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Alumna Sumisa y Profesor Mayor - Final.

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  La alarma no había sido necesaria. Amber despertó mucho antes de que el primer rayo de sol arañara el cielo, su mente ya en estado de alerta, palpitando con una mezcla de ansiedad y una excitación profunda y resignada. Hoy era el día. La prueba final. Lo sabía con una certeza instintiva que le cerraba el estómago. Si quería seguir bebiendo del conocimiento de Elvis, si quería continuar sumergiéndose en ese océano de poesía y sensaciones prohibidas que habían reconfigurado su mundo, tenía que aprobar. No era solo el deseo carnal, aunque ese era un fuego innegable que ahora parecía arder con una llama propia dentro de ella. Era la necesidad de ese hombre, de su mente brillante y retorcida, de su autoridad que la moldeaba y la desgarraba al mismo tiempo. Él sabía mucho, demasiado, y a ella le hacía sentir cosas que jamás, en sus veinte años de vida y sus inocentes historias de amor, hubiera podido siquiera concebir. Necesitaba aprobar. Necesitaba su aprobación.  El nuevo poema,...

Alumna Sumisa y Profesor Mayor - Parte 3

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  La espera se le hizo eterna, una agonía de horas que se estiraban como chicle. Amber había terminado el nuevo poema la misma tarde en que había huido de la casa de Elvis, con la sensación de sus jugos secándose en sus muslos y el eco de sus propias palabras soeces aún resonando en sus oídos. Lo había escrito en un estado de trance, una catarsis de papel y tinta donde había volcado sin filtros la crudeza de la penetración, la vergüenza transformada en placer, la sensación de ser un objeto usado y, sin embargo, gloriosamente vivo. Pero luego, el silencio. Elvis no le había contestado nada. No un mensaje, no una llamada. La incertidumbre se instaló en su pecho como un pájaro negro y pesado.  Los dos días siguientes fueron un suplicio de dudas que carcomían su ya frágil estabilidad. "¿Se olvidó de mí?", era la pregunta más inocente, la que menos dolía. La más insidiosa, la que le taladraba el cerebro en la oscuridad de la noche, era: "¿Solo buscaba sexo? ¿Soy tan tonta que...

Alumna Sumisa y Profesor Mayor - Parte 2

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  La quietud de su habitación, que siempre había sido un refugio para la creación, se sentía ahora cargada de un eco perturbador. Amber cerró la puerta de su departamento con un clic suave, como si intentara encerrar fuera el mundo y, de paso, a la mujer que acababa de emerger de la casa de Elvis. El silencio era absoluto, roto solo por el latido acelerado de su propio corazón, un tamborileo insistente que parecía resonar desde el centro mismo de su confusión. Se dejó caer en la silla frente a su escritorio, una madera clara y llena de marcas que atestiguaban años de historias de amor inocentes. Sobre la superficie en blanco, un folleto virgen la esperaba, acusador. La orden de Elvis flotaba en el aire: un poema de lo que acababa de sentir.  Pero ¿cómo poner en palabras eso? Su mente era un torbellino de sensaciones contradictorias que se negaban a organizarse en versos. La imagen del anciano, de sus manos venecianas y expertas, se superponía a la de sus propios pretendientes,...

Alumna Sumisa y Profesor Mayor - Parte 1

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  El mundo de Amber era uno de palabras cuidadosamente tejidas, donde los corazones palpitaban al ritmo de los encuentros fortuitos y los finales siempre sabían a promesa cumplida. A sus veinte años, ya se sentía una artesana del sentimiento, una arquitecta de cartas de amor ficticias y confesiones susurradas entre personajes de tinta y papel. Pero en la quietud de su habitación, entre montañas de novelas románticas, una inquietud comenzó a germinar. Sus historias, aunque bellas, le parecían de pronto planas, carentes de esa capa de profundidad que transforma lo sentimental en algo trascendente. Fue así como decidió adentrarse en el territorio inexplorado de la poesía, un género que se le antojaba un jardín salvaje y complejo, lleno de veredas secretas y flores de significados múltiples. En el instituto, los pasillos y las aulas susurraban un nombre con una mezcla de reverencia y misterio: Elvis Mostek. Lo llamaban "El Bibliotecario Retirado", un hombre de sesenta años que ha...

Pacto entre Padre e Hija - FIN.

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  El auto avanzaba lentamente por las calles desiertas del amanecer, las primeras luces del día filtrándose a través de las ventanillas sucias, iluminando el cuerpo exhausto de Jessica que yacía en el asiento trasero. Francisco no podía evitar mirarla por el retrovisor cada poco segundo, sus puños apretando el volante con una fuerza que dejaba sus nudillos blancos. Verla así, manchada, sudorosa, con el vestido arrugado y las piernas temblorosas, le provocaba una ira fría que quemaba en su pecho. "Ella es mía... solo mía", pensaba, pero la realidad era más compleja. Había permitido que otros la tocaran, que otros la usaran, porque su niña quería un bebé, y él, por más que lo deseaba, no podía dárselo.  El silencio en el auto era espeso, solo roto por los ocasionales gemidos débiles de Jessica cuando el auto pasaba por un bache, haciendo que su cuerpo adolorido se estremeciera. Francisco quería hablar, decirle algo, pero las palabras no llegaban. En cambio, extendió una mano ha...