Alumna Sumisa y Profesor Mayor - Final.
La alarma no había sido necesaria. Amber despertó mucho antes de que el primer rayo de sol arañara el cielo, su mente ya en estado de alerta, palpitando con una mezcla de ansiedad y una excitación profunda y resignada. Hoy era el día. La prueba final. Lo sabía con una certeza instintiva que le cerraba el estómago. Si quería seguir bebiendo del conocimiento de Elvis, si quería continuar sumergiéndose en ese océano de poesía y sensaciones prohibidas que habían reconfigurado su mundo, tenía que aprobar. No era solo el deseo carnal, aunque ese era un fuego innegable que ahora parecía arder con una llama propia dentro de ella. Era la necesidad de ese hombre, de su mente brillante y retorcida, de su autoridad que la moldeaba y la desgarraba al mismo tiempo. Él sabía mucho, demasiado, y a ella le hacía sentir cosas que jamás, en sus veinte años de vida y sus inocentes historias de amor, hubiera podido siquiera concebir. Necesitaba aprobar. Necesitaba su aprobación.
El nuevo poema, escrito en la fría y solitaria lucidez de la madrugada, estaba terminado. Era el más crudo, el más honesto de todos. Había destilado en versos la esencia de su humillación pública, la vergüenza convertida en éxtasis, la mirada de los extraños como un látigo que azuzaba su lujuria. Lo tenía memorizado. Estaba listo.
Se dirigió al baño, moviéndose con una calma ritual. Encendió la ducha y dejó que el vapor comenzara a llenar el ambiente, empañando el espejo y borrando temporalmente su reflejo. Bajo el chorro de agua caliente, comenzó el lento proceso de lavar no solo su cuerpo, sino también los últimos vestigios de su antigua timidez. Sus manos, embadurnadas con un jabón de aroma sutil, iniciaron un recorrido consciente y sensual sobre su piel. Comenzaron por su cuello, deslizándose hacia sus hombros, sintiendo la suavidad de su epidermis, tan pálida que casi parecía translúcida bajo la luz del baño.
Luego, sus palmas se cerraron sobre sus pechos, esos membrillos firmes y redondeados que ahora sentía como ofrendas dedicadas a un solo hombre. Los enjabonó con movimientos circulares, lentos, sintiendo cómo los pezones, de un rosa pálido y delicado, se endurecían al instante bajo el contacto de sus dedos y la fricción de la espuma. No era solo limpieza; era una consagración, un recordatorio de la sensibilidad que Elvis había explotado tan bien. El agua caliente corría entre los valles de sus senos, acentuando la curva que, él le había dicho, invitaba a saborear su prometida dulzura.
Sus manos descendieron por su vientre plano, la espuma resbalando sobre la piel tensa, hasta llegar al monte de Venus, suave y ligeramente abultado. Allí, los dedos se demoraron, enjabonando con una ternura que contrastaba con la crudeza de los recuerdos que ese lugar evocaba. Recordó la mano de él en la plaza, su orden detrás de los arbustos. Un estremecimiento, no de frío, sino de anticipación, le recorrió la columna vertebral. Finalmente, girándose bajo el chorro, se enjabonó las nalgas, esas curvas que tenían un balanceo discreto pero irresistible, y que él había palmeado y poseído con tanta familiaridad. Cada parte de su cuerpo era ahora un territorio conocido, explorado, y que anhelaba ser reclamado de nuevo.
Se secó con una toalla suave, sin prisas, y se miró en el espejo ya despejado. La que la devolvía la mirada ya no era la joven escritora insegura. Sus ojos grises, tras las gafas, tenían una profundidad nueva, una sombra de experiencia que antes no estaba. Se vistió con cuidado, eligiendo un atuendo que sabía que cumpliría con las expectativas tácitas de Elvis. Un vestido, sí, pero uno corto, ceñido, de un color rojo oscuro que contrastaba violentamente con la palidez de su piel. El escote, pronunciado, enmarcaba la parte superior de sus pechos, y la tela, de un tejido elástico y fino, se adhería a cada curva de su torso y sus caderas como una segunda piel, dejando muy poco a la imaginación. No se puso nada debajo. Era una declaración de intenciones sin necesidad de palabras.
El camino hacia su casa fue una procesión. Sentía el roce de la tela contra sus pezones erectos, el leve susurro del vestido contra sus muslos desnudos. Ya no bajaba la vista ante las miradas de los hombres; en cambio, una parte secreta de ella se estremecía, alimentando el fuego interno. Se había acostumbrado, no solo a que Elvis la mirara de esa forma, sino a que le gustara, a necesitar esa evaluación lasciva que la reducía a un objeto de deseo y, al mismo tiempo, la elevaba a la categoría de musa.
Llegó a la puerta y tocó el timbre. Esta vez, la espera fue mínima. Elvis abrió, y sus ojos grises, como dos pedernales, realizaron su ritual. El descenso fue lento, deliberado, absorbiendo cada detalle del vestido rojo, la forma en que se ceñía a sus caderas, la promesa del escote. Amber no se sonrojó. Sostuvo la mirada, sintiendo una chispa de poder al ver el destello de aprobación en sus ojos.
—Pasa —dijo él, con un hilo de voz.
Ella entró. El estudio estaba igual que el primer día, los libros en sus estantes, los sillones en su lugar. Pero la atmósfera era diferente, cargada de una intimidad brutal y familiar.
Elvis cerró la puerta y se giró hacia ella, cruzando los brazos. No hubo preámbulos, ni ofrecimientos de té. Su mirada era intensa, directa al grano.
—Desnúdate —ordenó.
La instrucción fue tan simple, tan esperada, que Amber ni siquiera titubeó. Era la prueba. El primer ejercicio. Con movimientos que pretendían ser seguros pero que no podían ocultar un temblor de excitación, llevó sus manos a la espalda y buscó el cierre del vestido. El clic de la cremallera bajando sonó estridente en el silencio. Dejó que la prenda, esa segunda piel roja, se deslizara por sus hombros, sobre sus pechos, su cintura, hasta formar un charco de tela a sus pies. Quedó en pie, completamente desnuda, bajo la luz de la mañana que se filtraba por la ventana. Su piel clara brillaba, sus pechos con sus pezones oscuros y erectos, el triángulo oscuro de su vello púbico, la curva pálida de sus nalgas. Se sentía expuesta, vulnerable, pero también poderosa. Era la verdad más cruda de sí misma, ofrecida sobre la alfombra.
Elvis no se movió. La observó durante un largo minuto, su mirada recorriendo cada centímetro de piel descubierta como si estuviera memorizando un texto sagrado.
—Bien —murmuró—. Ahora, leé el poema.
Amber asintió, tomando aire. Allí, desnuda en el centro de la habitación, comenzó a recitar. Su voz, al principio un hilo de sonido fue ganando fuerza a medida que las palabras, que hablaban de su degradación pública, de la mirada ajena como un fuego que la consumía y la purificaba, fluían de su boca. Era un poema bueno, lo sabía. Había logrado capturar la paradoja, la dolorosa belleza de sentirse sucia y exaltada al mismo tiempo. Mientras leía, podía sentir su propia excitación creciendo, un calor húmedo entre sus piernas que era la respuesta física de su entrega verbal. Su cuerpo desnudo temblaba levemente, no de frío, sino de la intensidad del momento.
Cuando calló la última palabra, el silencio que siguió fue absoluto. Elvis seguía sentado, inmóvil, sus ojos fijos en ella. Luego, lentamente, esbozó una sonrisa. No era una sonrisa amable, sino una de triunfo, de posesión absoluta.
—Está bien —dijo, su voz grave resonando en la habitación—. Muy bien. Desde ahora —hizo una pausa dramática, dejando que el peso de las próximas palabras se acumulara en el aire— podes llamarte mi alumna.
Amber sintió una oleada de alivio y de orgullo tan intensa que casi la derriba. Había aprobado. Lo había logrado.
Pero Elvis no había terminado. Se puso de pie, y su mirada se volvió aún más oscura, más intensa.
—Y —agregó, cerrando la distancia entre ellos con dos pasos largos— mi puta personal.
Antes de que Amber pudiera reaccionar, antes de que pudiera procesar el impacto de esa palabra que era a la vez un insulto y un título, él le agarró del cabello. No fue con brutalidad, pero sí con una firmeza que no admitía resistencia. Tiró de él, guiándola, y la llevó contra la pared más cercana. Su espalda desnuda chocó con la frialdad del yeso. Sus rostros estaban ahora a centímetros de distancia. Ella podía sentir su aliento, caliente, cargado con la intensidad del momento.
Y entonces, sin mediar palabra, sus labios se encontraron. No fue un beso tierno, ni exploratorio. Fue un beso apasionado, voraz, un choque de lenguas y dientes que sabía a conquista y a rendición. La barba incipiente de Elvis le rozó la piel sensible alrededor de la boca, y a Amber le encantó. Todas las inhibiciones, todos los últimos resquicios de su yo anterior, se desvanecieron en ese instante. Con un gemido que era mitad protesta mitad súplica, saltó, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura con una agilidad que no sabía que tenía. Él la sostuvo sin esfuerzo, sus manos agarrando sus nalgas desnudas para mantenerla en su sitio, clavando sus dedos en la carne pálida.
Aprovechando la posición, la fuerza de la gravedad y la alineación perfecta de sus cuerpos, Elvis la penetró en un solo movimiento profundo y posesivo. No hubo delicadeza, solo la urgencia de dos personas que, en ese extraño y retorcido pacto, habían encontrado una verdad mutua. Amber gritó, un sonido ahogado por su boca, mientras la sensación de ser llenada, de ser empalada contra la pared, completaba su transformación. Ya no era solo su alumna. Ya no era solo su puta personal. Era su obra, un poema de carne y hueso que él seguía escribiendo con cada embestida, y ella, entre jadeos y gemidos, se limitaba a sentir, a ser el verso final de su propia y perversa educación.
La posesión de Elvis no tuvo nada de ternura, ni de la paciencia académica que a veces mostraba en sus lecciones. Era el acto final de un examen aprobado, la reclamación brutal de su premio. Con Amber aún envuelta alrededor de su cintura, sus cuerpos pegados por el sudor que comenzaba a brotar, él inició un ritmo salvaje y primordial. Cada embestida contra la pared era un punto final, una exclamación en el discurso carnal que estaban sosteniendo. Sus manos, que sujetaban sus nalgas, se abrieron para luego cerrarse con fuerza, propinándole nalgadas secas y resonantes que no eran de castigo, sino de pura afirmación, marcando el compás de su dominio. Cada palmada hacía que Amber gritara, un sonido que era mitad dolor, mitad éxtasis, y que estimulaba a Elvis a ser aún más despiadado.
—¡Sí! ¡Gritá, putita! —le gruñó al oído, mientras sus caderas no cesaban en su vaivén—. ¡Así me gusta! ¡Que toda la cuadra sepa quién te está cogiendo!
Su boca no se mantuvo inactiva. Separó sus labios de los de ella y descendió, hambrienta, hacia su cuello. Sus dientes se cerraron en la piel suave y pálida de su hombro, no con la intención de romper, sino de marcar. Amber sintió el dolor agudo y punzante, seguido de un calor que se extendió por todo su pecho. Era una marca de propiedad, un sello que ella aceptaba con un gemido aún más largo. Luego, su cabeza bajó más, y su boca capturó uno de sus pezones, ese membrillo erecto y sensible. Lo mordió con la misma ferocidad controlada, jugueteando con él con la lengua antes de apretar con los dientes, haciendo que ella arqueara la espalda y se aferrara a sus hombros con una fuerza desesperada.
—¡Ahí! ¡Justo ahí! —suplicó, ya sin ningún vestigio de vergüenza, su voz era un quejido animal—. ¡No pares!
El paisaje de su cuerpo se convirtió en un mapa de sensaciones violentas y placenteras. El dolor de las mordidas se fundía con el ardor de las nalgadas y la profunda, abrumadora sensación de ser penetrada una y otra vez contra la pared. Su mente, esa que una vez luchó contra la culpa, ahora estaba en blanco, reducida a un receptáculo de sensaciones puras. Era puro instinto, pura respuesta física a un estímulo que la superaba por completo.
El sudor era ahora un río que unía sus cuerpos. El de él, con olor a hombre maduro y a papel viejo. El de ella, a jabón y a excitación femenina. La habitación se llenó con la sinfonía cruda de sus cuerpos: los jadeos entrecortados, el golpeteo húmedo de la carne, los gemidos que ya no buscaban contenerse. Amber sentía cómo el orgasmo se construía en su interior, no como una ola, sino como un terremoto, acumulándose desde la planta de sus pies, subiendo por sus piernas, sacudiendo su vientre, hasta que ya no pudo más.
Un grito, largo, desgarrador y liberador, le explotó en el pecho. Su cuerpo se convulsionó alrededor de él, sus músculos internos agarrotándose en una serie de espasmos incontrolables que parecían extraer cada gota de placer de su ser. Fue un orgasmo cataclísmico, el más intenso de todos, el que borró cualquier duda remanente.
Sintiendo cómo ella se venía abajo, cómo su cuerpo se rendía por completo al paroxismo, Elvis dejó escapar un rugido ronco. Sus propias embestidas se volvieron erráticas, profundas, hasta que, hundiéndose en lo más hondo de su interior, se detuvo y explotó. Amber sintió el flujo caliente dentro de sí, la última y definitiva posesión, mientras los últimos espasmos de su propio placer la recorrían. Permanecieron así, pegados a la pared, jadeando, exhaustos, bañados en sudor, él sosteniéndola a ella, que estaba completamente derretida y vencida en sus brazos.
Epílogo
El idilio perverso entre el maestro y su alumna se extendió por exactamente un año. Un año en el que Amber no solo fue la alumna más aplicada de Elvis, sino también su puta personal, tal como él la había nombrado. Las lecciones de poesía continuaron, pero ahora Amber las recibía desnuda en el estudio, recitando a Garcilaso o a Baudelaire mientras los dedos de él trazaban versos sobre su piel o la penetraban sobre el sillón de cuero. La sumisión se volvió su segunda naturaleza, y la lujuria, el combustible de su creatividad. Los encuentros en la vía pública se volvieron más audaces, un juego de riesgo que ambos disfrutaban, donde la humillación era el precio y el éxtasis, la recompensa.
Pero los caminos de la vida son intrincados. El talento de Amber, ahora afinado y brutalmente honesto floreció de una manera que no podía ser contenida en aquella ciudad. Una beca para estudiar literatura en Londres llegó, una oportunidad brillante y lejana. No hubo un drama en la despedida. Fue un final entendido, casi contractual. Elvis la había preparado, la había pulido, y ahora su obra maestra volaba hacia un escenario más grande. Él, por su parte, no era un hombre destinado a la soledad. Con el tiempo, otra joven de rostro delicado y ansias de conocimiento llamó a su puerta. Otra alumna que, sin saberlo, estaba lista para ser moldeada, para convertirse en su nueva musa sumisa.
Amber, en Londres, encontró su voz definitiva. Pero no era la voz de las historias de amor inocentes con las que soñaba al principio. Su prosa, cargada de la poesía visceral que Elvis le enseñó, se convirtió en el estándar del erotismo literario moderno. Sus relatos, crudos, psicológicos, intensamente sensuales, la coronaron como la mejor escritora del mundo en su género. En cada página, en cada descripción de sumisión y poder, en cada metáfora que mezclaba el dolor con el placer, estaba la sombra de su maestro. La huella de sus mordidas, el eco de sus órdenes, el ritmo de sus embestidas contra la pared. Ella había ido por la poesía y había encontrado, en su lugar, el fuego de su propio infierno personal, un infierno que, para fortuna de sus lectores, supo transformar en el oro de las palabras.
FIN.

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