El Feo que me Dominó - Parte Final
El despertar de Ángela fue distinto esta vez. No fue el sonido del despertador lo que la sacó del sueño, sino una sensación húmeda y caliente entre sus piernas, un cosquilleo persistente que la hizo arquearse levemente contra las sábanas antes de siquiera abrir los ojos. La humedad en sus bragas delataba lo que su mente aún no quería admitir: había soñado con él. Con Jordan.
"Esto tiene que parar."
Pero antes de que pudiera sumergirse en sus propios reproches, el celular vibró en la mesita de noche. Un mensaje. Y aunque una parte de ella quería ignorarlo, sus dedos ya se estiraban hacia la pantalla, deslizándola con una mezcla de anticipación y temor.
—Si quieres ser una buena puta, vístete así —decía el texto, seguido de una descripción detallada: falda corta, ajustada, lo suficiente como para que se le marcaran las curvas; blusa blanca, semitransparente, sin sostén; medias negras hasta los muslos y tacones altos, esos que hacían click-clack contra el piso como pequeños latigazos de advertencia.
Ángela soltó un bufido de indignación, pero ya estaba sentándose en la cama, los dedos recorriendo la pantalla como si buscara más instrucciones.
—¿De verdad cree que voy a vestirme como una zorra solo porque él lo dice?
Pero incluso mientras pensaba eso, sus piernas la llevaron hacia el armario, sus manos ya revolviendo entre la ropa en busca de la falda más corta que tenía.
El proceso de vestirse fue extrañamente meticuloso. Cada prenda que se ponía la hacía sentir más expuesta, más vulnerable, pero también más viva. La falda negra se le ajustó a las caderas como un guante, resaltando cada curva. La blusa blanca, delgada como papel de seda, dejaba ver el contorno rosado de sus pezones, que ya estaban erectos, como si su cuerpo supiera algo que su mente se negaba a aceptar. Las medias negras le cubrieron las piernas con una suavidad que la hizo estremecer, y los tacones, altos y delgados, la elevaron unos centímetros, dándole esa sensación de poder y fragilidad al mismo tiempo.
"Me veo bien. Me gusta vestirme así… pero no para él. Para mí."
Era mentira, y lo sabía.
El camino a la universidad fue una prueba de fuego. Cada mirada que recibía, cada susurro, cada sonrisa cómplice de los hombres que pasaban a su lado, todo la hacía sentir como si estuviera desfilando en una pasarela invisible. Pero lo más extraño era que, por primera vez en mucho tiempo, no le importaba.
El segundo mensaje llegó cuando estaba a mitad de camino.
—Cuando llegues, dame un beso en la boca, agárrame de la mano y quédate a mi lado calladita.
Ángela casi se detuvo en seco.
—Este tipo está enfermo —murmuró, ajustando el bolso sobre su hombro con más fuerza de la necesaria—. Yo, la chica más linda de la universidad, ¿me rebajaré a eso? ¡Jamás!
Pero cuando llegó al campus y vio a Jordan apoyado contra un árbol, con su habitual camisa arrugada y sus anteojos empañados por el sol, algo dentro de ella cedió.
Caminó hacia él con determinación, ignorando los latidos acelerados de su corazón. Y antes de que pudiera pensarlo dos veces, se levantó de puntillas, tomó su rostro entre sus manos y lo besó. No fue un beso tímido, ni uno de esos besos de compromiso. Fue un beso profundo, húmedo, con lengua y dientes, como si llevara años esperando hacerlo.
Jordan no pareció sorprenderse. Solo sonrió, le tomó la mano con firmeza y la jaló hacia él.
—Buen trabajo, putita —murmuró contra sus labios, lo suficiente como para que solo ella lo escuchara.
Los murmullos comenzaron de inmediato.
—¿Es en serio? —oyó decir a alguien detrás de ella.
—¿Le habrá pagado? —preguntó otro, con una risa burlona.
—Apuesto a que perdió una apuesta —comentó una chica, con una voz aguda que cortó el aire como un cuchillo.
Ángela debería haberse sentido humillada. Debería haberse soltado de la mano de Jordan y haberse ido corriendo. Pero en lugar de eso, sintió una extraña calma. Porque por primera vez en mucho tiempo, no estaba sola.
Jordan no era Lucas. No era guapo, no era popular, no era el tipo de hombre con el que había soñado cuando era una niña. Pero cuando su mano se deslizó hacia su nalga y la apretó con fuerza, delante de todos, Ángela no se apartó. Lo miró a los ojos y le sonrió, sintiendo cómo el rubor le subía por las mejillas.
—Fuiste una buena puta —le susurró Jordan al oído, mientras sus dedos exploraban el borde de su falda por debajo—. Te espero en mi casa al salir de la universidad.
Ángela no respondió. No hacía falta. Porque ya sabía que iría.
El resto del día pasó en un borrón. Las clases, los profesores, los compañeros… todo se desvaneció en el fondo de su mente, ocupada solo por una idea recurrente: Jordan. Su casa. Su cama. Sus manos.
Cuando por fin salió de la universidad, el sol ya comenzaba a caer, pintando el cielo de tonos dorados y morados. Caminó hacia el departamento de Jordan con pasos rápidos, sintiendo cómo la humedad entre sus piernas aumentaba con cada paso.
"Me humilló como nadie. Espero que me coja igual de bien que la otra noche."
Y esa vez, no se reprochó por pensarlo.
El viaje en ascensor hasta el piso de Jordan le pareció interminable a Ángela. Cada segundo que pasaba, cada piso que subían, la tensión en su cuerpo aumentaba, como un resorte a punto de soltarse. Las medias negras le rozaban los muslos con cada pequeño movimiento, recordándole lo expuesta que estaba, lo fácil que sería para Jordan desnudarla con solo un gesto. El espejo del ascensor le devolvió su reflejo: labios rojos y entreabiertos, mejillas sonrosadas, ojos oscuros brillando con una mezcla de anticipación y nerviosismo.
"¿Qué mierda me está pasando?"
Pero no había tiempo para respuestas. Las puertas del ascensor se abrieron con un suave ding, y allí, al final del pasillo, estaba la puerta de Jordan.
Antes de que pudiera tocar el timbre, la puerta se abrió de golpe. Jordan estaba ahí, con su habitual camisa arrugada, su pelo despeinado y esos ojos oscuros que parecían verla desnuda incluso antes de quitarle la ropa.
—Te tardaste —gruñó, agarrándola de la muñeca y jalándola hacia adentro con tanta fuerza que ella casi tropezó.
La puerta se cerró detrás de ellos con un golpe seco, y en un instante, Jordan la tenía contra la pared, su cuerpo aplastando el suyo, sus labios devorando los de ella con un hambre que le quitó el aliento. No fue un beso tierno, ni uno de esos besos románticos que había compartido con Lucas. Este beso era duro, posesivo, como si Jordan estuviera reclamando algo que siempre había sido suyo.
Ángela respondió con la misma intensidad, sus uñas clavándose en su espalda a través de la camisa, sus caderas empujando contra las de él en busca de fricción.
—Toda el puto día pensando en esto —murmuró Jordan contra su boca, mientras sus manos recorrían su cuerpo como si lo memorizaran—. En cómo te voy a romper.
Ella no tuvo tiempo de responder. Con un movimiento rápido, Jordan la agarró del cuello, no con suficiente fuerza para asfixiarla, pero sí para dominarla, para recordarle quién mandaba. La empujó hacia abajo, haciéndola arrodillarse en el suelo de madera, frío contra sus rodillas desnudas.
—No te muevas —ordenó, mientras desabrochaba su pantalón con manos expertas.
Ángela obedeció, pero su cuerpo temblaba de necesidad. Lo miró desde abajo, viendo cómo su miembro ya erecto palpitaba ante sus ojos. El olor a sexo y a Jordan la envolvió, haciéndole la boca agua.
—Dámelo —susurró, su voz ronca, casi irreconocible.
Jordan no se hizo esperar. Con un gruñido, le agarró el pelo y la empujó hacia adelante, obligándola a tragar cada centímetro.
—Así, puta —murmuró, mirándola desde arriba mientras ella se ahogaba—. Así es como te gusta, ¿no?
Ángela no podía hablar, pero sus ojos llorosos y el gemido que vibró en su garganta fueron respuesta suficiente.
Jordan no fue gentil. Usó su boca como quisiera, empujando hacia adentro una y otra vez, hasta que las lágrimas le corrían por las mejillas y la saliva le goteaba por la barbilla. Cada insulto, cada palabra sucia que le susurraba, solo la excitaba más.
—Eres solo un hoyo para mi verga —dijo, jalándola del pelo para que lo mirara a los ojos—. ¿Lo entiendes?
—Sí —jadeó ella, sus labios hinchados y brillantes—. Sí, lo entiendo.
Pero Jordan no estaba satisfecho. Con un movimiento brusco, la levantó del suelo y la tiró boca abajo sobre el piso, cerca de la puerta de entrada.
—Quédate ahí —ordenó, mientras se arrodillaba detrás de ella.
Ángela sintió cómo le subía la falda, cómo le bajaban las bragas hasta los tobillos. El aire frío del departamento le rozó la piel desnuda, pero el calor de Jordan detrás de ella la hizo arder.
—Por favor —murmuró, enterrando los dedos en el suelo, preparándose.
Jordan no la hizo esperar. Con una mano en su cadera y la otra en su espalda, la penetró de un solo empujón, sin advertencia, sin preparación.
Ángela gritó, pero no de dolor. De alivio.
—¡Sí! —aulló, arqueándose hacia atrás para recibirlo mejor—. ¡Dame más duro!
Jordan no necesitó que se lo pidieran dos veces. Comenzó a moverse con fuerza, cada embestida haciendo que su cuerpo chocara contra el de ella, cada retroceso casi sacándolo por completo antes de volver a entrar.
—Grita —le ordenó, agarrándola del pelo para jalar su cabeza hacia atrás—. Quiero que los vecinos escuchen qué puta eres.
Ángela no pudo contener los gemidos, los gritos, las palabrotas que salían de su boca sin filtro.
—¡Soy tu puta! —gritó, sintiendo cómo el placer se acumulaba en su vientre como una tormenta—. ¡Tu puta!
Jordan respondió con más fuerza, sus manos marcando moretones en sus caderas, sus gruñidos llenando la habitación.
—¿Quién te hace sentir así? —preguntó, clavándose más adentro—. ¿Quién te hace gritar?
—¡Tú! —chilló ella, sintiendo cómo el orgasmo la golpeaba como un tren—. ¡Solo tú!
Los cuerpos sudorosos, los gemidos ahogados, el sonido húmedo de piel contra piel… todo se mezcló en un crescendo de placer crudo y primitivo.
Cuando llegaron al clímax, fue casi al mismo tiempo. Jordan se hundió en ella una última vez, su cuerpo convulsionando mientras la llenaba. Ángela, por su parte, sintió cómo el mundo se desvanecía por unos segundos, cómo todo su ser se concentraba en ese punto donde Jordan la poseía por completo.
Quedaron jadeando en el piso, sus cuerpos pegajosos y exhaustos. Pero Jordan, siempre Jordan, no estaba satisfecho.
—Esto no ha terminado —murmuró, pasando un dedo por su espalda sudorosa—. Ni de cerca.
Y Ángela, aunque no podía imaginar cómo podría continuar después de eso, supo que no quería que terminara. Nunca.
Luego de que Jordan, recuperara su aliento. El mundo de Ángela se redujo a una sucesión de sensaciones brutales: el dolor agudo en el cuero cabelludo cuando Jordan la arrastró de los pelos por el pasillo, la textura áspera de la alfombra arañándole las rodillas, el jadeo entrecortado que le salía del pecho mientras gateaba detrás de él, más bestia que mujer. El cuarto estaba sumido en una penumbra dorada por la luz de la calle filtrándose entre las persianas, iluminando el desorden de ropa esparcida y libros apilados en el suelo.
—Aquí es donde perteneces —gruñó Jordan al empujarla contra el colchón sin sábanas, su voz ronca por el sexo y el dominio.
Ángela cayó de bruces sobre la cama, sintiendo cómo las costuras de la falda que aún llevaba puesta se tensaban peligrosamente. No tuvo tiempo de reaccionar antes de que Jordan le arrancara la prenda con un tirón seco, haciendo volar los botones contra la pared.
—¡Jordan! —protestó entre risa y gemido, pero él ya estaba sobre ella, su cuerpo voluminoso aplastándola contra el colchón, sus manos gruesas inmovilizando sus muñecas por encima de la cabeza.
—Cállate y recibe —ordenó mientras su boca mordisqueaba una trayectoria desde su clavícula hasta el pezón, mordiendo con precisión calculada justo cuando su entrepierna encontró la humedad entre sus muslos.
Ángela arqueó la espalda, clavando los talones en las sábanas. Cada embestida de Jordan era una declaración, un recordatorio de que su cuerpo ya no le pertenecía. Las paredes del departamento retumbaban con el sonido del cabecero golpeando la pared al ritmo de sus movimientos, un metrónomo obsceno que marcaba el compás de su sumisión.
—¡Más fuerte! —aulló ella, enterrando las uñas en sus hombros carnosos, saboreando el sabor salado de su sudor cuando lamió una gota que resbalaba por su cuello.
Jordan respondió cambiando el ángulo, levantándole las piernas sobre sus hombros y hundiéndose hasta el fondo con un gruñido animal.
—Mírame —exigió, agarrándole la barbilla con dedos que olían a sexo y a ella—. Quiero ver cómo se te rompen los ojos cuando te doy lo que necesitas.
Ángela obedeció, y en ese instante, mientras sus pupilas dilatadas reflejaban el rostro congestionado de Jordan —su nariz ancha brillando de grasa, sus labios gruesos torcidos en una mueca de pura lujuria, sus anteojos empañados colgando precariamente de una oreja— comprendió la paradoja más perversa: jamás había sentido tanto placer con nadie más.
El clímax los golpeó como un tren descarrilado. Jordan la llenó en pulsaciones calientes que le hacían contraer las paredes internas, mientras ella gritaba hasta quedarse ronca, las piernas convulsionando alrededor de su cintura.
Cuando volvió en sí, estaba acurrucada contra el pecho velludo de Jordan, sus dedos jugueteando absortos con los rizos oscuros que se enredaban en su panza blanda. El corazón de él latía fuerte bajo su mejilla, un tambor primitivo que parecía decir mía, mía, mía.
"Ahora soy solo de él."
La revelación no vino con angustia, sino con un alivio profundo, como si finalmente hubiera encontrado su lugar en el mundo.
Al día siguiente, caminaron por la universidad tomados de la mano, desafiando las miradas atónitas.
—¿En serio está con ese? —susurró una compañera de Derecho Civil al verlos pasar.
—Debe ser por dinero —respondió otra, fingiendo toser.
Ángela no necesitó que Jordan la apretara más fuerte para saber qué hacer. Se detuvo en seco, volviéndose hacia las murmuradoras con una sonrisa de dientes blancos que no llegaba a sus ojos.
—Es el mejor polvo de mi vida —dijo en voz lo suficientemente alta como para que todos en el pasillo lo oyeran—. ¿Alguna otra pregunta?
El silencio fue su respuesta.
Jordan no dijo nada, pero esa noche, cuando la tuvo gritando contra las paredes de su ducha, le susurró al oído:
—Hoy me hiciste orgulloso, putita.
Y en ese momento, con el agua caliente escurriendo por sus cuerpos entrelazados, Ángela supo que jamás volvería a necesitar la aprobación de nadie más.
Se convirtieron en esa pareja que todos señalaban pero nadie entendía. Ella, la diosa de pómulos altos y pasos elegantes; él, el oso de anteojos que caminaba como si arrastrara los pies. Los viernes por la noche, cuando salían del bar universitario, los veían discutir acaloradamente sobre filosofía jurídica, solo para terminar cogiendo como animales en el asiento trasero del auto destartalado de Jordan.
—Te compré algo —le dijo él una tarde, arrojándole un pequeño paquete.
Dentro había un collar de cuero negro con una placa grabada: Propiedad de Jordan.
Ángela se lo colocó esa misma noche, justo antes de arrodillarse para demostrarle cuánto lo apreciaba.
Y aunque el mundo seguía viéndolos como un error del universo, ellos habían descubierto la verdad más simple y hermosa:
En el juego del dominio y la sumisión, en ese baile perfecto de insultos y gemidos, habían encontrado algo que pocos alcanzaban.
Una felicidad salvaje, desprolija, y completamente auténtica.
Fin.

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