste era demencial.
—Pero… aquí… —balbuceó, con una mirada de súplica.
—Aquí —repitió él, con una frialdad que no admitía réplica—. Léelo.
Con dedos que le temblaban, desdobló el papel. Tomó aire, un suspiro tembloroso que no pasó desapercibido para los adolescentes, que lanzaron una mirada curiosa en su dirección. Y entonces, con una voz baja al principio, casi un susurro, comenzó a leer. Las palabras, cargadas de una sensualidad cruda y una sumisión absoluta, sonaron extrañas y fuera de lugar en el aire limpio de la plaza. Hablaban de "la mano que marca el ritmo del gemido", del "vacío que se llena con posesión", de "la vergüenza que se convierte en éxtasis".
Mientras la segunda estrofa salía de sus labios, Elvis, sin alterarse, como si fuera el gesto más natural del mundo, extendió su mano y la posó en su pierna desnuda, justo por encima de la rodilla. El contacto, íntimo y posesivo en medio de la publicidad del lugar, hizo que Amber diera un respingo y tartamudeara.
—Sshh —hizo él, suavemente, mientras su mano comenzaba un lento ascenso por su muslo—. Continúa.
Ella intentó concentrarse, intentó que su voz no delatara el pánico y la excitación que sentía. Pero era imposible. La mano de Elvis, cálida y firme, subía, subía, ignorando por completo el mundo a su alrededor. Cuando llegó a su entrepierna, se detuvo. La palma de su mano se posó sobre el montón de venus, presionando levemente a través de la tela de la falda y la nada que había debajo.
—Siempre estás mojada —murmuró él, en un tono que solo ella podía oír, pero que a ella le sonó como un grito—. Me encanta.
El rostro de Amber se incendió. Estaba segura de que todos en la plaza podían verlo, de que todos sabían lo que estaba pasando. Miró a los adolescentes, que ahora susurraban entre ellos y lanzaban miradas furtivas. "Dios mío, me están viendo. Ven cómo me toca." Quiso apartarse, quiso correr, pero sus pies estaban clavados en el suelo. La humillación era pública, absoluta. Y, para su horror, su cuerpo respondía. La humedad entre sus piernas se intensificó, empapando la tela de su falda bajo la presión de su mano.
Elvis notó su turbación, su vergüenza. Y sonrió, una sonrisa pequeña y triunfal.
—Ya te he dicho —susurró, mientras sus dedos comenzaban un roce circular, lento y deliberado, sobre su clítoris, allí, a la vista de quien quisiera mirar—. Una buena alumna sigue con su tarea sin importar nada. Sigue leyendo, Amber. No dejes que tu cuerpo le gane a tu voz. Deme que podés ser poeta incluso cuando te estoy tocando delante de todo el mundo.
Amber jadeó, un sonido entrecortado que se mezcló con el siguiente verso. Sus ojos se llenaron de lágrimas de vergüenza y de una excitación tan intensa que le dolía. Pero obedeció. Apretó el papel con fuerza, clavó la vista en las palabras que ahora le parecían escritas por otra persona, y continuó leyendo. Su voz era un temblor, un quejido disfrazado de poesía, mientras la mano de su profesor, oculta por la falda, pero no por ello menos evidente, continuaba su trabajo, convirtiendo la plaza soleada en el escenario de su más íntima y pública corrupción.
La voz de Amber se quebró en la última sílaba del poema, un sonido débil que se perdió en el murmullo general de la plaza. El papel, ahora húmedo y arrugado por el sudor de sus manos, le pesaba como un ladrillo. Había logrado terminar, había forzado cada palabra a través de la barrera de su vergüenza y la sensación constante, obscena, de la mano de Elvis sobre su sexo, incluso después de que él la hubiera retirado. El fantasma de su tacto permanecía, una marca de fuego en su piel y en su moral.
Elvis permaneció sentado, impasible, durante unos segundos que a Amber se le antojaron una eternidad. Sus ojos grises, inexpresivos, la escudriñaban como si evaluaran un espécimen raro.
—Me gustó más que el anterior —declaró al fin, su voz serena, pedagógica, como si comentara un ejercicio en clase—. La estructura es más sólida, la imagen de la "puerta forzada que descubre un jardín" es efectiva. Pero —y aquí hizo una pausa dramática, dejando que la palabra se colgara en el aire entre ellos— le falta pasión, Amber. Técnica hay, sí. Pero no se siente la urgencia, el fuego visceral. Se nota que lo escribiste con la mente, no con el cuerpo que temblaba bajo el mío.
Amber bajó la cabeza, la vergüenza quemándole las mejillas. Sabía que tenía razón. Había escrito desde el recuerdo, desde la memoria segura de la sensación, no desde el caos en tiempo real.
Sin mediar más palabras, Elvis se levantó del banco con un movimiento fluido que desmentía su edad. Le tomó del brazo con una firmeza que no admitía resistencia.
—Vení —ordenó, y la guio, no hacia el camino de salida, sino hacia la parte trasera de los arbustos de ligustro que bordeaban un sector más privado de la plaza.
El corazón de Amber se convulsionó en su pecho. "No, por favor, no aquí", pensó, pero sus piernas, traicioneras, la llevaban tras él, obedientes. La maleza era espesa, creando una suerte de cueva verde y semioscura que los ocultaba de la vista directa de la gente, aunque los sonidos, las risas de los adolescentes, el llanto lejano de un niño, seguían perfectamente audibles. Era una intimidad falsa, una ilusión de privacidad que hacía la situación aún más perversa.
Una vez a cubierto, Elvis la soltó y se cruzó de brazos, apoyándose contra el tronco de un árbol.
—Bien —dijo, su voz baja pero cortante como un cuchillo—. Ahora, mastúrbate. Acá, ahora. Y hace lo con la pasión que le faltó a tu poesía. Quiero ver ese fuego del que te hablo. Quiero ver cómo tu cuerpo, cuando no está gobernado por tu mente de escritora, es capaz de sentir de verdad.
La orden fue tan brutal, tan inhumana, que por un segundo Amber solo pudo quedarse mirándolo, boquiabierta. "¿Acá? ¿En la plaza? ¿Con gente alrededor?". El mundo pareció inclinarse. Pero luego, como si un resorte interno se hubiera accionado, sus rodillas cedieron. Se arrodilló en la tierra húmeda, sintiendo la aspereza del suelo a través de la tela fina de su falda. Los arbustos, con sus hojas pequeñas y oscuras, la rodeaban, rozándole los brazos y la espalda, como testigos silenciosos y cómplices. No sabía bien por qué lo hacía. Si era por la orden de Elvis, por esa autoridad que ya había cedido sobre su cuerpo y su voluntad, o si era el morbo mismo, la lujuria prohibida de tocarse en un lugar donde en cualquier momento podía ser descubierta, lo que la llamaba con un canto de sirena irresistible.
Con manos temblorosas, se alzó la falda por encima de las caderas, exponiendo por completo su sexo desnudo al aire fresco de la tarde y a la mirada gélida de su profesor. Sus dedos, al principio tímidos, se posaron sobre su entrepierna. Cerró los ojos, tratando de bloquear el mundo exterior, de concentrarse en las sensaciones. Pero no podía. Cada risa, cada fragmento de conversación que llegaba desde fuera era un latigazo que mezclaba la humillación con una excitación creciente y enfermiza. Comenzó a frotar su clítoris, un movimiento circular y lento al principio, imitando el ritmo que él le había enseñado. Pronto, la necesidad se apoderó de ella. Su respiración se volvió entrecortada, jadeante. Su otra mano se aferró a la tierra, hundiendo los dedos en la tierra negra. Se inclinó hacia adelante, arqueando la espalda, permitiendo que sus dedos exploraran más profundamente, hundiéndose en su propia humedad, buscando a tientas replicar la sensación de plenitud que la embestida de Elvis le había provocado. Era un espectáculo solitario y a la vez compartido, una entrega total a la orden y al morbo, allí, arrodillada como una suplicante en el altar de su propia perversión.
Después de un buen rato, cuando los gemidos ahogados de Amber ya eran constantes y su cuerpo se mecía con un ritmo propio, Elvis, que la había observado con la atención crítica de un director de orquesta, se desabrochó el pantalón. El ruido de la cremallera sonó como un disparo en su burbuja de lujuria. Salió su miembro, erecto y grueso, y se lo mostró.
—Basta —ordenó—. Ahora, chúpame la verga. Y hacelo con la misma pasión. Quiero sentir tu poesía en la garganta.
Amber, con la mente nublada por el calor que le recorría el vientre y el vértigo de la situación, no lo pensó dos veces. Arrastrándose sobre sus rodillas, se acercó a él. Su aliento, caliente y entrecortado, empañó la piel pálida de su glande. Luego, guiada por un instinto que no sabía que tenía, llevó sus labios hacia la punta y se la llevó a la boca. Dio fuertes, profundos chupones, como un bebé sediento, sintiendo el sabor salado y masculino, la textura de la piel tensa bajo su lengua. La mano de Elvis se posó en su nuca, no presionando, sino guiando.
—Así —murmuró él, con un gruñido de aprobación—. Eso es. Tragártela toda, nena. Muéstrame esa boquita de poetisa sumisa.
Amber, estimulada por sus palabras, obedeció. Dejó de lado cualquier inhibición remanente. Abrió la garganta y se lo tragó una y otra vez, sintiendo cómo rozaba el paladar blando, cómo la hacía sentir llena, usada. Su lengua, juguetona, se deslizó hacia abajo, lamiendo y acariciando sus testículos pesados, antes de volver a engullir la longitud de él con una devoción absoluta.
—¿Ves? —dijo Elvis, mientras sus caderas comenzaban un leve movimiento, empujando su miembro más profundamente en su boca—. Esto sí es pasión. Esto no se puede fingir. Tu cuerpo lo entiende, incluso si tu mente todavía lucha. ¿Te gusta ser mi putita literaria, Amber? ¿Mi pequeña musa mamadora?
—S-sí, profesor —logró gorgotear ella alrededor de su miembro, la voz distorsionada, sumisa, entregada—. Me… me encanta.
—Decíme —exigió él, agarrando un mechón de su cabello oscuro y tirando de él suavemente—. Decíme qué sos cuando tenés mi verga en la boca.
—Soy… soy su putita —jadeó ella, liberando su miembro por un instante, un hilo de saliva conectando sus labios con el glande—. Su musa… sucia.
Y volvió a tragárselo, con una urgencia renovada. El miedo a que alguien se asomara y los descubriera, a que una madre o un niño se topara con la escena detrás de los arbustos, era un éxtasis en sí mismo. Cada chupón, cada gemido ahogado, estaba teñido de ese peligro. Y fue ese cóctel de sumisión, lujuria y riesgo latente lo que la llevó al borde. Un orgasmo intenso, silencioso pero devastador, la recorrió mientras su boca seguía trabajando. Su cuerpo se convulsionó en silencio, sus músculos se tensaron y un torrente de placer mudo la sacudió de pies a cabeza, haciendo que sus movimientos se volvieran aún más frenéticos y desesperados.
Sintiendo cómo ella se estremecía, Elvis dejó escapar un gruñido ronco. Agarró su cabeza con ambas manos, hundiendo sus dedos en su cabello azulado, y la empujó con fuerza hacia adelante, impidiendo cualquier retirada.
—¡Tomá! ¡Tómatelo todo, putita! —ordenó, y con unas embestidas finales y profundas, explotó en su garganta.
Amber sintió el líquido caliente y espeso llenando su boca, deslizándose por su garganta. Tragó, tosiendo levemente, sin apartarse, cumpliendo con su función hasta el final. Cuando él se separó, jadeante, ella se quedó allí, de rodillas, con los labios brillantes y la respiración aún entrecortada por los espasmos de su propio orgasmo.
Elvis se arregló el pantalón con movimientos precisos, como si acabara de realizar un trámite burocrático.
—Mañana a la mañana —dijo, su voz recuperando su tono habitual, frío y distante— te espero en casa, temprano. Con un poema nuevo. Será tu última prueba. Veremos si tenés el potencial que creo ver, o si solo sos una nena caliente con suerte.
Y sin mirarla atrás, se dio vuelta y se alejó, mezclándose con la gente de la plaza como un hombre cualquiera.
Amber se quedó arrodillada en la tierra, jadeando, durante lo que pareció una eternidad. El mundo regresó a sus sentidos a cámara lenta. El canto de los pájaros, las risas, el rumor del tráfico. Se puso de pie, tambaleándose, y al salir de detrás de los arbustos, notó de inmediato las miradas. Un grupo de adolescentes, los mismos de antes, la miraban fijamente, susurrando y riéndose entre ellos con complicidad. Una mujer mayor, sentada en un banco cercano, la observaba con una expresión de profunda desaprobación y asco. Amber se llevó instintivamente la mano a la boca, limpiándose los labios con el dorso, y sintió la humedad residual, el sabor salado que aún persistía. Comenzó a caminar, con la vergüenza más grande y abrasadora de su vida pintada en el rostro. Cada paso era un suplicio, cada mirada un juicio. Pero, para completar su condena interior, mientras caminaba con la cabeza gacha, sintió de nuevo, naciendo desde lo más hondo de su vientre, un nuevo y traicionero latido de excitación. Se sentía sucia, degradada, expuesta. Y, en el fondo de esa miseria moral, una parte de ella, la que había escrito el poema, la que había obedecido, la que había gemido, no solo lo aceptaba, sino que lo anhelaba más.
Continuara...

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