Alumna Sumisa y Profesor Mayor - Parte 1

 

El mundo de Amber era uno de palabras cuidadosamente tejidas, donde los corazones palpitaban al ritmo de los encuentros fortuitos y los finales siempre sabían a promesa cumplida. A sus veinte años, ya se sentía una artesana del sentimiento, una arquitecta de cartas de amor ficticias y confesiones susurradas entre personajes de tinta y papel. Pero en la quietud de su habitación, entre montañas de novelas románticas, una inquietud comenzó a germinar. Sus historias, aunque bellas, le parecían de pronto planas, carentes de esa capa de profundidad que transforma lo sentimental en algo trascendente. Fue así como decidió adentrarse en el territorio inexplorado de la poesía, un género que se le antojaba un jardín salvaje y complejo, lleno de veredas secretas y flores de significados múltiples. En el instituto, los pasillos y las aulas susurraban un nombre con una mezcla de reverencia y misterio: Elvis Mostek. Lo llamaban "El Bibliotecario Retirado", un hombre de sesenta años que había custodiado no solo libros, sino el alma misma de la poesía en la Biblioteca Nacional. Se decía, en voz baja, que su conocimiento no era solo académico, sino visceral, que entendía el ritmo de un verso con la misma naturalidad con la que el corazón entiende el latido. Para Amber, obsesionada con perfeccionar su arte, Elvis Mostek se convirtió en el faro inevitable, la única respuesta posible a su sed de aprender. 


La decisión de buscarlo no fue fácil. Implicaba salir de la seguridad de su mundo de prosa y adentrarse en lo desconocido, en la leyenda de un hombre del que solo se tenían referencias veladas. Pero el deseo de ampliar su horizonte fue más fuerte. Se vistió con un simple jean y una blusa de algodón que, sin embargo, no podían ocultar la elegancia natural de su cuerpo estilizado y su rostro de facciones delicadas. Su cabello, largo, liso y de un oscuro azabache, caía como una cascada de seda sobre sus hombros, con un brillo azulado que capturaba la luz de la tarde como si fuera agua bajo la luna. Su piel, de una palidez de porcelana, hacía resaltar aún más sus ojos grandes, de un tono gris cambiante que parecía contener todas las tempestades y todas las calmas, y que miraban el mundo tras unas gafas de marco negro que añadían un aire de seriedad estudiosa a su juventud. Al caminar hacia la dirección que había conseguido con no poco esfuerzo, su figura se movía con una gracia inconsciente. Sus pechos, con la forma y el tamaño perfectos de un membrillo maduro, eran firmes y esculpían una curva bajo la tela que invitaba, de manera casi irresistible, a saborear su prometida dulzura. Y con cada paso, sus nalgas tenían un balanceo discreto pero hipnótico, un movimiento armónico y fluido que no era una exclamación vulgar, sino un subrayado sutil, una letra cursiva en el texto de su feminidad. 


Llegó a una casa de aspecto sólido y tranquilo, con un jardín frontis un tanto descuidado que hablaba de una vida interior más rica que la exterior. Tomó aire, conteniendo el vuelo de mariposas en su estómago, y tocó el timbre. El sonido pareció perderse en las profundidades del hogar. Los minutos se estiraron, pesados, y Amber ya comenzaba a pensar que había sido una idea terrible, cuando por fin se escuchó el ruido de una cerradura y la puerta se abrió lentamente. 


—Buenas tardes —dijo Amber, su voz un poco más temblorosa de lo que hubiera querido. 


El hombre que apareció en el marco de la puerta era alto, con el cabello entrecano peinado con rigor y una postura que aún delataba a un hombre acostumbrado a la solemnidad de las bibliotecas. Sus ojos, de un color gris acero, la recorrieron de arriba abajo con una rapidez que podría haber pasado por una simple evaluación, pero en su profundidad, por un instante brevísimo, Amber creyó captar un destello de algo más intenso, un deseo antiguo y contenido que se encendió y se apagó como una brasa avivada por el viento. Él disimuló al instante, erguiéndose levemente. 


—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarla? —su voz era grave, una voz que parecía haber leído en voz alta durante décadas. 


—Me llamo Amber —comenzó ella, ajustándose inconscientemente las gafas—. Soy escritora, y… he escuchado mucho sobre usted. En el instituto, todos dicen que es el mejor, el que más sabe de poesía. Yo… yo me especializo en historias de amor, en prosa, pero siento que me falta algo. Quiero aprender, quiero que mi horizonte se amplíe. Busco un instructor. 


Elvis Mostek la observó, impasible. Sus manos, largas y con venas marcadas, se aferraron al borde de la puerta. 


—Estoy retirado, jovencita. Hace años que no me dedico a la enseñanza. La poesía… es un arte que exige más que simples ganas. 


—Yo haría cualquier cosa por mejorar —insistió Amber, y notó cómo sus propias palabras sonaban con una intensidad que rozaba la desesperación—. Cualquier cosa. Le aseguro que soy dedicada. 


El bibliotecario guardó silencio. Su mirada se posó en los ojos grises de Amber, luego bajó, casi de manera imperceptible, hacia la curva de sus labios, hacia la línea de su cuello, y más abajo, deteniéndose un segundo en la sugerente forma de membrillo que se insinuaba bajo la blusa. El silencio se cargó de una tensión eléctrica, densa y prometedora. 


—Está bien —concedió al fin, con un tono que no era de entusiasmo, sino de curiosidad—. Pase. Haremos como en los viejos tiempos: hablemos con una taza de té en la mano. Cuénteme más sobre lo que busca. 


La invitó a pasar. La casa olía a papel viejo, a madera encerada y a una soledad elegante. La condujo a un estudio abarrotado de libros, donde dos sillones de cuero desgastado se enfrentaban junto a una chimenea apagada. Mientras Elvis desaparecía hacia la cocina, Amber se sentó, sintiendo el latido de su corazón en las sienes. "¿Qué estoy haciendo aquí? Este hombre… su mirada… no es la de un simple profesor." Observó los lomos de los libros, títulos de autores que reconocía y otros que le eran completamente ajenos. Era el santuario de un conocedor, y ella se sentía una intrusa, pero también una exploradora en el umbral de un nuevo mundo. 


Al rato, Elvis regresó con una bandeja de plata donde humeaban dos tazas de porcelana fina. Colocó una frente a Amber y, al hacerlo, dejó caer sobre su regazo un libro de tapa oscura y ligeramente gastada. 


—Tome —dijo su voz grave. 


Amber tomó el libro y leyó el título. "Delta de Venus". Un rubor instantáneo y cálido le subió desde el cuello hasta las mejillas. Lo conocía, por supuesto. Era una colección de relatos eróticos, sensuales y explícitos, muy lejos de las románticas veladas que ella solía escribir. 


—¿Lo leyó alguna vez? —preguntó Elvis, tomando asiento frente a ella y sorbiendo su té con una calma que contrastaba brutalmente con el torbellino interno de la joven. 


Ella tragó saliva, sintiendo la mirada del hombre clavada en ella, pesada como plomo. 


—Sí —confesó, con una voz que apenas superaba un susurro—. Lo leí. 


El bibliotecario esbozó una sonrisa leve, casi imperceptible, que no llegó a sus ojos. 


—Bien —asintió—. Entonces, ¿lo leería para mí? 


La pregunta flotó en la habitación, cargada de una audacia que dejó a Amber sin aire. "Dios mío. ¿Leer esto? ¿Aquí, frente a él? Es un libro… es…" Miró a Elvis, que la observaba con una paciencia infinita, como un gato ante el agujero de un ratón. "Pero él es el maestro. Él tiene el conocimiento que necesito. Si esto es una prueba, debo pasarla. Si quiere que lea, leeré." 


—Sí —respondió, abriendo el libro con dedos que le temblaban ligeramente—. Lo leeré. 


Y comenzó. Su voz, al principio titubeante, fue ganando fuerza a medida que las palabras, sensuales y gráficas, llenaban la habitación. Leía sobre encuentros carnales, sobre deseos ardientes y caricias prohibidas, mientras el hombre sentado frente a ella escuchaba en silencio, saboreando su té, sus ojos grises fijos en ella, estudiando cada cambio en su expresión, cada rubor que teñía su piel clara, cada pausa ligeramente más larga cuando tropezaba con una descripción particularmente vívida. Amber sentía cada palabra como una caricia física, como si las frases no solo describieran placer, sino que lo estuvieran generando en el aire mismo que respiraban. La taza de té de Elvis se enfrió, olvidada, mientras la voz de la joven tejía un hechizo de deseo contenido. 


Después de lo que pareció una eternidad, de varios relatos leídos con una mezcla de vergüenza y una excitación creciente que no se atrevía a nombrar, Elvis alzó una mano, deteniéndola. 


—Basta —dijo. 


Amber cerró el libro, sintiendo un alivio y una extraña decepción. Respiró hondo, tratando de recuperar la compostura. 


—Te enseñaré todo lo que sé sobre poesía —declaró Elvis, poniendo su taza fría en la mesita—. Cada métrica, cada metáfora, cada secreto para hacer que las palabras no solo signifiquen, sino que sangren y giman. Pero a cambio, harás lo que yo te pida. 


Ella lo miró, sintiendo cómo el pacto se sellaba en el aire. El conocimiento a cambio de la sumisión. No era una propuesta, era un trueque. 


—Gracias —musitó—. ¿Quiere… quiere que le siga leyendo? ¿Eso debo hacer? 


El bibliotecario se inclinó hacia adelante, y su mirada, ahora abiertamente lasciva, recorrió el cuerpo de Amber con una lentitud deliberada, desde sus ojos grises tras las gafas, bajando por el cuello, posándose en la firme curva de sus pechos, descendiendo hasta la cintura y las caderas que se ajustaban al sillón. 


—Esto —dijo, señalando el libro— solo fue una prueba. Una primera lección sobre el poder de la palabra hablada. La próxima vez… te pediré más cositas. 


La palabra "cositas" resonó en la habitación, diminuta y enormemente sugerente. Amber sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral, un miedo agridulce que se mezclaba con una curiosidad profunda y prohibida. Sabía, con una certeza instintiva, que lo que Elvis le ofrecía no era solo poesía, sino una iniciación a un mundo de sensaciones que iba mucho más allá de los libros. Y a pesar del peligro, o quizá precisamente por él, asintió. 


—De acuerdo —dijo, su voz firme por primera vez desde que había entrado—. Acepto. 


Intercambiaron los números de celular, un acto trivial que, en ese contexto, pareció el sellado de un contrato faustiano. Al salir de la casa, la tarde le pareció más brillante, los colores más saturados. Caminó de vuelta a su casa, sintiendo el balanceo discreto de sus caderas con una nueva conciencia, como si cada movimiento fuera ahora parte de un poema que apenas comenzaba, un poema cuyos versos aún no podía leer, pero cuyo ritmo, lento, sensual y peligroso, ya sentía latir en lo más profundo de su ser. El horizonte, sin duda, se había ampliado, pero no solo hacia la poesía, sino hacia un territorio mucho más oscuro, más excitante y mucho más personal. 


A la mañana siguiente el despertar de Amber fue un lento emerger de la inconsciencia, un proceso sensual en sí mismo. Los primeros rayos del sol se filtraban entre las persianas de su habitación, dibujando líneas doradas sobre las sábanas revueltas. Se desperezó con la languidez de un felino, arqueando la espalda de manera que su delgada camiseta de algodón, la única prenda que vestía para dormir, se estiró y ajustó a su torso, delineando con fidelidad escultórica la curva firme y redondeada de sus pechos, esos membrillos maduros que ahora, en la quietud de la mañana, parecían más presentes que nunca. Sus pezones, erectos por el frescor del alba o quizás por los residuos oníricos de su encuentro anterior, rozaban la tela suave, creando un cosquilleo que le recorrió el vientre. Sus manos, pálidas y de dedos largos, se deslizaron por sus propias caderas, sintiendo la suavidad de su piel a través de la tela, un recordatorio tácito y excitante del cuerpo que habitaba. Se incorporó y sus pies descalzos pisaron la fresca madera del piso. Al pasar frente al espejo de cuerpo entero, se detuvo un instante. Su cabello oscuro, con ese brillo azulado que parecía capturar la luz misma, caía en desorden sobre sus hombros, un contraste salvaje contra la palidez de su piel. Sus ojos grises, tras las gafas que aún descansaban en la mesita de luz, tenían una sombra de inquietud, de expectativa. Se miró, realmente se miró, y una parte de ella, la escritora de romances, reconoció el germen de una historia que jamás se habría atrevido a escribir. 


Fue entonces cuando el teléfono, posado en la mesita de luz, emitió un suave vibrador. Un mensaje. Su corazón, que hasta entonces latía con la placidez del sueño, dio un vuelco brusco y potente contra sus costillas. Extendió la mano, con una mezcla de temor y ansiedad, y desbloqueó la pantalla. El remitente era un número no identificado, pero no necesitaba etiqueta para saber quién era. El mensaje de Elvis era escueto, imperativo, como tallado en piedra: "Esta tarde te espero en mi casa. Y quiero que vengas vestida con una camisa blanca ajustada con las mangas cortas y un lazo o corbata negra suelta, acompañada de una falda corta de pliegues grises." 


La lectura de esas palabras fue como una descarga eléctrica. Amber dejó caer el teléfono sobre la cama como si le hubiera quemado los dedos. Un rubor intenso le incendió las mejillas y se extendió por su cuello y pecho. "¿Me está diciendo cómo vestir?" La pregunta retumbó en su mente, cargada de indignación, de sorpresa, pero también de algo más, algo oscuro y húmedo que se agitaba en lo más profundo de su vientre. Su mente, la parte racional que se aferraba a la normalidad, se contradijo ferozmente con el torrente de sensaciones que recorría su cuerpo. Era un atropello, una imposición… pero también era un guion, una dirección clara en el territorio confuso en el que había decidido adentrarse. La orden era específica, casi una coreografía previa al acto principal que, intuía, no sería solo una lección de poesía. Y, para su propio asombro, descubrió que la idea de obedecer, de cumplir con ese rol que él le asignaba, le producía una excitación punzante y vergonzosa. 


Después de un largo momento de lucha interna, donde la escritora que anhelaba conocimiento y la mujer que empezaba a descubrir nuevos placeres se enfrentaron en silencio, Amber se dirigió a su guardarropa. Como le había ordenado Elvis, comenzó a vestirse. Cada prenda fue una capitulación, un acto de sumisión que la excitaba más de lo que estaba dispuesta a admitir. La camisa blanca, ajustada, abrochó con manos temblorosas. La tela, ceñida a su torso, acentuaba cada curva, haciendo que sus pechos se realzaran de una manera que le parecía casi obscena. Luego, el lazo negro, que anudó con una torpeza deliberada alrededor de su cuello, dejándolo suelto como una promesa de desmadejamiento. Por último, la falda gris de pliegues, corta, que le llegaba a mitad de los muslos, y que con cada movimiento susurraba alrededor de sus piernas, exponiendo una longitud de piel que le parecía una invitación y una provocación. Al mirarse al espejo, no se reconoció. Veía a una versión de sí misma, una estudiante perversa, una musa dispuesta a ser moldeada. El rubor no se le iba, era la marca de fuego de su propia complicidad. 


El camino hacia la casa de Elvis fue un trance. Con cada paso, sentía la mirada invisible de los transeúntes sobre sus piernas desnudas, sobre la camisa que parecía a punto de ceder ante la firmeza de sus pechos. El balanceo discreto pero irresistible de sus caderas, ese subrayado sutil de su feminidad, se sentía ahora exagerado, convertido en un anuncio de lo que podría suceder. Llegó a la puerta, tomó aire, y tocó el timbre con un dedo que casi no sentía. 


La puerta se abrió mucho más rápido que la vez anterior. Elvis estaba allí, vestido con un pulcro pantalón de vestir y una camisa abierta en el cuello. Sus ojos grises, afilados y calculadores, no saludaron. En su lugar, realizaron un descenso lento, deliberado, recorriendo cada centímetro de su atuendo, desde el lazo negro que colgaba sobre su pecho, bajando por la camisa ajustada, hasta detenerse en el vuelo corto de la falda gris. La evaluación fue fría, minuciosa, y tan intensa que Amber sintió que la desnudaba allí mismo, en el umbral. 


—Así me gustan las personas obedientes —dijo por fin, con un tono que era una mezcla de aprobación y posesión. 


La hizo pasar. La casa olía igual, a papel y soledad, pero la disposición había cambiado. Sobre la mesa central del estudio, donde el día anterior solo había habido dos tazas de té, ahora se amontonaban pilas de libros y apuntes desbordantes de anotaciones. Era el arsenal de un erudito. 


—Hoy comienzan las lecciones —anunció Elvis, dirigiéndose hacia su amplio sillón de cuero detrás del escritorio. 


Amber lo siguió, pero se detuvo en seco. Solo había una silla. La del escritorio. La suya, el sillón enfrentado, había sido retirado. Una punzada de ansiedad le recorrió el estómago. "¿Dónde me siento? ¿En el piso? ¿De pie?". 


Elvis, sin necesidad de que ella verbalizara la duda, despejó el misterio de inmediato. Se sentó en su silla de respaldo alto y, con una calma que helaba la sangre, se dio unos golpecitos suaves en el muslo. 


—Aquí —dijo, y su voz no dejaba espacio para la interpretación. Era una orden. 


Era obvio, tan obvio que resultaba brutal. Amber sintió que las piernas le flaqueaban. "No puedo. Esto es demasiado. Me voy." Pero sus pies no se movieron. En cambio, con una lentitud que delataba su conflicto interno, se acercó. Acomodó el vuelo de su falda corta, un gesto instintivo de pudor que resultaba inútil y hasta cómico dadas las circunstancias, y luego, conteniendo la respiración, se sentó con sumo cuidado sobre la pierna del hombre. El cuero del pantalón era frío bajo sus muslos desnudos. El peso de su cuerpo, ligero, se apoyó completamente en él. Podía sentir la firmeza de su musculatura a través de la tela, y el calor que empezaba a generarse en el punto de contacto le quemaba la piel. 


Elvis sonrió, una curvatura leve y triunfal de sus labios. Pero, para que la joven no se arrepintiera y huyera, no perdió un instante. Tomó el primer libro de la pila, una antología de poetas simbolistas, y comenzó con la clase. Su voz, grave y segura, llenó la habitación, explicando la musicalidad de Verlaine, el hermetismo de Mallarmé. Y Amber, al principio tensa como un arco, comenzó a relajarse, no porque la situación fuera normal, sino porque la maestría del hombre era hipnótica. A los pocos minutos, se dio cuenta de por qué algunos, en susurros, lo llamaban "el maestro de maestros". Su conocimiento era vasto, un océano de referencias y análisis, pero su forma de explicar era perfecta, clara, iluminadora. Lograba desmenuzar conceptos abstractos y hacerlos palpables. La pelinegra estaba tan absorta, tan embebida en el torrente de sabiduría, que su cuerpo comenzó a ceder, a acomodarse inconscientemente contra el torso de Elvis. 


Y fue en ese estado de atención plena, de entrega intelectual, que nunca notó el momento preciso en que Elvis posó su mano grande, de venas marcadas y nudillos prominentes, sobre su muslo desnudo. El contacto fue inicialmente leve, casi paternal. Pero cuando Amber, sumergida en una explicación sobre las sinestesias en Baudelaire, recién se percató de ello, la mano ya había avanzado. Ya estaba muy cerca de su entrepierna, su calor se filtraba a través de la fina tela de sus bragas. 


"Me quedo quieta o me voy" pensó, un pánico súbito mezclado con una excitación que le secaba la boca. Su cuerpo se tensó de nuevo. 


—Una buena estudiante —dijo Elvis, sin alterar en lo más mínimo el ritmo de su disertación sobre la métrica— sigue estudiando a pesar de todo. 


Casi al instante de pronunciar esa frase, su mano, que reposaba inofensiva, cobró vida. Su dedo índice, con una precisión escalofriante, encontró a través de la tela de la falda y las bragas el pequeño botón de nervios escondido bajo sus pliegues. Y comenzó a jugar. Un roce circular, lento, deliberado, sobre su clítoris. 


Amber sintió que el aire le explotaba en los pulmones. Un jadeo se le escapó. 


—Así… así no puedo concentrarme —logró decir, su voz entrecortada, débil. 


—La poesía —continuó Elvis, como si no la hubiera oído, mientras su dedo no cesaba su danza lenta y tortuosa— no solo se entiende con la mente, Amber. Se siente. Se siente acá —y su otra mano, que hasta entonces había sostenido el libro, se posó, palma abierta, sobre su pecho izquierdo, sobre la camisa blanca, sintiendo el corazón galopante y la firme redondez del membrillo bajo la tela— y se siente acá —recalcó, presionando un poco más con el dedo que masajeaba su clítoris. 


Ella se quedó quieta. Paralizada. No por el miedo, sino por la abrumadora contradicción de sensaciones. La voz culta, el conocimiento sublime que fluía en sus oídos, y al mismo tiempo, la mano experta que desataba un incendio en su sexo. Era una profanación y una consagración al mismo tiempo. Y, para su horror y su éxtasis, le gustaba. Le gustaba que ese anciano, con su autoridad y su saber, la tocara de esa manera. Una humedad cálida comenzó a empapar sus bragas bajo la insistente yunta de sus dedos. 


La "lección" siguió. Elvis hablaba de metáforas y de ritmos, mientras su mano no se detenía. El toqueteo se volvió un masaje constante, un frotar hábil que conocía cada punto, cada latido de su cuerpo joven. Amber respiraba con dificultad, los versos se mezclaban con los suspiros que ya no podía contener. Sus propias caderas, traicioneras, comenzaron a hacer pequeños, casi imperceptibles movimientos, buscando inconscientemente una presión mayor, un contacto más profundo. 


—La… la aliteración en este verso… —jadeó Amber, intentando desesperadamente mantener el hilo, mientras una ola de placer le recorría el vientre. 


—Cállate y siente —ordenó él, su voz ronca cerca de su oído, y aumentó el ritmo de sus dedos. 


Una hora después, la lección no terminaba, pero Amber se encontraba en un estado de éxtasis agónico. Estaba sudando, la camisa blanca se le pegaba a la espalda, y sus jadeos eran ya abiertos, sonoros. El orgasmo se acercaba, un precipicio hacia el que se estaba desplomando sin remedio. Ya no podía pensar en poetas franceses, solo podía sentir la mano de Elvis, su respiración en su nuca, la presión en su pecho. 


—Quiero que acabes —le ordenó Elvis, con la misma autoridad con la que había explicado un soneto minutos antes. 


Fue una orden absoluta, un desencadenante físico. Como si sus palabras hubieran activado algo primitivo en su cuerpo, la joven de veinte años tuvo un orgasmo intenso, brutal. Un grito ahogado le desgarró la garganta mientras su cuerpo se convulsionaba, sus caderas se empujaban contra su mano y una oleada de placer la recorría de la cabeza a los pies, dejándola temblorosa, exhausta, derrotada. Cayó hacia atrás, derrumbada sobre el cuerpo de Elvis, sin fuerzas siquiera para mantenerse erguida. 


Él la sostuvo un momento, mientras los últimos espasmos la recorrían. Luego, con una calma obscena, retiró su mano húmeda y, ante sus ojos atónitos y vidriosos, la limpió metódicamente en la tela de su falda gris. 


—Para mañana —dijo, su voz de nuevo serena, pedagógica— quiero que traigas un poema escrito de lo que acabas de sentir. Ahora, vete. 


Para sellar la orden, le dio una palmadita seca y posesiva en una de sus nalgas, aún cubiertas por la falda manchada. 


Amber se levantó tambaleante. Sus piernas apenas la sostenían. Tomó su cartera sin mirarlo y salió de la casa de aquel anciano, desorientada, como si hubiera sido arrancada de un sueño febril. El aire de la tarde le golpeó el rostro, pero no logró despejar su confusión. 


"¿Qué acaba de suceder?" El pensamiento era un bucle en su mente. "¿Por qué me dejé hacer eso? ¿Por qué no me fui? ¿Por qué…?" 


Caminó varios metros, sintiendo el frío de su propia humedad secándose en sus bragas y en su falda. Y entonces, en medio del caos de su mente, una verdad simple, cruda y vergonzosa emergió desde lo más profundo de su ser, y sus labios, sin su permiso, la susurraron al viento de la tarde. 


—Me gustó.

 


Continuara... 

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