Pacto entre Padre e Hija - Parte 4

 



El sonido de la puerta cerrándose detrás de Francisco resonó en el silencio de la casa, marcando el inicio de un nuevo capítulo en su relación prohibida. Jessica permanecía exactamente como había entrado a su casa, desnuda y sumisa, con la cabeza ligeramente inclinada, pero con una sonrisa traviesa que delataba su excitación. Entre sus piernas, la humedad brillaba bajo la luz tenue de la lámpara del recibidor, evidencia física de la humillación y el placer que acababa de experimentar. "Papi no va a dejarme ir tan fácil", pensó, sintiendo cómo el aire frío de la casa hacía erizar su piel, sus pezones endurecidos como pequeñas joyas rosadas. 


Francisco no la decepcionó. Con movimientos seguros y dominantes, cerró la distancia entre ellos en tres pasos largos, sus manos grandes agarrando sus caderas con una fuerza que haría morados al día siguiente. 


—¿Qué tan ansiosa estás, mi niña? —preguntó, su voz un rugido bajo que vibró contra su cuello mientras la levantaba como si pesara nada, depositándola sobre la mesa del comedor con un golpe sordo. 


—Mucho, papi… —susurró ella, arqueándose instintivamente cuando sus dedos se deslizaron entre sus piernas, encontrándola empapada—. Siempre quiero más de ti. 


No hubo preliminares esta vez. Francisco se desabrochó los pantalones con una mano mientras con la otra inmovilizaba a Jessica contra la mesa, sus labios descendiendo para morder el lado sensible de su cuello. Ella gimió, sintiendo cómo sus dientes se clavaban en su piel, marcándola como su posesión. 


—Así me gustas —gruñó él, alineándose con su entrada antes de empujar de una vez, llenándola por completo—. Apretadita y chorreando por mí. 


Jessica gritó, sus uñas arañando la superficie de la mesa cuando Francisco comenzó a moverse con embestidas largas y profundas, cada una diseñada para golpear ese punto interno que la hacía ver estrellas. La mesa crujió bajo su peso combinado, los objetos encima —un jarrón, unos libros— temblaban con cada movimiento. 


—¡Papi, ahí… justo ahí! —suplicó, sus piernas enredándose alrededor de su cintura para atraerlo más cerca. 


Francisco respondió pellizcando uno de sus pezones, haciéndola arquearse aún más. 


—Dime, ¿de quién es este cuerpecito? 


—¡Tuyo, solo tuyo! —gritó ella, perdida en la sensación de ser usada tan descaradamente. 


Justo cuando Jessica creía que no podía aguantar más, Francisco la giró bruscamente, colocándola en cuatro patas sobre la mesa. La nueva posición le permitió penetrarla más profundamente, sus manos agarrando sus caderas con fuerza mientras su ritmo se volvía más frenético. 


—Mírate —ordenó, tirando de su cabello para forzarla a levantar la cabeza hacia el espejo del pasillo—. Mírate cómo me recibes como una putita. 


Jessica obedeció, sus ojos negros encontrando su propio reflejo: rostro enrojecido, labios hinchados por los besos, cuerpo cubierto de sudor y moretones incipientes. "Dios, qué depravada me veo", pensó, pero la imagen solo la excitó más. 


—¡Sí, papi, así! ¡Más duro! —suplicó, empujando sus caderas hacia atrás para encontrarse con sus embestidas. 


Francisco no necesitó que se lo pidieran dos veces. Sus manos se desplazaron hacia sus nalgas, separándolas para penetrarla en un ángulo que la hizo gritar. El sonido de sus pieles chocando llenó la habitación, mezclado con los gemidos cada vez más agudos de Jessica. 


El orgasmo la golpeó como una ola, sacudiendo su cuerpo entero mientras gritaba su nombre una y otra vez. Francisco, sin embargo, no se detuvo. Continuó moviéndose dentro de ella, prolongando su placer hasta que estuvo al borde del llanto por sobreestimulación. 


—¡Mi buena niña! —rugió él cuando finalmente llegó a su climax, sacándose en el último momento para derramarse sobre su espalda y nalgas en gruesas cintas blancas—. Tan perfecta para mí. 


Jessica jadeaba, incapaz de formar palabras coherentes mientras el semen caliente goteaba por su piel. Francisco la observó con una mezcla de adoración y posesión, sus ojos recorriendo cada centímetro de su cuerpo marcado y manchado. 


—Hermosa —murmuró, limpiándola con sus dedos antes de llevárselos a la boca—. Mi obra maestra. 


Jessica, aún temblorosa, solo pudo sonreír con felicidad extasiada. "Soy suya", pensó, "completamente suya". 


Y en ese momento, no deseaba nada más. 


— Ve a bañarte, estas demasiado sucia — Ordeno mientras veía el cuerpo de su hija sudando como una simple mujerzuela. 


El cuerpo de Jessica aún temblaba levemente después de lo ocurrido en la mesa, sus músculos relajados por el placer y la entrega absoluta. Las piernas le flaqueaban al caminar hacia el baño, pero una sonrisa traviesa jugueteaba en sus labios mientras obedecía la orden de su padre. 


—Sí, papi —murmuró, arrastrando las palabras con una dulzura que sabía lo volvía loco. 


El agua caliente comenzó a caer, llenando el baño de vapor antes de que ella se diera cuenta de que no estaba sola. Francisco se encontraba en el marco de la puerta, apoyado con esa actitud dominante que tanto la excitaba, sus ojos oscuros recorriéndola de arriba abajo como si ya la estuviera desnudando con la mirada. 


—Te veré bañar, mi putita —declaró, su voz grave, como si fuera una orden más que una sugerencia. 


Jessica no pudo evitar sonreír, sintiendo cómo el rubor le subía por el cuello. 


—Me encanta que me vea el mejor hombre del mundo —respondió, sosteniendo su mirada, revelando su cuerpo esbelto y moreno bajo la luz dorada del baño. 


Entró bajo el agua con movimientos lentos, sensuales, como si cada gota que resbalaba por su piel fuera un acto deliberado para él. El chorro caliente acarició sus hombros delgados, luego sus pechos pequeños pero perfectos, las gotas atrapándose en sus pezones erectos antes de seguir su camino hacia el vientre plano, donde el agua se mezclaba con los restos de su encuentro anterior. 


Mientras ella se enjabonaba las manos, Francisco comenzó a desvestirse, sin prisas, como si cada prenda que se quitaba fuera un acto ceremonial. Primero la camisa, revelando ese torso marcado que a sus cuarenta años seguía siendo la envidia de hombres más jóvenes. Luego el cinturón, los pantalones, hasta quedar tan desnudo como ella, su erección ya evidente, firme y demandante. 


Jessica lo miró de reojo, sabiendo exactamente lo que estaba haciendo, pero fingiendo concentrarse en lavarse el cabello largo y oscuro que caía sobre sus hombros como una cascada de seda. No se giró cuando sintió sus pasos acercarse, pero su cuerpo reaccionó instantáneamente cuando sus brazos fuertes la rodearon por detrás, sus manos grandes posándose sobre su vientre para atraerla contra él. 


—¿Quién te baña, putita? —preguntó, sus labios rozando la oreja de ella mientras una de sus manos subía para apoderarse de un pecho. 


—Tú, papi… solo tú —respondió Jessica, arqueándose contra él, sintiendo cómo su dureza se clavaba entre sus nalgas. 


—Y ¿quién te posee? 


—Tú… siempre tú. 


Francisco gruñó de aprobación, sus dedos jugueteando con sus pezones antes de tomar la esponja de sus manos. 


—Bien. Ahora calladita y déjame limpiarte. 


Mientras las manos de Francisco recorrían su cuerpo con la esponja, Jessica dejó escapar un suspiro, cerrando los ojos para saborear cada toque. "Esto es una locura", pensó, pero era una locura que ya no podía imaginar vivir sin ella. La manera en que su padre la manejaba, la manera en que la hacía sentir más mujer que cualquier otro hombre… era adictivo. 


Él no se apresuró. Limpió cada centímetro de ella con una meticulosidad que era tanto de dominación como de adoración. Sus hombros, su espalda, sus nalgas pequeñas pero firmes, incluso entre sus piernas, donde sus dedos se detenían el tiempo justo para recordarle quién mandaba. Jessica jadeó, pero no protestó, limitándose a morder su labio cuando la excitación volvió a crecer dentro de ella. 


A cambio, ella también lo lavó, sus manos más pequeñas explorando cada músculo, cada cicatriz, cada parte de él que ahora conocía tan bien. Cuando llegó a su erección, lo hizo lentamente, enjabonándolo con una devoción que hizo que Francisco gruñera. 


—No ahora, mi niña —dijo, apartando su mano con suavidad, pero firmeza—. Solo es para limpiarnos. 


Ella asintió, decepcionada pero obediente. 


Pasaron más de media hora bajo el agua, tocándose, besándose, pero sin cruzar ese último límite. Era un juego de paciencia, de control, y Francisco lo dominaba a la perfección. Cuando finalmente decidió que estaban lo suficientemente limpios, cerró el grifo y tomó una toalla grande y esponjosa. 


—Ven aquí —ordenó, extendiendo los brazos. 


Jessica se acercó, dejando que la envolviera en la toalla como si fuera una niña pequeña, pero la manera en que sus manos la secaban era cualquier cosa menos infantil. Cada pasada de la tela sobre su piel era deliberada, sensual, desde los hombros hasta los muslos, deteniéndose en cada curva como si quisiera memorizarla. 


Cuando terminó, Francisco la miró con esa sonrisa que solo le reservaba a ella, la sonrisa que decía "eres mía en todos los sentidos". 


El vapor del baño aún flotaba en el aire, envolviendo sus cuerpos desnudos en una neblina íntima que parecía aislarlos del mundo exterior. Jessica, arrodillada sobre la alfombrilla suave, alzó la mirada hacia su padre con una mezcla de inocencia y provocación que solo ella podía conjurar. Sus ojos negros, grandes y brillantes, seguían el contorno del miembro erecto de Francisco, que había permanecido firme durante todo el baño, una presencia imposible de ignorar. 


—Papi, no está bien que andes todo duro —murmuró, fingiendo un reproche que sus labios húmedos y entreabiertos delataban como falso. 


Francisco esbozó una media sonrisa, sus dedos enredándose en el cabello oscuro y liso de su hija, tirando con suavidad para que alzara aún más la cara hacia él. 


—Esto lo provocaste vos, mi niña —respondió, su voz un susurro ronco que resonaba en el espacio cerrado del baño—. Y ahora lo vas a solucionar. 


Sin necesidad de más indicaciones, Jessica inclinó la cabeza y acercó sus labios a la punta rosada, ya húmeda de precum. Su lengua asomó primero, un roce tímido que dibujó un círculo alrededor del glande, saboreando el sabor salado que ya le resultaba familiar. "Es de él... solo de él", pensó, sintiendo cómo el simple acto de probarlo encendía algo primitivo en su interior. 


Al principio, sus movimientos fueron lentos, exploratorios. La lengua plana recorrió la vena prominente que recorría el largo del miembro, desde la base hasta la punta, una y otra vez, como si estuviera memorizando cada detalle. Sus labios se cerraron luego alrededor de la cabeza, succionando con ternura mientras sus manos acariciaban los testículos de su padre, sintiendo su peso y calor. 


Pero Francisco no era hombre de paciencia. Con un gruñido bajo, apretó los dedos en su cabello y comenzó a guiarla, estableciendo un ritmo más intenso, más profundo. Jessica dejó escapar un gemido ahogado cuando sintió cómo la empujaba más allá de lo que creía posible, hasta que la punta rozaba la parte posterior de su garganta. Las lágrimas asomaron en las comisuras de sus ojos, pero no se resistió, limitándose a relajar la mandíbula mientras aprendía a respirar por la nariz entre empujones. 


—Así, mi niña... tan buena para papi —murmuró él, observando cómo sus labios se estiraban alrededor de su grosor. 


El sonido de su voz, cargada de aprobación, hizo que Jessica se esforzara aún más. Una mano se deslizó entre sus propias piernas, encontrando el clítoris hinchado casi sin querer. "No puedo evitarlo... me vuelve loca", pensó, frotándose en pequeños círculos al mismo tiempo que seguía el ritmo impuesto por su padre. 


Cuando Francisco finalmente llegó al clímax, fue con un gemido gutural que hizo temblar las paredes del baño. Jessica sintió el primer chorro caliente golpear su paladar y tragó rápidamente, sin perder el contacto visual con esos ojos oscuros que la miraban con una mezcla de posesión y algo más profundo, algo que no se atrevía a nombrar. 


Aún de rodillas, con los labios brillantes y el pecho agitado, Jessica alzó la mirada con una expresión que Francisco no había visto antes. 


—Quiero quedar embarazada —susurró, las palabras saliendo en un aliento—. Quiero criar mis hijos con vos. 


El silencio que siguió fue denso, cargado de posibilidades. Francisco pasó los dedos por su cabello una vez más, esta vez con una ternura que contrastaba con la crudeza de lo que acababan de hacer. 


—Lo pensaré —respondió finalmente, su voz inusualmente suave. 


La ayudó a levantarse, sus cuerpos pegajosos por el vapor y el sudor, pero ninguno hizo ademán de volver a lavarse. En cambio, Francisco tomó otra toalla y la envolvió a ella primero, secando con cuidado las gotas que aún resbalaban por su espalda. 


—Ahora vamos a cenar —dijo, como si no acabaran de cruzar otro límite—. Y luego a dormir. 


Jessica asintió, pero esa noche, por primera vez, no se dirigió a su habitación. Siguió a Francisco hasta su cama, deslizándose bajo las sábanas como si hubiera pertenecido allí siempre. Cuando él la abrazó por detrás, su cuerpo curvado contra el de ella como un eco perfecto, Jessica supo que ninguna otra normalidad volvería. 


Y no quería que volviera. 


Era suya. 


Para siempre. 


 


Continuara... 

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