Alumna Sumisa y Profesor Mayor - Parte 2

 


La quietud de su habitación, que siempre había sido un refugio para la creación, se sentía ahora cargada de un eco perturbador. Amber cerró la puerta de su departamento con un clic suave, como si intentara encerrar fuera el mundo y, de paso, a la mujer que acababa de emerger de la casa de Elvis. El silencio era absoluto, roto solo por el latido acelerado de su propio corazón, un tamborileo insistente que parecía resonar desde el centro mismo de su confusión. Se dejó caer en la silla frente a su escritorio, una madera clara y llena de marcas que atestiguaban años de historias de amor inocentes. Sobre la superficie en blanco, un folleto virgen la esperaba, acusador. La orden de Elvis flotaba en el aire: un poema de lo que acababa de sentir. 


Pero ¿cómo poner en palabras eso? Su mente era un torbellino de sensaciones contradictorias que se negaban a organizarse en versos. La imagen del anciano, de sus manos venecianas y expertas, se superponía a la de sus propios pretendientes, chicos jóvenes, apuestos, de sonrisas fáciles y cuerpos atléticos que nunca, ni en sus fantasías más secretas, habían logrado provocar en ella semejante terremoto. Ella era una chica linda, lo sabía; su rostro delicado y su cuerpo estilizado atraían miradas y suspiros. Había salido con algunos de esos muchachos, había disfrutado de sus besos, de sus caricias torpes y predecibles. Pero lo de hoy… lo de Elvis… era de una naturaleza completamente distinta. Era una transgresión. Un vértigo. Se sentía sucia, mancillada por una lujuria que no entendía, por haber disfrutado del toque autoritario de un hombre que le doblaba la edad. "Esto está mal, esto no debería gustarme", pensaba, y sin embargo, un calor húmedo y vergonzoso persistía en su entrepierna, un recordatorio físico de que, en algún lugar recóndito de su ser, no solo no estaba mal, sino que había sido la experiencia más intensamente placentera de su vida. La excitación y la culpa se enredaban en su pecho como dos serpientes luchando, y de esa lucha nacía una confusión paralizante que le secaba la inspiración. 


Frustrada, apoyó los codos en el escritorio y enterró el rostro en sus manos. Cerró los ojos, y fue un error. Al instante, la memoria, traicionera y vívida, proyectó en la pantalla de sus párpados la escena con una claridad brutal. No eran solo imágenes; era una recreación sensorial completa. Recordó el peso de su cuerpo sobre la pierna firme de Elvis, la textura áspera del pantalón de vestir bajo sus muslos desnudos. Volvió a oír su voz grave, serena, desgranando versos sublimes mientras su mano, con una precisión de cirujano, iniciaba ese juego lento y tortuoso. Recordó el contacto inicial, el roce de sus dedos a través de la tela de su falda, un anuncio de lo que vendría. Y luego, el momento exacto en que la presión se había focalizado, encontrando el núcleo de su sensibilidad a través de las capas de tela. Un gemido leve escapó de sus labios allí, en la soledad de su habitación. La misma humedad que había sentido en la casa de él comenzó a brotar de nuevo, caliente, traicionera. 


Sin siquiera ser plenamente consciente de ello, su propia mano, la derecha, descendió desde su rostro. No fue un movimiento deliberado, sino un acto reflejo, una necesidad física impulsada por el fuego que el recuerdo había avivado. Sus dedos, primero tímidos, luego con más decisión, se posaron sobre el tejido de sus bragas, justo en el lugar donde, horas antes, habían estado los de él. Comenzó a frotar, imitando el movimiento circular, lento al principio, que Elvis le había enseñado. Era como si su cuerpo, independizado de su mente moralizante, supiera exactamente lo que necesitaba para calmar la comezón insoportable que la recorría. La fricción de la tela contra su clítoris, ya sensible e hinchado por la memoria del placer, envió una descarga eléctrica que le hizo arquear la espalda. 


La necesidad de sentir más, de recrear la experiencia con mayor fidelidad, se volvió urgente. Con la mano izquierda, torpemente, sin interrumpir el ritmo cada vez más rápido de su mano derecha, comenzó a desabrochar los botones de su camisa blanca. La tela cedió, exponiendo su piel clara, el suave ascenso de sus pechos, esos membrillos firmes que ahora parecían anhelar un contacto que no llegaba. Se liberó de la prenda y la dejó caer al suelo. El aire fresco de la habitación rozó sus pezones erectos, y el contraste entre esa frescura y el calor que emanaba de su sexo la hizo estremecer. Luego, aun frotándose con desesperación creciente, se puso de pie por un momento, lo justo para desabrochar y empujar hacia abajo la falda gris de pliegues y las bragas empapadas. La tela se enredó un instante en sus tobillos antes de quedar abandonada en un montón desordenado sobre la alfombra. 


Quedó completamente desnuda frente al espejo de su habitación, pero no lo miró. No necesitaba ver la imagen de la joven de ojos gris desorbitados, con el cabello oscuro pegado a su sudorosa frente y el rostro contraído por el placer. Se dejó caer de nuevo en la silla, esta vez con la madera fría en contacto directo con sus nalgas. Abrió las piernas, abandonando toda pretensión de modestia, ofreciéndose a la nada, a la memoria, a la fantasía. Su mano ya no encontraba barreras. Sus dedos, ahora húmedos con su propia excitación, se deslizaron sobre su sexo con una urgencia animal. Ya no era un roce tímido; era una caricia desesperada, un intento de alcanzar de nuevo esa cima a la que él la había lanzado. Los dedos de una mano acariciaban y presionaban su clítoris con un ritmo frenético, mientras los de la otra se hundían en sus labios, explorando la humedad caliente, tratando de replicar la profundidad y la maestría que había experimentado. Jadeaba, su respiración era un jadeo corto y rápido que empañaba el aire tranquilo de la habitación. Los músculos de sus muslos y su abdomen estaban tensos, todo su cuerpo era un arco a punto de dispararse. 


Fue en ese preciso instante, en el clímax de su auto-masturbación solitaria y febril, cuando el teléfono sobre el escritorio emitió su vibración característica. El sonido, agudo e intrusivo, cortó como un cuchillo la atmósfera cargada de lujuria. Su mano se detuvo por una fracción de segundo, un espasmo de interrupción. Pero la necesidad era demasiado grande, el abismo del orgasmo demasiado cercano. Sin dejar de frotarse, con movimientos quizás aún más desesperados, extendió el brazo libre y tomó el teléfono. La pantalla brilló con la notificación. Era él. Elvis. 


Con los dedos resbaladizos y temblorosos, deslizó la pantalla para leer el mensaje. Sus ojos, vidriosos por el placer, se enfocaron con dificultad en las palabras: "Mañana te quiero en mi casa temprano, con el poema listo y vestida con ropa parecida a la de hoy pero sin ropa interior." 


La lectura de esas líneas, frías e imperativas, actuó como un detonante final. La orden de presentarse sin ropa interior, la imagen mental de caminar por la calle, de sentarse otra vez sobre sus piernas, con la falda corta y nada debajo, con su sexo desnudo y expuesto solo para él, fue demasiado poderosa para su ya al límite excitación. Un grito ronco, ahogado, le desgarró la garganta. Su cuerpo se convulsionó violentamente, sus caderas se elevaron de la silla, empujándose contra su propia mano con una fuerza involuntaria. Un orgasmo intenso, cataclísmico, explotó en su interior, mucho más potente que el primero, amplificado por la soledad, la transgresión y la obediencia anticipada. Oleadas sucesivas de placer la sacudieron, dejándola temblorosa, exhausta, con las piernas aún abiertas y el teléfono apretado contra su pecho sudoroso. 


Quedó jadeando, derrumbada sobre el escritorio, su aliento caliente empañando la superficie de madera y el folleto en blanco que había estado esperando. La frente apoyada sobre el papel, los ojos cerrados, sintió cómo los últimos espasmos la abandonaban, dejando a cambio una pesadez plácida y una mente que, por fin, milagrosamente, se despejaba. En la estela física del estallido, en el vacío glorioso que seguía a la tormenta, la confusión se disipó. La culpa y la excitación ya no luchaban; se habían fundido en una sola verdad compleja e incómoda, pero innegable. 


Y fue en ese momento de clara y posorgásmica lucidez, con el mensaje de Elvis aun brillando en su retina y el eco de su propia sumisión resonando en cada fibra de su ser, que la gran idea para el poema surgió. No sería un poema sobre el placer, ni sobre la culpa. Sería sobre la paradoja. Sobre la dualidad. Sobre el vértigo de encontrar la más alta sabiduría en el acto más bajo y prohibido. Sobre cómo los versos más sublimes pueden nacer de los toques más lascivos. Un soneto, quizás, donde el ritmo imitara el vaivén de sus caderas, y las metáforas escondieran la verdad de sus gemidos. Una sonrisa lenta, cargada de una nueva comprensión, se dibujó en sus labios. Ahora sí podía escribir. Porque ahora entendía que la poesía, la verdadera, no habitaba solo en los libros polvorientos, sino también en la humedad entre sus piernas y en la obediencia ciega a un maestro que le enseñaba, con las manos y con las palabras, a desentrañar los misterios de su propio cuerpo. 


La mañana siguiente tenía una luz diferente, más cruda, más reveladora. Amber caminaba hacia la casa de Elvis con un nudo de anticipación y vergüenza que le cerraba la garganta. El poema, cuidadosamente doblado, estaba sudado entre sus dedos, un testimonio de papel de la tormenta que había vivido la noche anterior. Pero era su cuerpo el que realmente contaba la historia. Había obedecido la orden al pie de la letra. Vestía una camisa blanca impecable, similar a la de ayer, y una falda de pliegues, esta vez de un color azul pálido, que le llegaba a unos dedos por encima de la rodilla. Y, debajo, nada. La ausencia de ropa interior era una sensación constante, un recordatorio eléctrico y vulgar con cada paso que daba. La brisa mañanera, que se colaba entre el tejido de la falda, le acariciaba directamente la piel de sus muslos internos y el vello púbico, provocando un cosquilleo que era a la vez delicioso y profundamente perturbador. Sentía cada movimiento de sus caderas con una conciencia agudizada, como si el balanceo discreto pero irresistible de sus nalgas estuviera ahora exagerado, convertido en un anuncio público de su desnudez oculta. "Todos pueden verlo", pensaba, paranoica, aunque la falda, por suerte, era lo suficientemente larga como para disimular el secreto. Pero ella sabía. Y el conocimiento de su propia obediencia, de su propia complicidad en esta humillación anticipada, la excitaba de una manera que ya no podía negar. 


Llegó a la puerta, su corazón martillándole contra las costillas. Tomó aire, un suspiro tembloroso, y tocó el timbre. Esta vez, la puerta se abrió casi de inmediato, como si él hubiera estado esperándola al otro lado, al acecho. Elvis estaba allí, vestido con su habitual pulcritud: un pantalón de vestir gris y una camisa de lino clara. Sus ojos grises, esos escáneres implacables, no la saludaron. Realizaron su ritual de descenso, evaluando la camisa, la falda, y, por un instante que a Amber le pareció una eternidad, se detuvieron en el vuelo de la tela azul, como si sus rayos X pudieran atravesarla y ver la nada que había debajo. Una sonrisa leve, casi un esbozo, jugueteó en sus labios. 


—Pasa —dijo, apartándose para dejarla entrar. 


Amber cruzó el umbral, sintiendo cómo el mundo exterior, con sus reglas y sus apariencias, quedaba sellado fuera. Al entrar en el estudio, se detuvo, desconcertada. La mesa central, que el día anterior había estado repleta de los sagrados libros de poesía, hoy estaba completamente vacía. No había un solo papel, ni un lápiz, ni un volumen a la vista. La superficie de madera pulida reflejaba la luz de la mañana, limpia, desnuda, expectante. Era una tabula rasa aterradora. 


Elvis cerró la puerta con un clic definitivo y se situó en el centro de la habitación, cruzando los brazos. Su mirada era intensa, directa. 


—Lee el poema para mí —ordenó, en un tono alto y claro que no admitía discusión. 


Amber, con los dedos temblorosos, desdobló el papel. Su voz, al comenzar, era un hilo débil, titubeante. Recitó el primer verso, un intento de capturar la paradoja del placer inesperado, la idea de que la dicha puede florecer en los suelos más áridos y prohibidos. Pero Elvis no era un hombre que perdiera el tiempo con preliminares literarios. Mientras la segunda línea salía de sus labios, él se acercó con pasos silenciosos. Sin una palabra, sin pedir permiso, deslizó su mano grande y de venas marcadas por debajo de la falda azul. El contacto fue directo, brutal en su falta de ceremonia. Sus dedos fríos se posaron en la carne caliente de su muslo interno, ascendiendo con una lentitud deliberada hasta encontrar el sexo completamente desnudo y, para horror y excitación de Amber, ya ligeramente húmedo por el trayecto y la expectativa. 


—Bien —murmuró él, su aliento cerca de su oído, mientras sus dedos comenzaban un roce circular y familiar sobre su clítoris—. Me gustan las obedientes. 


Amber tragó saliva. Un jadeo se le escapó, interrumpiendo el tercer verso. Intentó concentrarse, intentó forzar su voz para que continuara el ritmo del poema, pero su mente se estaba nublando rápidamente, inundada por las sensaciones que emanaban de entre sus piernas. La lectura se volvió entrecortada, salpicada de pausas y suspiros. Y entonces, Elvis, con su otra mano, comenzó a desabrocharse el pantalón. El ruido de la cremallera bajando sonó como un disparo en la habitación silenciosa. Amber no pudo evitarlo; sus ojos se desviaron hacia el movimiento, y vio cómo él liberaba su miembro, ya erecto, pálido y grueso, de una madurez que, a ella, en su confusión, le pareció a la vez intimidante y fascinante. 


Él se dio cuenta de su distracción al instante. 


—Las buenas alumnas —dijo, su voz serena pero cargada de una autoridad férrea, mientras sus dedos no cesaban su trabajo— continúan a pesar de todo. No dejes que tu cuerpo traicione a tu voz. Sigue. 


—S… sí, profesor —logró articular Amber, y, con un esfuerzo sobrehumano, clavó la vista en el papel y continuó leyendo. Su voz era ahora un hilillo tembloroso, un susurro cargado de una tensión sexual palpable. Mientras recitaba sobre "los senderos inesperados del gozo", Elvis se puso de pie completamente y se colocó detrás de ella. Sus manos abandonaron momentáneamente su sexo para posarse en sus nalgas, palmeándolas, acariciando su redondez a través de la tela de la falda, apreciando su forma con la actitud de un conocedor que evalúa una pieza de arte. 


Finalmente, con un último y tembloroso verso, Amber terminó de leer. Un silencio espeso llenó la habitación, roto solo por su respiración agitada. 


—No está mal —dijo Elvis, tras una pausa calculada. Su voz era crítica, pedagógica—. Captura la esencia, la sorpresa. Pero le falta fuego, Amber. Le falta la carnalidad del momento. El poema habla del placer, pero no lo es. 


—G… gracias —jadeó ella, sintiendo cómo sus piernas flaqueaban—. Intentaré… mejorar. 


—Yo te ayudaré a inspirarte —afirmó él, y en ese mismo instante, sus manos se cerraron con fuerza sobre sus caderas. Con un movimiento brusco y decisivo, la giró y la empujó hacia la mesa vacía. 


Amber cayó hacia adelante, atrapada por la sorpresa y la fuerza de él. Su torso se aplastó contra la fría superficie de la madera pulida, el poema arrugándose bajo su pecho. Sintió cómo Elvis levantaba su falda azul por detrás, exponiendo por completo sus nalgas pálidas y su sexo desnudo al aire de la habitación y a la mirada lasciva de él. No hubo más advertencias, ni caricias preparatorias. Con una embestida fuerte, brutal en su falta de romanticismo, la penetró. 


Un grito agudo, entre el dolor y el éxtasis, escapó de los labios de Amber. La sensación de ser llenada de golpe, de sentir su cuerpo maduro y grueso abriéndose paso dentro de ella, fue abrumadora. 


—Estás empapada —le escupió él en el oído, con un tono de burla y triunfo—. Tu cuerpo es más honesto que tu poesía, nena. 


Y, para subrayar sus palabras, le propinó una nalgueada seca que resonó en la habitación, haciendo que ella gritara de nuevo, antes de comenzar a moverse con un ritmo potente y sostenido. Las embestidas de Elvis no tenían la delicadeza de sus dedos; eran primarias, animales, destinadas a poseer, a marcar. Y Amber, superada por la situación, por la crudeza del acto y por una excitación que la consumía, se limitó a sentir. Cada embestida que estrellaba sus caderas contra sus nalgas parecía romper algo dentro de ella, no físicamente, sino en su psique. Rompía las doctrinas sociales que le decían que esto estaba mal, que un hombre mayor no debía hacerle esto, que ella no debía disfrutarlo. Con cada gemido que le salía del pecho, se liberaba un poco más de la buena chica que escribía historias de amor inocentes. 


—¿Ves? —jadeaba Elvis, mientras su ritmo no decaía, el ruido húmedo y fuerte del choque de sus cuerpos llenando el espacio—. Esto es poesía. Esto es métrica. El ritmo de mi cuerpo… el tuyo… jadeando… ¿Lo sentís? 


—S… sí… —gemía Amber, incapaz de articular otra cosa, sus manos aferradas al borde de la mesa. 


—Decíme —exigió él, agarrándola del cabello con suavidad, pero con firmeza, tirando de su cabeza hacia atrás—. ¿Qué sentís, poetisa? 


—Siento… siento que me rompés —logró decir, entre jadeos desesperados—. Que me llenás… 


—¿Y te gusta? —preguntó, con una crueldad deliberada—. ¿Te gusta que un viejo te coja sobre la mesa como a una cualquiera? 


—Sí… —su voz fue un susurro avergonzado, pero claro—. Sí, me gusta. 


La confesión, arrancada en el punto más álgido de su sumisión, pareció darle a Elvis un segundo aire. Su resistencia era asombrosa, su energía, la de un hombre que conocía su cuerpo y su poder. El ruido de carne contra carne se aceleró, se volvió más intenso, un tamborileo salvaje que era la banda sonora de la corrupción de Amber. Ella, perdida en la sensación, con la mente en blanco y el cuerpo ardiendo, sintió cómo el orgasmo se acercaba, imparable esta vez, alimentado por la humillación, la crudeza del lenguaje y la fuerza bruta de su posesión. Cuando llegó, fue un cataclismo. Un grito largo y desgarrado que salió de lo más hondo de su ser, mientras su cuerpo se convulsionaba, agarrotándose alrededor de él en una serie de espasmos violentos que parecían no tener fin. 


Solo entonces, sintiendo cómo ella se derrumbaba sobre la mesa, completamente vencida, Elvis permitió que su propio ritmo se volviera errático, hasta que, con un gruñido ronco y profundo, se detuvo, hundiéndose en lo más profundo de ella y liberándose en su interior. Permanecieron así un momento, los dos jadeando, pegados por el sudor, él sobre su espalda. 


Cuando se separó, Amber se giró lentamente, tambaleante, y lo vio mirar con intensidad cómo sus jugos, mezclados con los de él, comenzaban a salir de su interior y a descender por la cara interna de sus muslos. 


—Para mañana —dijo él, arreglándose el pantalón con una tranquilidad obscena—, tráeme un poema describiendo exactamente lo que acabas de sentir. La crudeza. La vergüenza. El placer de ser usada. Ahora, vete. 


Amber, con movimientos de autómata, bajó su falda. No se limpió. Recogió el poema arrugado del suelo y salió de la casa sin mirarlo. La confusión de la vez anterior era nada comparada con la que sentía ahora. Caminó hacia su casa, y con cada paso, sentía el reguero cálido de Elvis chorreando por sus piernas, un recordatorio físico y vergonzante de lo ocurrido. Pero, por alguna razón retorcida, eso no era lo que más le importaba. No era la suciedad física la que la abrasaba, sino la suciedad interior, la certeza de que había algo profundamente dañado y corrupto dentro de ella, y que, para su terror y su fascinación, le gustaba cómo se sentía. Se sentía más sucia por dentro que por fuera, y esa mancha moral, lejos de aterrarla, la excitaba con una intensidad que prometía consumirla por completo. 


Continuara... 

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